Opinion · Dominio público

Neoeutanasia

El titulo lo  he escogido por dos razones. La primera porque tengo la impresión de que es casi imposible decir algo nuevo sobre la eutanasia. Llevo varias décadas defendiendo su legalización y uno tiene un ingenio, en el caso de que lo tenga,  limitado. Y la segunda porque, a pesar de lo que acabo de decir, tal vez los duendes o las hadas me concedan afirmar algo que si no del todo original, muestre ciertas esquinas que fácilmente pasamos por alto. Empezaré por esto último poniendo de relieve y rechazando la actitud de aquellos que objetan de modo sibilino, sin dar la cara, refugiándose en ambigüedades. O mejor, de los que a lo desconocido le llaman misterio. Un misterio que, quién sabe, cuando resplandezca nos informará de que todo lo que creíamos saber hasta ahora es falso. La finalidad de tal actitud consiste en inyectar un virus escéptico allí en donde tenemos la suficiente claridad. Para clarificar lo que quiero decir, voy recurrir a un ejemplo tomado de una de las ramas de nuestro saber.

Desde un punto de vista científico la evolución por selección natural tal y como la puso en marcha Darwin es una teoría firmemente establecida. Bien es verdad que otros mecanismos influyen  en dicha evolución pero tales complementos no han hecho sino reforzarla. Sus enemigos, en vista de la debilidad de su postura, se han ido batiendo en retirada y ya no se oponen con argumentos que se reducen a negaciones dogmáticas o muros de contención. Su oposición es ahora más sibilina. Recordemos, digámoslo de paso, que dichos opositores provienen en su inmensa mayoría de religiones monoteístas como es el caso de la cristiana. Y  lo que quieren es separar, a toda costa, el cerebro de la mente  de forma que los humanos se relacionen con su Dios no como puros animales. El cerebro seria parte  de nuestro organismo material. La mente, por el contrario, no se reduce al cerebro en cuestión sino que se trataría de algo espiritual y que trasciende la materia cerebral. Para apuntalar su posición recurren a lo que podríamos llamar falacia de la posibilidad. Y  sostienen que como no sabemos cuál será la dirección de la evolución, hemos de abstenernos de llamar verdadero a lo que conocemos hoy. Y es que, insisten, del cerebro sabemos poquísimo, las muy firmes teorías científicas del pasado han sido superadas por las del presente y la actuales serán sobrepasadas o refutadas por las del futuro. La conclusión es un infantil y perverso “no se nada”. Si fueran realmente consecuentes no comerían porque la comida, quien lo sabe, es posible que nos intoxique en cuanto detectemos bacterias hasta el momento desconocidas y que, por cierto, no son pocas. O deberían de abstenerse de tener relaciones sexuales puesto que quién sabe si no se demostrará en un futuro más o menos lejano que son la causa de todas o casi todas las epidemias. Uno sospecha que seguirán comiendo y  que tampoco se flagelarán con una ascética castidad.

Es esta ridícula argumentación la que intentan aplicar a la eutanasia. Y, así, nos dicen que es difícil si no imposible conocer la voluntad del enfermo que, incluso si ha escrito sus Voluntades Anticipadas, ha podido cambiar de opinión, o que no es capaz ya de decidir sobre su vida, o que las nuevas tecnologías pueden revertir la enfermedad más irreversible. El rosario de lamentaciones que quieren mostrarse razonables no para. Lo que se para es la vida que desea ser ella misma, la racionalidad más elemental, mientras continua el embrujo que entonte nuestras sociedades gracias a la tiranía de la tradición y al miedo que se ha convertido en el compañero inseparable de tanta gente; especialmente de aquellos que tienen una responsabilidad especial por tener, igualmente, un poder especial. Me imagino que los que se quedan en el lamento seguirán comiendo y no serán castos.

Volviendo a lo que machaconamente tenemos que recordar, digamos brevemente tres cosas. La primera que el político debe cumplir sus compromisos. No vale dilatar lo que se ha prometido y cuenta, además, con un considerable apoyo social. En segundo lugar, que la libertad y el dolor van juntos. En otros términos´, que si nos ataca un dolor insoportable somos los dueños de  eliminarle de nuestra existencia. Y si lo decido yo, con todo derecho me puede ayudar otro yo. Y en tercer lugar, que los que estén en desacuerdo con la eutanasia que actúen según sus creencias pero que no metan la nariz donde nadie les llama. Nosotros no imponemos a nadie nada respecto a su vida, que nadie nos imponga nada respecto a nuestras vidas.

Dos palabras para acabar. Bélgica está decidiendo si incluir en  los supuestos de una eutanasia bien regulada el “cansancio vital”. Me parece importante. Escribía un filósofo que, arrojados a este mundo, nos vemos obligados a continuar o a desistir. Y escribía un conocido psicólogo que tenemos dos instintos o impulsos, uno de vida y otro de muerte. Así somos y si hemos entrado en una cuesta abajo en donde los gozos desaparecen y la amargura manda, no se ve qué nos podría imposibilitar decir adiós a este mundo. Todo para vivir mejor. Todo para que la felicidad sea mayor que el sufrimiento.