Opinion · Dominio público

Algunas reflexiones a cuento del último informe de Cáritas sobre desigualdad

Fernando Luengo

Economista y miembro del círculo de Chamberí de Podemos

Víctor Prieto

Politólogo e investigador social

Acaba de ver la luz el VIII informe Foessa sobre la exclusión y el desarrollo social en España. En la elaboración del mismo se han dado cita un buen número de investigadores de reconocido prestigio en los ámbitos académico y profesional para entregar una exhaustiva radiografía de la situación social en el estado español.

Estamos ante un texto riguroso que, aportando una sólida fundamentación teórica y empírica, da cuenta de una realidad compleja, con múltiples aristas y derivadas. No sólo es de obligada lectura para quienes quieran acercarse al conocimiento de esa realidad. También es una herramienta muy útil para abrir y entrar en debates, hoy más necesarios que nunca, orientados tanto a perfilar diagnósticos como a formular alternativas. En esas coordenadas, de diálogo compartido, y tras una primera lectura del informe, queremos poner sobre la mesa algunas reflexiones.

La primera tiene que ver con la desigualdad, cuyo análisis, lógicamente, ocupa un lugar destacado en el texto; de hecho, es el hilo conductor que articula todo el relato. En diferentes lugares del informe se afirma, con razón, que la inequidad presenta dos caras. De un lado, se encuentran los excluidos, los precarios y los trabajadores pobres; estando en el otro extremo las elites económicas, los poderosos. Este reconocimiento debería haber dotado de contenido una agenda de trabajo que mirase en ambas direcciones.

Sin embargo, el informe, suponemos que por decisión de los responsables de la publicación, abunda en el estudios de los de abajo y de las capas medias que han conocido un continuo proceso de degradación, con información y análisis minuciosos y de gran interés. Pero, más allá de algunas consideraciones generales, apenas pone el foco en los de arriba, o, cuando menos, no con la relevancia que, en nuestra opinión, merece esa mirada.

Sabemos que ni la metodología ni la epistemología son neutrales, y que en la elección y construcción del objeto de estudio están en juego buena parte de las posibilidades de una interpretación disidente con el discurso hegemónico en las ciencias sociales (también en la economía). En este sentido, la “disección meticulosa” de los pobres y los excluidos contribuye al seccionamiento y compartimentación de las mayorías explotadas en categorías sociales de nuevo cuño, frecuentemente enfrentadas entre sí por unos recursos cada vez más escasos. Al mismo tiempo, el tratamiento “espectral” de los ricos (mercados, poderes, flujos, etc.) hace desvanecer en el anonimato los rostros que manejan los hilos. Los efectos político-sociales son perversos porque, en un presunto afán de exhaustividad científica, la clase trabajadora acaba desapareciendo y es sustituida por una pluralidad de eufemismos insolidarios entre sí.

Por otro lado, abrir la “caja negra” del poder económico significaría desvelar la creciente concentración de la renta y la riqueza, las conexiones empresariales, accionariales y familiares que hacen todavía más intenso ese proceso concentrador, los mecanismos, a menudo opacos, a través de los que se gestionan las grandes fortunas y patrimonios, analizar los mercados, financieros y no financieros, donde operan y, por supuesto, como consecuencia de todo ello, los nexos con la política, los políticos y las instituciones. Esto es justamente lo que hace Andrés Villena en su libro “Las redes de poder en España, élites e intereses contra la democracia”, un pormenorizado estudio de la indiferenciación entre el poder económico y el político y sus estrechas relaciones con los altos cargos de la Administración.

Este enfoque es imprescindible para entender las causas de fondo e identificar a los verdaderos responsables de la crisis, así como la dimensión estructural de las políticas implementadas en estos años por el gobierno español y las instituciones comunitarias. También nos parece crucial para dotar de calado a las políticas sociales, laborales, estructurales… que deben configurar una agenda de cambio. Desgraciadamente, son muy pocos los trabajos que, como el de Villena, apuntan en esta dirección y el informe Foessa no ayuda a cubrir este déficit.

La segunda de las reflexiones tiene que ver con la influencia del entorno exterior y, muy especialmente, de la Unión Europea y la Unión Económica y Monetaria. Como no podía ser de otra manera, dada la integración de nuestro país en los flujos y las instituciones transnacionales, esta cuestión aparece en el informe, donde se señala que dicho entono opera como una restricción, representando al mismo tiempo una oportunidad.

Dada la enjundia del tema y siendo conscientes de que no es el objeto central del texto, quizá hubiera sido oportuno dedicarle un espacio mayor. Pero más importante que la cantidad, lo es la cualidad, el enfoque. Centrándonos aquí, en absoluto compartimos la idea de que el problema de fondo que aqueja la construcción europea pueda caracterizarse como déficit político, institucional y social, aunque la existencia de ese déficit sea evidente y deba ser corregido.

Más que una carencia, el denominado “proyecto europeo” se ha dotado de unas instituciones y se ha reconocido en unas políticas que han sido y son funcionales a las elites económicas, a las grandes corporaciones, a la industria financiera y a las economías con mayor potencial competitivo. Aquí se encuentra, justamente, el nudo gordiano de la reflexión europea. Este análisis, más estructural, en clave de economía política no aparece o lo hace de manera periférica en el informe.

Este sesgo o “déficit” constituye un pesado lastre a la hora de examinar las contradicciones y los límites del “modelo económico europeo”, que también ha entrado en crisis. Un modelo, unos mercados y unos actores, que han permeado, contaminado y finalmente capturado las instituciones comunitarias. Esta mirada es necesaria para entender que el aumento de la desigualdad, visible en los años de auge (aunque no tan intensa como en la actualidad), tiene un componente sistémico, encuentra su explicación más profunda en las dinámicas de acumulación y reparto capitalistas, que han dominado la construcción europea.

Después de una década de inquebrantable ortodoxia austericida, tras la crisis griega y el Brexit, no cabe seguir hablando de la Unión Europea como lo que idealmente es (o era), sino que es preciso poner el foco sobre la Unión realmente existente, un verdadero refugio supranacional de las élites nacionales al margen de todo control democrático, incluso de los controles propios de una comprensión mínima de la democracia. La UE es el cómodo lugar de encuentro donde las élites nacionales, emancipadas del contrapeso de la soberanía popular, fijan los márgenes de lo posible dentro de sus Estados. Mientras los poderosos cooperan en las instituciones comunitarias (o en torno a ellas), la política dentro de los Estados consiste en gestionar de la mejor manera posible el conflicto social. No es casual, en este sentido, la deriva autoritaria (hacia dentro) y securitaria (hacia fuera) coincidiendo con los peores momentos de la crisis y el despertar popular.

Esta mirada también ayuda a entrar en un debate, que apenas se insinúa en el informe, sobre la naturaleza de la globalización, sobre las asimetrías y las jerarquías que impone. Se trata de una perspectiva, claramente distinta de la que pone el acento en la existencia de un juego de suma positiva donde sobre todo ganan los más audaces y comprometidos con los procesos globales, que ayuda a visibilizar la “cara oculta” de los supuestos modelos de éxito europeos, la sobreexplotación de las periferias y del planeta.

Una última y breve observación. El informe desliza la afirmación de que se está saliendo de la crisis económica, manteniendo o acrecentado la brecha social. Un error de apreciación que, en buena medida, contradice el desarrollo del propio texto. No cabe asociar la superación de la crisis a la mejora de algunos indicadores macro. Los problemas de fondo que estuvieron entre los desencadenantes del crack financiero y de la Gran Recesión, entre los que figura de manera prominente la desigualdad, lejos de haberse corregido se han agravado o enquistado. Por no hablar de un escenario internacional, económico y político, convulso, cambiante y sometido a grandes tensiones e incertidumbres.

Como dice David Harvey, las crisis regionales (y la de 2008 lo es) no han cuestionado el modelo neoliberal, sino que lo han reforzado. Desde los años 80, los colapsos financieros provocados por la desregulación y la interdependencia transnacional han sido utilizados para reducir la capacidad de negociación de los trabajadores. El neoliberalismo económico acompaña una serie de agresivas estrategias que permiten gestionar de manera rentable para el sistema la degradación de las instituciones públicas, la precarización social, el deterioro cultural y la polarización política.

Volviendo al comienzo. Estamos ante un trabajo con análisis y propuestas que invitan a un debate, poniendo sobre la mesa un ramillete de cuestiones trascendentes. Tras las contiendas electorales, urge entrar en ese debate, construir diagnósticos y propuestas que sostengan la acción política de la izquierda transformadora.