Opinion · Dominio público

¿Subsidios condicionados o renta básica incondicional? ¿Moderados o radicales?

Daniel Raventós

Editor de Sin Permiso, presidente de la Red Renta Básica y profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona.

El debate sobre la necesidad o no de la renta básica (RB) (una asignación pública monetaria incondicional, universal e individual) está tomando nuevas formas.  Como el debate se ha extendido exponencialmente en muchos lugares siendo sin duda uno de ellos el reino de España, son nuevas las personas que se añaden al debate, sea de forma favorable o completamente contraria. Son nuevos los datos, pero la realidad parece ser un factor completamente ajeno a las propuestas que hay que tomar. La regla parece ser la de la más pura tradición inmovilista: lo conocido aunque se sepa que los resultados son más que mediocres.

Como no podía ocurrir de otra manera, hay quien le da una forma al debate (por decir algo, porque propiamente debate no hay dada la desproporción de fuerzas en los medios entre los partidarios de la tradición de los subsidios condicionados y el resto) que puede ser esquematizado sin violar un ápice el contenido de la siguiente manera: “sí, la RB es una medida interesante y a tener en cuenta, pero se trata de una perspectiva a largo plazo, ahora lo que toca es seguir insistiendo (“mejorándolos”, ¡cómo no!) con los subsidios condicionados para pobres”. Aquí, en este cajón de sastre de los “subsidios condicionados para pobres” hay quien propuso una ILP (CCOO y UGT), otros que quieren “mejorarla” (AIReF) y otros aún que proponen cualquier invento condicionado que puedan tener en la cabeza, desde el PP a Podemos con las variantes respectivas. Se trata, para algunos estrategas (sic), de “transitar” hacia la RB. Y hay aún quien intenta dictar de la forma más pimpante y decidida, añadiendo el factor dinámico del tiempo, que los que proponemos la RB como una medida lo más inmediata posible… somos “radicales” o “sectarios” o  “extremistas” o alguna palabra que se asocie a las anteriores. Es curiosa esa manera de ver las cosas.

En un artículo que hace poco menos de tres años publiqué con David Casassas se apuntaba que Darío Fo, que acababa por aquellas fechas de fallecer, escribió poco antes de morir que “el moderado es fuerte con los débiles y débil con los fuertes”. Y añadíamos que su compatriota Marco d’Eramo, refiriéndose también a la moderación, añadió: “Es curioso que, en política, el término ‘moderado’ haya adquirido una connotación positiva, mientras que resulte negativo en otros ámbitos de la vida, sobre todo en forma adverbial: si una persona es moderadamente inteligente, no queremos decir que es un genio”. He recordado estas palabras porque hoy más aún que hace tres años sobre la propuesta de la RB muchos prefieren llamarse “moderados”. Debe darles cierta sensación de equilibrio: ni demasiado a un lado, ni demasiado al otro. Estar ostensiblemente inclinado a un extremo puede ser motivo de caer bajo la calificación de radical, sectario o algo parecido. Y ya se sabe: una persona radical, para muchos biempensantes, es algo no especialmente aconsejable. En cambio, tener la cualidad de una persona “moderada” es sinónimo de algo así como ser alguien equilibrado, ecuánime, centrado. Y, cuando la RB se ha convertido en una propuesta cada vez con mayores avales filosófico-políticos que apoyan su justicia y con propuestas de financiación (como la realizada por Jordi Arcarons, Lluís Torrens y yo mismo) algunos ya han encontrado la solución: hay que ser moderado y mirar la cosa a largo plazo. Al fin y al cabo, como dijo el famoso economista británico que se propuso y consiguió salvar al capitalismo, a largo plazo todos estaremos muerto. El largo plazo no compromete a nada… o a muy poco.

Antoni Domènech, un auténtico gigante del pensamiento contemporáneo, insistía muchas veces en algo que viene muy a cuento: los que proponemos medidas como una RB somos simplemente defensivos o resistentes. La RB es una medida en el período social y político actual simplemente de resistencia. Y añadía que los extremistas son los que han impuesto y siguen imponiendo las características más importantes de las políticas económicas practicadas en las últimas décadas. Especialmente a partir de la crisis económica de 2007 y las correspondientes políticas de austeridad implantadas poco después. Es decir, el programa que las grandes patronales del mundo venían reivindicando desde hacía algunos años. Han convencido además, y eso es un mérito admirable, a muchos académicos, políticos, sindicalistas, periodistas y a muchos ciudadanos en general que todas estas barbaridades económicas y sociales que benefician a una pequeña parte de la población son puro realismo económico. Muchos han comprado la idea. Y Toni añadía que la razón, una vez más, era maltratada mientras otros aplaudían un “realismo” que para ellos no es nada más que el ciceroniano pro domo sua. Que cada cual elija el lado de la barricada que prefiera, pero intentar calificar la RB de radical, especialmente para desmerecerla o mejor aún desprestigiarla, es otra cuestión. Se cometen para ello algunos saltos argumentales que parecen más bien piruetas de bufón cascabelero. Si la RB es una medida extremista, ¿cómo deberían calificarse las políticas que han llevado a cabo y siguen practicando los gobiernos de la Unión Europea, entre otros?

Esta semana se han publicado nuevos datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística, a partir de los cuales la sección local de la  Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión social (EAPN) ha manifestado que al ritmo actual la erradicación de la pobreza en el reino de España tardaría 215 años en lograrse. 215 años: largo plazo. ¿A quién le importa? ¿Qué solución se propone? Lo de siempre, “mejorar” los subsidios para pobres. Quizás el cálculo de 215 es para poner una cifra. Tal como van las cosas, es decir la política económica y la social, más sensato es decir que quizás en el próximo milenio… por fe, no por racionalidad.

Daniel Raventós es editor de Sin Permiso, presidente de la Red Renta Básica y profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona. Es miembro del comité científico de ATTAC. Sus últimos libros son, en colaboración con Jordi Arcarons y Lluís Torrens, Renta Básica Incondicional. Una propuesta de financiación racional y justa (Serbal, 2017) y, en colaboración con Julie Wark, Against Charity (Counterpunch, 2018) traducido al castellano (Icaria) y catalán (Arcadia).