Opinion · Dominio público

«Posguerra» cruel

Pedro Oliver Olmo

Profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha

Tras la guerra civil entre el PSOE y Podemos, la reconfiguración del espacio de las izquierdas radicales no parece que barrunte una nueva unidad. Será un panorama plural pero desmigajado y morigerado. Para el nuevo PSOE eso ha vuelto a ser una cuestión estadística, a considerar sólo en un sentido relativo, por su efectividad a la hora de acentuar la división de las izquierdas y la sumisión de la militancia socialista más izquierdista. Si todas las «guerras civiles» de las izquierdas han sido dolorosas para la gente bienintencionada que hubiera querido otras dinámicas o al menos otros desenlaces, las posguerras siempre han provocado efectos desalentadores en generaciones enteras. Y esta posguerra que acaba de empezar en serio tiene ya pinta de que va a ser larga y dolorosa, despiada y cruel como ninguna, quizás porque el desafío de la izquierda radical puso esta vez al PSOE al límite de sus capacidades de disgregación como institución de Estado y como «roca» electoral. El verano de 2019 para Pedro Sánchez, más que el de su segunda investidura fallida, podría pasar a la historia como el del ensayo de políticas de venganza de gran calibre, una suerte de política espectáculo que en el fondo es un ejercicio de cálculo político acerca del castigo que el PSOE quisiera infringir a Pablo Iglesias y a Podemos, tacticismo de aparato de partido que, aunque huele a viejo muy viejo, de momento casa bien con el interés mercenario y tecnocratico de la tarjeta inteligente que se han comprado en Moncloa, Iván Redondo.

El resistencialismo es la única opción que parece que les va a quedar a los fieles de Pablo Iglesias, ya veremos con qué eficacia: ¿con qué peso electoral se cotizará la soledad de Podemos?

La soledad absoluta parece llamar a golpes en la puerta de Podemos. Las cúpulas de IU ya quieren cabalgar solas y encima lo hacen cuando más pueden favorecer a Pedro Sánchez (y perjudicar a Podemos). Las bases de Equo ídem de ídem. Los Comunes se lo piensan y aún no sabemos con qué modos y maneras. Compromis ya ha hecho varias veces su favor discursivo «quid prodest» al PSOE. Hasta los anticapis prefieren seguir en la ensoñación del tacticismo troskista, a ver si… Y por último, a Errejon le basta con existir para proyectar futuros inciertos, un futurible de crisis final, una especie de gran redada interna dentro de las identidades podemitas y quincemayistas. Por lo demás, y ya que todos se han vuelto electoralistas («manda uebos» que a eso se haya llegado invocando el 15M), a ninguno se le ocurre plantearse una realidad: la única suma electoral posible de las izquierdas es la de las izquierdas españolas y las izquierdas nacionalistas.

Todo indica que, una vez finiquitado el fenómeno Podemos, un montón de personajes y fuerzas que nacieron, mutaron o crecieron gracias a él, están intentando hacerse más visibles y útiles rompiendo lazos y acabando con lo que queda de aquello, o sea, con la marca Podemos y, por supuesto, con su hiperlider. Podemos estorba en este paisaje de posguerra. Han tocado «sálvese quien pueda» y ahora ya nadie sabe quién se atreverá a salvar a los represaliados. Además, qué duda cabe que, al igual que otras generaciones anteriores de militantes comunistas e izquierdistas radicales, los de ahora están sufriendo una ya muy vieja tentación: la atracción de la socialdemocracia. Pero esta vez me temo que no les aguarda una casa común como aquella del felipismo que nos ofrecieron a muchos, les espera un desierto de ideas muertas y un parque temático de espectáculos políticos (en el que incluirán, eso sí, sesiones dedicadas a las ‘memorias’ de las izquierdas, junto a otros placebos).