Dominio público

El regreso de las botas de ‘cowboy’

Óscar Santamaría

ÓSCAR SANTAMARÍA

Jennifer June es una experta en botas de cowboy. Su pasión la ha llevado a escribir un libro, Cowboy Boots: The Art & Sole, y su página web y su blog son referencias claras para los amantes de este tipo de calzado. June tiene una particular teoría: "Cuando Estados Unidos está saliendo de una recesión (económica), aumenta la compra de botas de cowboy". Y es que, según ella, "proyectan confianza y estabilidad".

Tampoco sabemos si, al igual que pasa con las botas de vaquero, en épocas de turbulencias económicas la gente es más receptiva a las películas del Viejo Oeste. Quizás es casualidad, pero justo llega ahora a nuestras pantallas la última cinta de los hermanos Coen, True Grit (Valor de ley), que se suma a la media docena de westerns que se han estrenado en los últimos meses o que se estrenarán en los próximos.
Lo que sí está demostrado es que en tiempos de incertidumbre la gente se entrega más dócilmente a un líder fuerte, a aquel que tenga las ideas más claras, sean las que sean, y se vuelve más receptiva y vulnerable a discursos patrioteros, populistas, simplistas, puramente emocionales.

En el caso de Estados Unidos, esto encaja perfectamente con el relato del Tea Party, que contribuye a alimentar todo un imaginario que evoca la figura del sheriff, la Asociación Nacional del Rifle, la Biblia, el justiciero, el llanero solitario, el "tipo duro". Un cliché que no se aplica por igual a toda la geografía norteamericana, pero que no por eso es menos cierto. Todo lo contrario, es una realidad tangible en estados como Texas o Arizona. Pero no sólo allí. Tan tangible como que ha servido, en gran parte, de base para el discurso del Partido del Té que ha echado raíces en otras partes del país, un discurso que apela a los valores y emociones más primarios, a la esencia y la pureza, a la libertad, y que recuerda todo ese universo del Lejano Oeste, del derecho a llevar armas y a desenfundarlas, del hombre frente al sistema, del Estado amenazador. Un discurso enfocado a recuperar aquello que creen que les pertenece y les ha sido arrebatado por los burócratas, en el que Washing-
ton es el epicentro del mal.

"We want our country back" ("Queremos de vuelta nuestro país"), proclaman orgullosos
Sarah Palin y sus compañeros de andanzas –conocidos locutores de radio y televisión–, que se han encargado de diseminar ese mensaje frentista con notable éxito. De forma contundente, han creado una atmósfera western, no sin ciertas dosis de bilis política, de retórica maniquea, volviendo al ellos frente al nosotros que caracterizó los ocho años de Bush hijo en la Casa Blanca, el mismo que, por cierto, dijo aquello de "vivo o muerto" para dar caza a Osama Bin Laden, el último forajido.

Pero el Tea Party ha ido un poco más lejos al tener enfrente además, y precisamente por eso, a un demócrata afroamericano sentado en el Despacho Oval. Se muestran con orgullo y se consideran primero conservadores y después republicanos. Llaman a la acción. Identifican enemigos, no ya sólo adversarios. Utilizan, sin ningún tipo de prejuicio, imágenes bélicas, como la de aquella locutora de radio que aparece en la publicidad de su programa con un micrófono en una mano y una pistola en la otra. O como las dianas de miras telescópicas colocadas por Palin en su web sobre los distritos claves en disputa con los demócratas en las elecciones legislativas de noviembre pasado.
Un clima de rabia y enfado. De rabia con un Gobierno que consideran alegremente "socialista" (léase comunista) y de enfado por ver cómo, a su juicio, el genuino espíritu americano se diluye. De todo ello tienen la culpa los políticos. Sobre todo los que viven en Washington. Sobre todo los demócratas, aunque no sólo ellos.
Este sentimiento de rabia y enfado se refleja en el testimonio de un joven congresista del Tea Party
elegido por primera vez en noviembre que, motivado por ese discurso catastrofista, decidió hacer algo. "He servido como piloto de la Fuerza Aérea ocho años, un trabajo que me llevó a misiones en el extranjero en varias ocasiones. Lo que aprendí de todo aquello es que tenemos un maravilloso país que merece la pena defender. Tenemos un montón de mujeres y hombres valientes que lo están haciendo en el extranjero, pero ahora lo que necesitamos son mujeres y hombres valientes que lo defiendan aquí, en nuestro territorio". Hombres y mujeres valientes que defiendan a su país. El mensaje ha calado claramente en estos tiempos de crisis. Avivado por Palin y compañía, amplificado por medios de comunicación que no dudan en emplear el lenguaje del odio y del miedo.
Se ha impuesto un clima que muchos han señalado como el caldo de cultivo que llevó a Jared Lee Loughner a atentar contra la congresista demócrata Gabrielle Giffords, justamente, por cierto, no lejos del simbólico lugar donde tuvo lugar en 1881 el famoso duelo de O.K. Corral.

Un clima que, salvando algunas distancias, parece empezar a respirarse en España. Sin una figura política clara e identificable (todavía) como el caso de la ex gobernadora de Alaska en EEUU, pero con un coro de medios que vociferan sin parar. Fenómeno reciente en tertulias televisivas –sus primeros pasos fueron en la radio– donde, sin tregua, comentaristas nostálgicos de tiempos pasados se oponen a todo, ven peligro apocalíptico en aquello que contamina lo sagrado, lo puro, la tradición, "lo de toda la vida".
Que recurren al insulto fácil. Que echan mano de ese discurso simplista y alarmista. Que llaman a los ciudadanos a la acción, a la desobediencia civil frente a un Estado que amenaza la libertad individual. Que señalan con el dedo al enemigo. Mensajes dirigidos directamente al estómago, más que al corazón y mucho más que a la cabeza.

Óscar Santamaría es consultor de comunicación política

Ilustarción de Mikel Casal