Opinion · Dominio público

Túnez, los árabes y la democracia

 

SAÏD EL KADOUI

Un policía confisca las frutas y legumbres que un joven vende en la calle para subsistir. El joven tiene una licenciatura pero sabe que no se vive del aire. Dado que no encuentra un trabajo acorde a sus estudios y ambiciones, trabaja de vendedor ambulante. ¿Cuántos jóvenes árabes deben de encontrarse en esta misma situación? ¿Cuántos de ellos habrán sufrido en su piel la humillación del poder arbitrario? La policía de una dictadura siempre es temible. Nada se puede hacer contra ella si no se está dispuesto a pagar un precio muy alto. Mohamed Bouazizi dijo basta. Se quemó a lo bonzo, murió varios días después y su indignación se extendió como la pólvora. Entonces buena parte de la sociedad tunecina, encabezada especialmente por jóvenes, muchos de los cuales sobradamente preparados académicamente e infravalorados por las élites que gobernaban el país, también dijo basta y salió a la calle.

Faltaría a la verdad si no dijera que me embarga la emoción y me conmueve comprobar que la injusticia puede combatirse y no ser aceptada como algo inevitable ad aeternum. No sé qué final tendrá esta historia pero, suceda lo que suceda, era necesario decir basta. Seguramente la sociedad tunecina ganará mucho en autoestima: ha sido capaz de echar a un dictador de forma ejemplar. Hay que lamentar, y mucho, las víctimas producidas por la represión sufrida y espero que Mohamed Bouazizi acabe pasando a la historia como la persona que dio rienda suelta a la sed de libertad del pueblo tunecino y contribuya a dignificar la memoria de todos los que murieron reivindicándola.
Esta es la primera revolución democrática de un país árabe después de la descolonización. ¿Se puede pensar que pueda ser extensible a otros países vecinos y, en general, a todos los países árabes? Cada país tiene también sus especificidades que merecen ser atendidas. La más importante de Túnez, en mi opinión, es su sistema educativo, inspirado claramente por los valores del mundo moderno. No sucede lo mismo en el resto de países árabes. Pero, sin duda, buena parte de las condiciones que han generado la revuelta (y que se resumirían en una palabra que muchos articulistas han utilizado para describir a esta dictadura: la cleptocracia) están bien arraigadas en buena parte de estos países, si no en todos. Utilizando la terminología de Hicham Ben Abdallah El Aloui, los países árabes se dividen en tres categorías. Primero estarían los regímenes “cerrados” (Libia, Siria, etc.) donde no se pierde el tiempo aparentando pluralismo. Después estarían los regímenes “híbridos” (Argelia, Egipto, Jordania, Marruecos, Sudan y Yemen) y finalmente los regímenes “abiertos”, cuyo único caso era, según el autor, Mauritania. Teniendo en cuenta que esto lo afirmaba en un artículo aparecido el mes de abril del año 2008, deduzco que ahora, tras el golpe de Estado perpetrado en este país en el mes de agosto de aquel año, el único régimen que catalogaba de abierto se cae del cartel.

Dentro de este contexto pétreo y desolador, el ejemplo tunecino es esperanzador. Parece obvio que la gente no se va a resignar a vivir bajo el yugo de la arbitrariedad y la falta de oportunidades eternamente. Y ya estamos viendo los primeros conatos de una posible revuelta más amplia. En Jordania, Egipto, Argelia e incluso en Libia, donde Muammar el Gadafi prestó su apoyo sin ambages al hasta ahora presidente tunecino, ya han empezado
a producirse algunas protestas.
El psicoanalista egipcio Moustapha Safouan sostiene que todo régimen de poder absoluto reposa sobre tres prácticas que le son consustanciales: la corrupción (sobradamente conocida y ahora evidenciada por los cables de Wikileaks), la represión y la censura. Lo decisivo, afirma, es que nuestros déspotas de hoy no pueden ejercer sus actos de represión con toda la seguridad que les proporcionaba la censura. Gracias a la revolución electrónica, el mundo puede observar en directo aquello que está sucediendo.
Esta es, a mi juicio, la gran razón que puede hacer pensar en un efecto, si no dominó –porque no creo que sea algo inmediato– sí mimético en otros países árabes.

Otra lección que la gente puede extraer de esta revolución tunecina es que si se quieren cambios, solamente pueden ser generados desde la propia sociedad. De Europa ha quedado más que probado que no van a obtener ayuda. Las libertades, los derechos, la igualdad de oportunidades y, en definitiva, la democracia, la quiere para sus adentros –algunos de estos logros en peligro actualmente, por cierto–, pero no necesariamente fuera de sus fronteras. Al contrario, su actuación ha puesto en evidencia que lo que espera del Sur del Mediterráneo es tener repúblicas bananeras haciéndole el trabajo sucio.

Todo esto ha evidenciado la revuelta de Túnez. Sólo deseo que tenga un final feliz. Y este no puede ser otro que la instauración de un Gobierno democrático. Y para los que crean que la democracia no es compatible con el Islam y los árabes, quiero recordarles las palabras que un parlamentario italiano le dijo a Moncef Marzouki, uno de los históricos opositores al régimen que anunció su candidatura a las futuras elecciones tunecinas el día 17 de enero, según recogía el rotativo francés Le Nouvel Observateur. Tras comentarle su desagrado por esta visión un tanto despectiva con el mundo árabe, el parlamentario le explicó que él recordaba cómo antaño algunos ingleses discutían de forma muy seria la incompatibilidad entre la “latinidad” y la democracia. Observad todos esos españoles, portugueses e italianos, decían. No es por azar que viven bajo una dictadura. ¡Ah, la historia!

Saïd el Kadaoui es psicólogo y escritor

Ilustración de Patrick Thomas