Opinion · Dominio público

Amar también es de izquierdas

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

Se acercan las elecciones generales del 10 de noviembre. Para seducir a su electorado, los partidos de izquierdas presentarán programas con una retórica plagada de guiños a la igualdad, a la diversidad, al discurso verde, a la inclusión social y a la participación. Sin embargo, en ninguno de ellos figurará un discurso más o menos compartido sobre el amor como eje de las luchas por la democracia y la emancipación. ¿Por qué el amor ha desaparecido del discurso político público? ¿Por qué se considera un fenómeno ajeno al lenguaje, a los problemas y las tradiciones de la política partidaria normalizada, que se vive en términos de agresividad, testosterona y dominio? Este empobrecimiento del discurso político sobre el amor resulta de una miopía colectiva histórica de las izquierdas (sobre todo las partidarias) para satisfacer las necesidades inmateriales de las personas y poner un énfasis acentuado en el reconocimiento de las preocupaciones materiales.

No cabe duda de que el amor es uno de los anhelos más profundos de la condición humana. ¿Pero qué papel desempeña en estos tiempos de instrumentalización política del odio? ¿Acaso, como dijo Hart Crane, el amor no es más que “un fósforo quemado que resbala por un urinario”? ¿O tal vez se trata de una praxis social con poder para vincular a los seres humanos e instituir formas de vida liberadoras?

De alguna manera, el tema de la degradación de la experiencia amorosa ya estaba presente en los escritos del joven Karl Marx. Estos reflejan un elevado sentido antropológico que reivindica el “hombre total” frente al ser humano alienado por un sistema capitalista deshumanizador que le obliga a competir, a vender su fuerza de trabajo a otros bajo condiciones lamentables y a intercambiar dinero por dinero, y no “amor por amor, confianza por confianza, ilusión por ilusión”. Es de reconocer, además, que en su insaciable voracidad colonizadora, el capitalismo también se ha apropiado del discurso y del lenguaje amoroso, convirtiéndolo en un negocio de consumo más.

No obstante, fue la militante comunista Alexandra Kollontai quien, en una carta de 1923 titulada “¡Abran paso al Eros alado!», dirigida a la juventud obrera, reconocía la importancia de los impulsos afectivos del ser humano como fuerza inseparable de lo social. Kollontai le preguntaba a un imaginario camarada proletario cuál era el lugar que le correspondía al amor en la ideología de la clase trabajadora. Para ella, la Revolución rusa de 1917 había triunfado en el campo económico y el político, pero no lo suficiente “en las ideas sobre la concepción del mundo, en los sentimientos, en toda creación espiritual de la humanidad”. Kollontai distingue dos tipos de amor: “Eros sin alas”, el amor pulsional dirigido a la reproducción, y “Eros alado”, un sentimiento profundo “tejido con emociones diversas que han sido forjadas en el corazón y en el espíritu”. Kollontaj critica que muchos de sus compañeros veían a Eros alado como un estorbo para la actividad revolucionaria. En su contra, sostiene que el amor no es un asunto privado ni mucho menos superficial para la lucha revolucionaria, sino “un sentimiento de carácter profundamente social”, un “factor del que se pueden obtener beneficios a favor de la colectividad”. Como cuidado del bien común, el amor se basa “en el reconocimiento de derechos recíprocos, en el arte de saber respetar la personalidad de otro, en un firme apoyo mutuo y en la comunidad de aspiraciones colectivas”.

Esta visión del amor conecta con la de la activista feminista bell hooks. Para ella, el amor no es únicamente un sentimiento, sino también un acto de voluntad, pero sobre todo es una acción participativa que implica afectividad, cuidado, reconocimiento mutuo, respeto, compromiso, confianza y comunicación abierta. Amar es ser capaz de ponerse en el lugar del otro, atender sus necesidades, complementarlo y ayudarlo a caminar a fin de construir un camino conjunto. Tal vez sea por ello por lo que en Piloto de guerra Antoine de Saint-Exupéry nos legó la definición más bella que hasta ahora he leído sobre el amor: “Una red de lazos que nos hace llegar a ser”. Esta red de vínculos, de afectos, de aprendizajes y experiencias no se compra ni se vende en ningún centro comercial, pues nada tiene que ver con el dinero y la rentabilidad, sino con el tiempo de vida para estar con uno mismo y con los demás, para crear lazos humanos significativos: “Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan especial”, enseña el Principito.

Necesitamos desbloquear el corazón de una política sin corazón. Es hora de que en política se vuelva a hablar de amor, de sentimientos y sensibilidad, no como mera pose o cursilería retórica, sino como lenguaje de combate contra el sexismo, el racismo y otras formas de opresión, como hizo Luther King. No nos engañemos: nunca habrá auténtica democracia ni auténtica justicia social si antes no se produce una auténtica revolución emocional, un cambio de sensibilidad (lo que Federico García Lorca llamaba “explosión espiritual”) capaz de intensificar nuestra conciencia social y colectiva, comprometerse con la transformación de las condiciones de vida de los grupos desfavorecidos y liberarnos del prejuicio patriarcal de que el amor es un sentimiento privado (y por tanto apolítico) que te vuelve vulnerable y dependiente, como si el ser humano no lo fuera de por sí.

Las izquierdas deberían contribuir a la necesaria tarea de desprivatizar y despatriarcalizar el amor, aunque me temo que en este contexto de izquierdas desunidas y desenamoradas es pedir peras al olmo. Habrá quienes vean la falta de un discurso público de las izquierdas políticas sobre el amor como una mera e insignificante cuestión de lenguaje. Permítanme que lo dude. De ser así, les invito a seguir la recomendación de Ramon Llull a finales del siglo XIII: “Si no nos entendemos por el lenguaje, entendámonos por el amor».