Opinion · Dominio público

Políticas de la piel

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

Pixabay.
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En las últimas décadas se han producido transformaciones significativas en lo que se refiere a la expansión de los derechos civiles, sexuales y reproductivos de sectores subalternos, como la aprobación del matrimonio igualitario, la adopción homoparental y las leyes de identidad de género. A pesar de ello, el imaginario hegemónico sigue estando dominado por el modelo de pareja heterosexual, monógama y reproductiva. Ello invisibiliza las aspiraciones y experiencias de intimidad de colectivos a menudo fuera o al margen de preocupaciones sociales, legales o políticas, como las personas mayores, las personas en situación de discapacidad y la población reclusa.

Hace dos años, la Fundación Aspace creó un programa pionero precisamente con el fin de reivindicar las experiencias de intimidad afectivo-sexual de las personas con discapacidad. El programa incluye el servicio de asistencia sexual para los usuarios que lo demanden, lo que ha convertido a Aspace Balears en el único centro a escala estatal que cuenta con esta figura, sobre cuya actividad no existe un consenso claro y específico. En general, la asistencia sexual abarca un conjunto de prácticas que pueden incluir relaciones sexuales con o sin penetración, estimulación táctil mediante masajes, actos masturbatorios y el uso apropiado de juguetes sexuales. El objetivo es brindar apoyo para, en la medida de lo posible, ayudar a las personas asistidas a desarrollar su identidad sexual y el sentido de sus cuerpos.

Más allá de la polémica entre argumentos favorables y contrarios, la asistencia sexual a personas con diversidad intelectual/funcional abre espacio para una nueva y transgresora política de la piel. Tocar no solo es un acto físico, también es un acto profundamente político en el que todo cuenta: qué, a quién, cuándo, dónde y cómo se toca. Como acto político, tocar puede dar lugar a una práctica de transformación social, a una acción rebelde e inconformista. Cuando, por ejemplo, Jesús cura a un leproso comete un acto de desobediencia que quebranta la ley y desafía el tabú de lo impuro, pero al mismo tiempo realiza un acto de amor y cuidado que brinda al enfermo un espacio de salud y protección.

El plan de intervención afectivo-sexual de Aspace se inscribe en esta perspectiva de trasgresión y resistencia. Conlleva una política de la piel donde el tacto se constituye como eje de ruptura de los patrones corporales, funcionales y estéticos capacitistas. El capacitismo es para las personas con capacidades diversas lo que el racismo es para los negros o el sexismo para las mujeres. Consiste en un sistema de poder que trata a las personas con capacidades diversas como incapaces: incapaces de trabajar, de aprender, amar, cuidar, desear, tener sexo, etc.

La política de la piel de Aspace comete tres grandes transgresiones. La primera es la transgresión oculocéntrica. Luchar contra el capacitismo exige resignificar el tacto. El pensamiento occidental es un pensamiento oculocéntrico. Se enmarca en una tradición que por lo general consagra la hegemonía de la vista, concebida como instrumento privilegiado de acceso al conocimiento, como puede corroborarse en las grandes corrientes de la filosofía occidental. Platón lo muestra de forma magistral en el mito de la caverna, cuando el prisionero liberado contempla metafóricamente la verdad mediante la luz del sol. Aristóteles proclama la superioridad de la visión frente al resto de sentidos. En la modernidad, Descartes presenta su método filosófico como un ejercicio a través del cual hallar alguna verdad mediante la “luz de la razón”. A Martin Jay le sobran razones para afirmar que la nuestra es la “civilización de la imagen”.

El resultado es evidente: el contacto físico a través de la interacción piel con piel se ha ido perdiendo a lo largo del tiempo y sustituyendo por el contacto visual y verbal. Somos una sociedad de intocables, de personas tan carentes como temerosas de contacto físico que se deslizan cada vez más hacia ese páramo desértico de las “intimidades congeladas” de las que habla Eva Illouz. Sin embargo, el problema no está en el tacto, sino en aprender a diferenciar las formas positivas y negativas de tacto.

Las formas positivas de tacto pueden transmitir sentimientos de cariño, empatía y seguridad. Esta científicamente probado que un abrazo sincero de cuerpo entero con la persona adecuada segrega oxitocina, la hormona del amor y la generosidad. En el encuentro piel con piel dos o más personas crean un vínculo físico y afectivo envolvente que puede hacerlas sentir más tranquilas, conectadas y seguras. Pablo Neruda captó bien la dimensión poética del abrazo, capaz de reforzar la sensación de unidad entre lo humano y lo cósmico: “En tu abrazo yo abrazo lo que existe, la arena, el tiempo, el árbol de la lluvia, y todo vive para que yo viva”.

Algo parecido ocurre con el masaje, muy valorado por ciertas tradiciones terapéuticas y espirituales orientales que conciben el tacto como una forma de promover la salud y prevenir enfermedades. Usadas con sabiduría y respeto, las manos permiten reintroducir la comunicación no verbal. No en vano dice el antropólogo Ashley Montagu que la piel es “nuestro primer medio de comunicación”.

La segunda es la transgresión de la violencia corporal. La política de la piel dignifica las experiencias sensoriales de los cuerpos reducidos por el capacitismo a monstruosidad o deformidad intocable. Como dice Boaventura de Sousa, a los ojos de la sociedad “son cuerpos que «huelen mal» o «apestan» y cuyos sabores (sea de comida u otros) se consideran «salvajes», «inconvenientes», o «no saludables»”. Se crean, así, formas de disidencia corporal que rompen con el estigma de los cuerpos que no encajan en los cánones de la normalidad corporal: cuerpos gordos, cuerpos trans, cuerpos con VIH, cuerpos disfuncionales, etc.

La tercera es la transgresión del género. Tocar tiene un significado diferente para hombres y mujeres. Las diferencias se deben a los roles patriarcales que representan a las mujeres como madres, esposas, santas o princesas. El patriarcado permite a las mujeres tocar para transmitir afecto y apoyo emocional, mientras que a los hombres les incita a tocar para marcar autoridad, afirmar su poder y seducir. La política de la piel nos acerca a masculinidades que transgreden los códigos patriarcales de contacto mediante estímulos táctiles sin connotaciones de control y dominio.

Cuando Walt Whitman escribió en Hojas de hierba: “Tócame, tócame con la palma de la mano cuando yo paso, no tengas miedo de mi cuerpo”, invitó a una intimidad de contacto que incomodó a muchos lectores. Es esta intimidad desacostumbrada la única que puede saciar nuestra esencial e insatisfecha hambre de piel.