Opinion · Dominio público

Cambios, miedos y ‘realpolitik’

 

JOSÉ MANUEL ALBARES

Los acontecimientos que se suceden en el Magreb y Oriente Próximo han puesto de relieve que la política importa. Importa porque la libertad y la garantía de los derechos humanos son la base para el contrato social en cualquier lugar del mundo. Importa igualmente porque el crecimiento económico, si no se acompaña de redistribución, genera inestabilidad. También nos han recordado que, más allá de personas y liderazgos concretos, los actores de los grandes cambios son las sociedades civiles. El epicentro de los alzamientos populares en Túnez, Egipto o Libia no son inexistentes o debilitadas oposiciones o grupos islamistas, sino las propias sociedades de esos países.
Lo que la ciudadanía de Túnez, Egipto o Libia ha expresado estos días es que lo político es clave en cualquier sociedad y que no es posible diferenciar entre reformas políticas y económicas. Ambas están estrechamente ligadas e interrelacionadas y es profundamente erróneo pensar que tienen lógicas y tiempos distintos. Si la gobernanza de cualquier país responde a un sistema político-económico dado, esto es aún más cierto allí donde la corrupción y el enriquecimiento de unos pocos oprime por partida doble, política y económicamente, a la mayoría. Tunecinos, egipcios y libios han dejado claro que buscan el cambio político para poder alcanzar algo tan básico como la libertad y unos derechos mínimos, pero también para conseguir mejoras en sus condiciones de vida. Si el aglutinador de estos movimientos está siendo la libertad, el detonante ha sido el desempleo que afecta a todos pero mayoritariamente a los jóvenes. Son ellos, apoyándose en Facebook y Twitter, los que están inclinando la balanza en el pulso al poder.

Una lección más de estas jornadas es que los regímenes sin libertad política, además de ilegítimos, son ineficaces y, por ambos motivos, generan inestabilidad independientemente de sus tasas de crecimiento. Las “autocracias modernizadoras” no existen, ni son posibles los “milagros económicos” sin libertad. La razón última de estos movimientos populares ha sido mucho más la desigualdad que la pobreza. Hay sociedades pobres, porque su suelo y subsuelo no les han permitido dejar de serlo, que son estables. La pobreza que genera tensión política en la zona es aquella que proviene de la disparidad insalvable de oportunidades políticas y económicas. Esa desigualdad se ha vuelto insoportable al tornarse intergeneracional transmitiéndose de padres a hijos. A medio plazo, no puede haber sociedades estables si no se respetan los mínimos derechos fundamentales. La única realpolitik posible es la que asegura una verdadera estabilidad basada en el respeto de la ciudadanía y no la que confunde la paz social con una mezcla de autocensura y represión. Los que han causado finalmente este estallido de inestabilidad son unos regímenes que muchas veces han sido vistos como los grandes garantes de un supuesto orden y estabilidad frente a riesgos que acechaban desde el Sur.

El hecho de que los alzamientos populares en estos países no tengan cabezas explícitas que los lideren hace complejo determinar cuáles son sus prioridades y reivindicaciones más acuciantes. Algunos quieren ver en ello amenazas que esperan su momento y agendas ocultas de radicalismos islámicos. Ningún hecho ni declaración lo demuestra hasta ahora. Al contrario, si alguna aspiración ha quedado patente es a la libertad, mucho más que la aspiración a la democracia, que necesitará de un movimiento más estructurado que el actual. Además, es palpable que la reivindicación profunda no está siendo de cualquier tipo de libertad, sino una que respete la dignidad de todos los ciudadanos y frene los abusos del poder contra la sociedad civil. Sobre ese tipo de libertad puede y debe venir la democracia. Al fin y al cabo, la libertad es el grado cero de la democracia, su elemento fundador.
Túnez y Egipto han entrado ya en una transición incipiente. Tal vez Libia pueda hacerlo en breve. Transición no significa necesariamente democracia, sino cambio. Por eso es fundamental no quedarse cruzados de brazos como si estuviéramos asistiendo a una inesperada competición en la que sólo nos resta conocer el resultado, sea cual sea.

Cuando el rumor de las movilizaciones y los enfrentamientos se apague, aparecerá el futuro. El suyo y el nuestro. La geografía, la historia y los lazos de todo tipo que nos unen así lo marcan. También aparecerán los miedos, porque, como en todo proceso de cambio, habrá que asumir riesgos. La democracia en estos países no vendrá desde fuera. Serán esas sociedades civiles que se han echado a la calle las que determinen su dirección. Seguro, habrá altos y bajos y momentos críticos como los hubo en nuestra propia Transición. Sin embargo, sí podemos acompañar y confiar en los amplios grupos que aspiran allí a democratizar plenamente sus países. Estos días no hemos oído gritos a favor de Al Qaeda y contra Occidente como en los últimos años se auguraba si los líderes caídos de-
saparecían. Lo que hemos visto es que las sociedades de esos países son mucho más parecidas a nosotros de lo que eran sus dirigentes y que sus aspiraciones coinciden en buena medida con las nuestras ¿Dejaremos pasar esta inesperada oportunidad?

José Manuel Albares es diplomático

Ilustración de Federico Yankelevich