Dominio público

Petróleo, crisis y especulación

JOSEP BORRELL

Europa y EEUU han dado la espalda a Gadafi, pero la revuelta/revolución de los libios no parece capaz, ella sola, de desalojarle de Trípoli. Libia es poco más que una larga autopista que cruza un desierto bordeando el mar. Ese paisaje es poco propicio a la guerra de guerrillas, y la aviación tiene las de ganar. Así, mientras Europa y EEUU consideran la implantación de una zona de exclusión aérea, Gadafi está recuperando los terminales petroleros, empujando a los rebeldes hacia Bengasi.
Petróleo. Esta es, junto con la inmigración, la gran preocupación que la "primavera árabe" ha levantado en el mundo. El temor a una nueva crisis petrolera hizo que el petróleo alcanzara precios récord, cercanos a los 120 dólares por barril. Después, la actitud de Arabia Saudí, que es como el Banco Central del petróleo, dispuesta a compensar la caída de la producción libia, trajo algo de calma. Pero la inquietud subsiste.

El precio del petróleo lo determinan la oferta y la demanda y el miedo. Y el miedo impulsa un tercer factor, la especulación, en la determinación del precio. ¿Cuánto hay de justificado en esta escalada de precios, cuánto se debe al temor racional de lo que pueda ocurrir y cuánto se debe a la especulación que juega a propagar temores exagerados?
Algunas de las previsiones al alza que se hicieron al principio
–220 dólares por barril– eran disparatadas. Parece como si los traders estuvieran jugando a infundirse miedo los unos a los otros para provocar el alza. Siempre es así: cuando la geopolítica del Medio Oriente afecta al mercado del petróleo, los elementos fundamentales de la oferta y la demanda dejan de contar y son sustituidos por elementos especulativos sobre lo que podría ocurrir si la crisis produjera una interrupción de los suministros. Sin hacer caso a esos temores, para el FMI, el precio medio en 2011 será de 95 dólares por barril.
En realidad los acontecimientos de Libia han reducido la producción mundial de petróleo un 1%. En 1979, cuando la revolución iraní, la reducción fue del 8%.

Con la excepción de Italia, que importa un tercio de la producción libia, pocos países se verían seriamente afectados si Libia dejase de producir. Y podría fácilmente ser sustituida por las reservas estratégicas de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) o por un incremento temporal de la producción de Arabia Saudí, que ya está bombeando 600.000 barriles al día adicionales.
En realidad, un precio por encima de los 120 dólares por barril traduce la preocupación por un efecto contagio que pudiera afectar a Arabia Saudí, que suministra el 10% de los 80 millones de barriles diarios que consume el mundo. El norte de África es un problema, pero sólo representa el 5% del petróleo. Oriente Medio, el 30%.
De momento, ese escenario es poco probable. El rey Abdallah acaba de volver a su país como un rey mago, cargado de regalos para su pueblo en forma de aumentos de sueldos y ayudas a estudiantes y parados por valor de 25.000 millones de euros. Y además con un plan de modernización de la educación, la salud y las infraestructuras por valor de 300.000 millones de euros en tres años.
No está mal para un país de 26 millones de habitantes. Pero tiene todo un ejército de jóvenes desilusionados, y son los jóvenes, sobre todo los educados y sin futuro, los que hacen las revoluciones.

La economía mundial es hoy mucho menos vulnerable que en los setenta frente a una crisis petrolera. La producción es menos intensiva en energía, la inflación es más baja y es más difícil que los sueldos sigan la espiral inflacionista de los precios. Aun así, a ojo de buen cubero, un 10% de incremento en el precio del petróleo genera una pérdida de 1 punto porcentual en el crecimiento global. Y los países desarrollados tienen razones para temer que unos acontecimientos en cadena acaben de matar el débil crecimiento y provoquen más tensiones sociales ante un encarecimiento de los costes que no pueda repercutirse en alzas salariales.
Además, una inflación energética pondría en dificultades a los bancos centrales para mantener una política monetaria acomodaticia. En EEUU, con una inflación extremadamente baja y grandes capacidades productivas por utilizar, es posible que la Reserva Federal (FED) ignorase un pico en los precios; a fin de cuentas su mandato está basado tanto en el crecimiento como en la lucha contra la inflación. Pero para el BCE sólo cuenta la inflación, aunque sea importada; que subiera los tipos de interés es lo que nos faltaría a los países fuertemente endeudados. Y ya nos ha advertido de ello.

El papel de la especulación en el incremento del precio del petróleo ha sido muy discutido, pero desde que en 2000 EEUU desreguló el mercado de futuros, los oil swaps se desarrollaron movilizando billones de dólares. A finales de esta década, el precio del petróleo subió en un año de 67 a 147 dólares por barril para luego hundirse hasta 45 dólares por barril. En un solo día llegó a subir 25 dólares por barril. Mientras los aumentos de precio fueron del 100%, los incrementos en la demanda fueron sólo del 5%.
Se estima que el 70% de los contratos del mercado de futuros del petróleo son de naturaleza especulativa, es decir, petróleo de papel que no se llega nunca a comprar de verdad. El presidente Sarkozy tenía razón cuando lanzó una fuerte diatriba al tomar la presidencia del G-20 sobre la especulación en el mercado de materias primas. Me temo que va a tener una excelente ocasión para bajar de las musas al teatro y actuar de verdad para que los especuladores no se aprovechen de la inestabilidad creada por las revueltas en los países árabes para hacer más grave la crisis económica mundial. Y mientras lo consigue, recordemos que el petróleo se acabará y que todo el esfuerzo que hagamos en el desarrollo de las energías renovables nos parecerá poco.

Josep Borrell es presidente del Instituto Europeo de Florencia

ILustración de Alberto Aragón