Dominio público

La hora de la verdad

Claudio Zulian

Cineasta y artista. @claudiozulian1

En varios textos aparecidos estos días, se ha remarcado que la pandemia del coronavirus representa un brusco encuentro con lo real, con aquella parte de nuestra existencia que resiste a toda planificación, a todo razonamiento y a todo enmascaramiento. Podríamos decir incluso, que es un "real" ejemplar, puesto que, más allá de desbaratar la economía y el calendario, lleva implícita una amenaza de muerte para quien contrae la enfermedad. Este súbito e insoslayable memento mori tiene la potencialidad de iluminar de manera nueva no sólo la cotidianeidad y sus rutinas, sino también muchas de las ideas y hábitos culturales más comunes.

De hecho, nuestra civilización global, esencialmente consumista, gira alrededor de la obliteración de toda negatividad, de todo real. El lenguaje corriente se suele referir a la muerte como un "accidente" en un intento transparente de adscribirla a lo excepcional y no a la sustancia misma de la vida. La medicina y la tecnología moderna, usando la palabra "accidente" para aquello que produce el óbito, nos recuerda su promesa de inmortalidad: llegará un día en que no habrá más accidentes y nada interrumpirá el decurso de la vida. Esta promesa médico-tecnológica hace sistema con el narcisismo consumista. Nada es más contrario a este último que pensar un término irremediable al yo: el narcisista quiere seguir flotando en sus goces, sin límite alguno ni corporal ni temporal: así el presente adquiere una textura de eternidad.

Este paradigma técnico-consumista se encarna en concretos rasgos culturales. Las fake news, por ejemplo, le pertenecen por completo. La disposición a pensar que siempre puede haber otra verdad, que siempre hay "hechos alternativos", es un intento de escabullirse de la verdad última, la verdad insoportable de la propia muerte. Las instancias de los poderes actuales lo saben y juegan con ello. O también, afirmar que, después de nacer, podemos escoger el cuerpo y que además tenemos el derecho a ir modificándolo por el camino según nuestra voluntad, es claramente una estrategia para evitar la fatalidad - con la esperanza, ingenua, de que la muerte quizá no reconozca nuestro avatar de ese momento.

En el ámbito de la cultura más sofisticada, el gusto tan difuso por la "deconstrucción" inacabable es otro rasgo emparentado con el paradigma técnico-consumista. Nietzsche, gran deconstructor, había producido su crítica de los valores sobre un trasfondo trágico. Sin embargo, la lectura que se ha impuesto en las últimas décadas, de origen derridiano, produce un bucle infinito de deconstrucción de la deconstrucción de la deconstrucción, evitando, con todas sus fuerzas, el momento de la fundación trágica del valor - que será irremediablemente un poder, una responsabilidad y un fin.

Estos brevísimos ejemplos, que podrían multiplicarse, pueden encontrar todos su representación en la mítica escena de la película "El séptimo sello", cuando el caballero Antonius Block, en un intento de distraer a la Muerte, con quien está jugando la última partida de ajedrez, tira el tablero y afirma no acordarse de la disposición de la piezas. A lo que la Muerte responde: "Yo sí me acuerdo".

Ahora bien, la crisis del coronavirus, ha hecho aflorar otro paradigma posible, ligado al técnico-consumista, pero completamente nuevo. En vez de considerar la crisis del coronavirus como un aviso de la insoslayable presencia de la fatalidad, en China se le ha visto como una ocasión para acelerar su desaparición. Un control exhaustivo de las personas en la red y a través de la red, permite espectaculares estrategias de contención. Tal control supone un ideal de transparencia: nada de lo que pertenece a la intimidad del individuo es sólo para él; todo es compartido con la comunidad. Gracias a las nuevas tecnologías de la información, se alcanza así una suerte de nueva eternidad, en la que la consciencia desdichada del individuo que sabe que va a morir, se disuelve en el sentimiento superior de pertenencia a la sociedad que, ella sí, va a sobrevivir a la muerte individual. En China hay dos factores que refuerzan aún más esta tentativa. Por un lado se trata de una civilización milenaria: su capacidad de sobrevivir está probada. La inscripción del tiempo individual en el tiempo largo de la historia de la sociedad se abre en milenios hacia el pasado y, plausiblemente, hacia el futuro. Por otro lado, es una sociedad plenamente consumista. Las autoridades chinas han conseguido que se realice la identificación del presente eterno del goce consumista con la transparencia digital: el estado lo quiere saber todo de uno para evitar toda negatividad. En contrapartida exige sumisión total – tanto desde el punto de vista social como político. Que el consumismo tenga un fondo de "servidumbre voluntaria" nos lo recuerda, incluso en Europa, la continua apelación al estado para que proteja este o aquel derecho a gozar y lo inscriba en la ley. Las autoridades chinas han sabido interpretar esa íntima disponibilidad a la sumisión del individuo consumista, a la luz de un proyecto autoritario de larga tradición.

Así, la crisis del coronavirus nos ha puesto delante de los ojos una utopía consumista realizada: cuidado de los goces a cambio de transparencia total; fin de la angustia de la propia muerte a cambio de una inscripción completa en el destino de la sociedad. El proyecto colectivo chino no es, sin embargo, completamente nuevo, aunque mucho de sus rasgos sí lo sean. Está profundamente inscrito en esa cultura. Byug-chul Han, entre otros, ha recordado, en estos días, su raíz confuciana. Por eso mismo,  a lo largo de la historia de la cultura china lo problemático de la completa transparencia individual ha sido una y otra vez objeto de reflexiones políticas y culturales que intentaban indicar estrategias para zafarse de él. En la misma época en que Confucio escribía sus "Diálogos", Lao Tze sentaba las bases de un anarquismo individualista que luego desarrollarían, con explícitas intenciones políticas, Zhuangzi y Pao Ching-Yen. En la literatura china, por otra parte, hay  innumerables testimonios de formas de vitalidad que saben evitar la transparencia. Un ejemplo entre muchos, podría ser la poesía melancólica y siempre desplazada de Li Po – cuya grandeza ha obligado a inscribirle en el canon clásico y cuya irremediable exterioridad ha quedado resumida en uno de los epítetos oficiales con el que se le trata: el Inmortal en el exilio.

En el futuro próximo tendremos que ocuparnos tanto de las fake news como del control total en la red - y todo ello en términos mundiales. Para afirmar nuestra opacidad será importante elaborar entonces nuevas ideas que se sepan nutrir de las diferentes tradiciones políticas y culturales, y nos permitan ser, en este nuevo contexto, "como ave que emprende el vuelo/sin dejar su rastro en el cielo".