Dominio público

El coronavirus, el PNV y el rey desnudo

Miren Gorrotxategi

Candidata a lehendakari de Elkarrekin Podemos-IU

Hay veces en las que, de pronto, un acontecimiento excepcional irrumpe en nuestras vidas, se adueña del protagonismo de la normalidad y lo pone todo patas arriba, haciendo de lo previsible un recuerdo de lo que no ha sido. Esas veces, la naturaleza de lo que somos se manifiesta tal cual es, sin convenciones ni protocolos y, de las acciones en las que se exprese dependerá cómo leemos el futuro. La crisis del coronavirus es una de esas veces.

Por lo abrupto de su irrupción, por su letalidad y por su largo alcance, la crisis del coronavirus nos ha traído lenguaje de guerra. Hablamos de frentes de batalla, de soldados y de capitanes (aunque sean a posteriori), de victorias y de derrotas, de fortaleza y debilidad ante la muerte, de unidad o división en la lucha, de prioridades en términos de solidaridad o de "sálvese quien pueda".

Precisamente estos días hemos recordado, para no olvidar, lo que sucedió el 31 de marzo de 1937 en Durango, cuando los alzados contra la República la convirtieron en campo de batalla, bombardeando por la mañana y por la tarde a la población civil en domingo, día de misas y de mercadillo, preludio de lo que se haría después en Gernika.

Lejos de ese marco, el marzo de ahora era tiempo de campaña en Euskadi. El Lehendakari había disuelto anticipadamente el Parlamento y convocado elecciones para el 5 de abril. Los partidos políticos estábamos volcados en esas elecciones, en la frenética tarea de transmitir a la ciudadanía nuestro programa de gobierno. Pero la irrupción del coronavirus activó el estado de alarma y nos condujo a la suspensión de las elecciones. De pronto, fuera campaña electoral, toca gestionar la crisis.

Como en aquel marzo y abril, la huella de los acontecimientos se instalará en la psicología colectiva y explicará nuestra realidad en los próximos años. Como entonces, sabemos que a partir de ahora las cosas ya no serán iguales. En un momento de encrucijada histórica, en el que décadas de políticas neoliberales han profundizado en la desigual distribución de la riqueza y en el que la pulsión por desfigurar la democracia se hacen hueco, las decisiones que tomemos para enfrentar la crisis generada por el virus determinarán nuestra forma de vida en el futuro.

En ese contexto, la manera en la que se está conduciendo el Gobierno Vasco liderado por el PNV, produce desazón, impotencia e indignación.

No sólo porque la parálisis institucional en la que nos ha sumido debilite profundamente la democracia o porque, siguiendo su tradicional modus operandi, diga una cosa y la contraria a la vez, instalando un doble relato perdonavidas en el que la casa siempre gana: lo mismo el 155 se cierne sobre nuestras cabezas que se niega que la autonomía de Euskadi esté intervenida aunque, eso sí, se debería haber hecho "mejor".

Es sobre todo la reacción al decreto de cese de las actividades no esenciales en el marco del estado de alarma lo que ha hecho rugir a la fiera que el PNV lleva dentro, desvelando su naturaleza. Los jeltzales han defendido que lo importante en el marco de la gestión del estado de alarma no es "quién decide qué" sino "cuándo se hace y qué se debe hacer", idea que se conecta con aquella otra de que "quien está haciendo las cosas bien hasta el presente, tiene que seguir haciéndolo". Pues bien, parece que quien hace las cosas bien y determina qué es lo que debe hacerse y cuándo debe hacerse, esto es, la razón del autogobierno en Euskadi, viene a ser CONFEBASK.

El Lehendakari había dicho que las decisiones adoptadas para hacer frente al coronavirus debían guiarse siempre por las recomendaciones de los profesionales y técnicos del ámbito de la salud. Sin embargo, de pronto, con el cese de la actividad no esencial, las palabras del PNV en el gobierno, así como las de los noticiarios de la televisión pública vasca, replican las del presidente de la confederación empresarial vasca -expresidente del PNV de Eibar-, Eduardo Zubiaurre, quien dice que la decisión del gobierno es un despropósito que sume la actividad empresarial en un estado de caos.

Sin aportar elemento científico alguno sobre la incidencia de mantener la actividad económica no esencial en la vida y la salud de las personas trabajadoras, CONFEBASK denuncia el comportamiento del gobierno de España como "altamente irresponsable e irreflexivo que amenaza muy seriamente con provocar una crisis económica y social sin precedentes". Ahí es nada.

A la confederación empresarial vasca, bien representada por el PNV, no le interesa ponderar lo que se gana y lo que se pierde con las medidas de emergencia, dirigidas a aplanar la curva de contagios, a proteger el tejido productivo y el empleo y a proporcionar un escudo social a las personas más vulnerables para que nadie se quede atrás. Tampoco se le ha ocurrido, por ejemplo, liderar la reorientación de nuestra industria a la fabricación de material para frenar al virus, contribuyendo a hacer frente a la crisis sanitaria y salvando así parte del tejido productivo vasco.

Desde luego, ha sido la ciudadanía la que se ha volcado en fabricar respiradores y mascarillas, consciente de golpe de la importancia de los servicios públicos y de nuestra interdependencia. Las ventanas y balcones se han convertido en palco desde el que aplaudir a quienes nos cuidan y en escenario desde el que compartir talentos que entretengan las horas de confinamiento. En todos los municipios afloran redes solidarias para mitigar soledades y ayudar en los quehaceres del día a día.

Frente a la generosidad de las iniciativas ciudadanas, CONFEBASK ha preferido  confrontar, de forma excluyente, salud y economía. Ha elegido patalear porque no se imponen sus intereses económicos, en un viaje acompañado por el PNV que agita su enfado en el Congreso de los Diputados, alineándose con la extrema derecha en su jaque al gobierno.

Cuando la fiera se aplaque, el PNV volverá a su partida de Mus. Conviene no olvidar quién pilota la nave.