Dominio público

Un proyecto de país tras la pandemia

Orencio Osuna

Director de la Fundación Espacio Público

El artículo reciente de Juan Carlos Monedero en blico sobre la transición y los Pactos de la Moncloa, comienza a salirse, con rigor intelectual e inteligencia política, fuera del marco dañino, irreal y simplificador de que la izquierda cometió una traición/claudicación en la Transición que, poco menos, dio paso a la continuidad del régimen franquista. Pienso que ese análisis no se corresponde con la realidad histórica, ni política. Ni hubo traición (una forma mítica e idealista de interpretar los acontecimientos), ni el régimen resultante de la transición fue una pura continuidad del franquismo (aunque lo condicionó de modo determinante). No se trata, por tanto, de plantear una polémica historicista, ni académica, sino de una reflexión política muy útil para los graves retos que debe afrontar hoy la izquierda.

Las tradiciones políticas del pasado de un país siempre son una referencia, para bien y para mal, son un hilo conductor para comprender y descodificar lo que pasa y puede pasar en el presente, para elaborar estrategias, para aprender de los aciertos y de los fracasos. Decía Karl Marx en 18 Brumario de Luis Bonaparte: "La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Hegel subraya en algún sitio que todos los hechos y personajes de gran importancia en la historia aparecen, como si dijéramos, dos veces. Se le olvidó añadir: la primera como tragedia, la segunda como farsa".

En ese tiempo vertiginoso de cambios (pongamos desde que murió Franco en  1975, hasta la victoria del PSOE en 1982) yo era un joven militante comunista del PSUC, que junto a miles (quizás centenares de miles) de jóvenes y trabajadores teníamos un mismo horizonte, un mismo anhelo, que era acabar con la dictadura, conquistar mejores salarios y condiciones de trabajo, conseguir la libertad, la amnistía  y, allá en Catalunya, un estatuto de autonomía para las nacionalidades históricas del estado español. Algunos, o muchos, soñábamos también conque la conquista de la democracia abriría las puertas a un sistema más justo que el capitalista, que conciliara una sociedad socialista con la democracia y las libertades individuales. Seguro que otras generaciones, que habían sufrido el exilio interior y exterior, la represión criminal de la dictadura, la pobreza, la pérdida de la libertad de la II República, aún soñaban con la revolución soviética y la "patria socialista", otros más jóvenes con la revolución auténtica de China o Cuba, y otros más con los paraísos socialdemócratas del norte de Europa. Pero la verdad es que la mayoría del pueblo español lo que deseaban era vivir en un país con las mismas cotas de libertad y bienestar que el resto de los países europeos. Siempre he pensado que quizás podríamos haber aguantado más, desafiando una represión cada vez menos capaz de contener unas huelgas,  manifestaciones y protestas más masivas.  Empero, también existían partes de una sociedad aún con miedo, con el recuerdo traumático de la guerra civil pendiendo como una espada de Damocles. Y también, no lo olvidemos, había muchos españoles (seguro que minoritarios, pero numerosos) que constituían la base social del franquismo.  Al parecer había que sostener la lucha sin pactos, ni acceder a negociar acuerdos sobre una constitución condicionada por el búnker franquista, el ejército, los sindicatos verticales, el Movimiento nacional y la Falange, el TOP, la policía y la guardia civil, la iglesia nacional católica, la oligarquía parásita  y latifundista. Algunos analistas y politólogos consideran que, en aquel momento, la izquierda debería de haber mantenido  a la sociedad movilizada sin tregua (sobre todo la clase obrera, que aún existía, y los jóvenes), provocando así la continuidad de una dictadura violenta, que hubiese acabando chocando con la estrategia de las potencias europeas y del gran patrón USA, decididas a desmontar las dictaduras del sur de Europa e incorporarlas plenamente a los mercados y a las alianzas militares de las democracias liberal/ imperialistas. En Portugal, en abril de 1974, el maravilloso Movimiento del 25 de abril derribaba incruentamente la dictadura salazarista y en Grecia,un mes después, la dictadura de los coroneles se desmoronaba estrepitosamente. En España, en cambio, Franco murió en la cama, dejando de heredero a Juan Carlos de Borbón. Lo cierto es que, salvo los héroes de la UMD, nunca existió una fuerza importante antifranquista en el ejército. Pero, más allá de disquisiciones más o menos brillantes a posteriori,  lo que me parece evidente es que una estrategia basada en la negación de pactos con los "aperturistas"del régimen tal vez hubiese provocado la división de la oposición( el PSOE,los democristianos, los liberales, estaban por aceptar incluso un règimen  en el que los comunistas y Comisiones Obreras estuviesen prohibidos, como en el Chile pospinochetista)y es bastante  probable que la represión hubiese producido más dolor, sangre y miedo en la sociedad española. En realidad, es que el desenlace en el mejor de los casos, hubiese sido (puestos a imaginar ucronías) un régimen que no se habría salido de los márgenes de una democracia liberal dentro del bloque "occidental", ni menos aún, una ruptura con las estructuras económicas capitalistas, como aún fantasean algunos acérrimos partidarios de un estéril infantilismo ultra izquierdista, tan criticado por Lenin en su tiempo. Si no, si ello fuese posible, que se lo pregunten a Otelo Saravia de Carvalho, a Vasco Gonçalves o Alvaro Cunhal, con toda su fuerza militar y social a su lado.

El dilema para la izquierda entre reforma o ruptura fue un momentum que nunca existió, porque, como dijo Vázquez Montalbán, la transición fue en puridad el resultado de una correlación de debilidades. Un empate en el que las dos partes sabían que ninguna podría dar un jaque mate definitivo. Las fuerzas evolucionistas del franquismo se garantizaron una monarquía sin más legitimación que el  nombramiento del dictador; una ley electoral que manipula la soberanía popular; un ejército franquista intocable; una amnistía para los responsables de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la dictadura; el mantenimiento de los intereses y privilegios de la Iglesia católica y de las oligarquías y, para que no faltase de nada el  mantenimiento de las bases militares  americanas en España. A cambio, la oposición consiguió pactar una constitución que amparaba un sistema institucional democrático análogo a nuestros vecinos europeos; unas libertades y unos derechos individuales y colectivos; la libertad de los presos políticos y la vuelta de los exiliados; el reconocimiento (retórico) de la existencia de las nacionalidades del estado español y el reconocimiento de una panoplia de derechos sociales a la educación, al trabajo, a la sanidad, a la vivienda, que han sido en gran medida un bello brindis al sol desde la aprobación de  la Constitución de 1978. Con los años, lo que pudo ser, y puede que lo fuese durante algún tiempo, una Constitución que amparaba un contrato social progresista, ha ido convirtiéndose en un instrumento de parálisis y bloqueo por parte de una derecha mostrenca y montaraz, tras la que se adivina muchas veces su querencia franquista. Los farsantes del llamado constitucionalismo son un abanico de fuerzas que van del neofalangismo machote de Vox, a los patriotas trincones del PP, pasando por los españolísimos ciudadanos de Ciudadanos. Unos patriotas muy poco patriotas  que se apropian en exclusiva de una constitución acartonada que se supone que  es de todos; otros que no dan dos paso sin gritar los cuarteleros vivas a España, que más parecen golpes de porra a los malos españoles a los que no nos gusta tanto viva y tanta ostentación de banderitas, que una exaltación a la patria; aquellos  que han ampliado su extenso vocabulario político a dar estentóreos  vivas al rey hasta en bodas y bautizos, aunque en este caso que se lo queden ellos con los vivas al borbón padre, hijo y Espíritu Santo.

Ahora, la doble propuesta formulada por el presidente Pedro Sánchez en nombre del gobierno progresista de, por un lado, ofrecer un pacto o acuerdo de país que reconstruya el contrato social erosionado por las políticas neoliberales y afronte los estragos de la pandemia del Covid-19, resulta, a mi juicio, una iniciativa política una enorme fuerza política. Una convocatoria a la mayoría de la sociedad a afrontar estos momentos difíciles y dolorosos con unidad y fraternidad. Un llamamiento capaz de conectar con la mayoría social española y generar un nuevo horizonte tras los desastres socioeconómicos encadenados de la Gran Recesión de 2008 y la pandemia, que está arrasando con todo. Un pacto  país en España que consolide el "escudo social", contra los estragos socioeconómicos de la pandemia,  un proyecto de refuerzo de los servicios públicos, de ruptura con la austeridad impuesta por la troika, un acuerdo sobre la estructura territorial del estado, una reforma del poder judicial y de la fiscalidad, unas distribución de la riqueza más justa e igualitaria; un decidido combate por la igualdad de la mujer; la transición energética, la preservación de la biodiversidad y la lucha contra la contaminación.

Por otro lado, una propuesta para que la UE acuerde una especie de Plan Marshal para la reconstrucción, acompañado de una mutualización de la deuda que permita financiar la UE pospandemia y del Brexit. Hoy la pretensión de los nuevos soberanismos de los populismos de extrema derecha, no son una alternativa real a una mundialización e interdependencia (en lo ecológico, en lo sanitario, en lo económico...)cada vez más acentuada y amenazante. Unos soberanismos agresivos y xenófobos, como los de Trump/Johnson/Salvini/Abascal, sólo buscan privilegios basados en nacionalismos de campanario, muy peligrosos para la paz mundial y la imprescindible cooperación internacional.

La propuesta de un acuerdo de país formulada por Pedro Sánchez y apoyada por UP no es un mal programa para el gobierno progresista y para cimentar una mayoría social y política capaz de afrontar la terrible crisis provocada por la pandemia del Covid-19. No hay duda de que existen obstáculos colosales para que estas estrategias se impongan en España y en Europa. Los enemigos son poderosos y disponen de un arsenal ilimitado de armas para imponer sus intereses y construir relatos mentirosos, con la colaboración inestimable de los medios propiedad de bancos y opacos fondos de inversión. Pero no es menos cierto, que las políticas neoliberales pueden ir perdiendo la confianza y la legitimidad de cada vez más ciudadanos, en la medida que no son capaces de combatir los grandes retos del futuro, ni del presente, de la humanidad, ni del planeta, ni de las necesidades de las clases y sectores golpeadas sucesivamente por la crisis financiera de 2008 y ahora, sin solución de continuidad, por la pandemia y sus consecuencias. Otra cosa es que la izquierda sea capaz, tanto en España como en Europa, de trazar un proyecto capaz de unir un bloque social mayoritario y decidido a luchar con determinación y confianza,  por no dejarse arrastrar a los infiernos. Aún hay un depósito profundo en nuestra sociedad de solidaridad, de sororidad, de esperanza en un futuro mejor para todos y todas.