Dominio público

Tercer estado de shock

Victoria Sendón De León

Filósofa, activista feminista y escritora

Una mujer cubierta de polvo tras el derrumbre de las Torres Gemelas, en Nueva York, un empleado de Lehman Brothers con las cajas e sus pertenencias tras ser despdido tras la quiebra de la entidad; y personal sanitario con mascarillas y equipo de protección en el Hospital Gregorio Marañón durante la pandemia por el coronavirus. AFP/EFE/REUTERS
Una mujer cubierta de polvo tras el derrumbre de las Torres Gemelas, en Nueva York, un empleado de Lehman Brothers con las cajas e sus pertenencias tras ser despdido tras la quiebra de la entidad; y personal sanitario con mascarillas y equipo de protección en el Hospital Gregorio Marañón durante la pandemia por el coronavirus. AFP/EFE/REUTERS

"Si non e vero e ben trovato" o "si no es verdad está bien traído", me sirve como palanca, digamos, para interpretar tres "acontecimientos" históricos, que las generaciones actuales de adultos hemos vivido en un corto lapso de tiempo. Me refiero a tres hechos que, si no han sido provocados, sí, al menos, aprovechados para ir construyendo un mundo que nos aleja más y más de todo aquello que se parezca a una evolución humanista o a una sociedad ni remotamente justa. Y me refiero, en primer lugar, al ataque a las torres gemelas de Nueva York en 2001, que roturó el mundo con un eje del mal (axis of evil originalmente) incluyendo a determinados países como terroristas (Corea del Norte, Irán e Irak) eje en el que se fue incluyendo a quienes no calzaran en los parámetros fundamentalistas del presidente George Bush o en los intereses capitalistas de la élite. Lo mismo entraban Al Qaeda y Cuba que los ateos y abortistas. Todo terminó, y sigue, con terribles guerras por petróleo, en los horrores de Guantánamo y en la consiguiente reacción yihadista hasta la creación del Estado Islámico (ISIS) sin olvidar la inmensa crisis de refugiados que ha provocado tanto dolor inútil y brutal.  Sin olvidar, tampoco, lo que ha supuesto para el suculento negocio de trata de mujeres por parte del capitalismo carroñero.

El segundo acontecimiento a reseñar fue la crisis de las hipotecas basura, o subprime, de 2008, una crisis financiera que produjo la mayor debacle económica desde el crash de 1929, y que literalmente arruinó a medio mundo y enriqueció desmesuradamente, de nuevo, a la élite económica. Tal vez la causa política más inmediata, con los precedentes de Thatcher y Reagan, fuera la firma del demócrata Clinton, que permitió la abolición de la ley Glass Steagal para que se pudiera crear el gigante Citigroup, permitiendo a los bancos una actividad financiera muy peligrosa, una desregulación que desembocó en la socialización masiva de pérdidas, la privatización de los beneficios, y un apalancamiento insostenible de los bancos. La crisis de 2008, de la que aún no hemos salido, ha dejado una herida estructural que nos ha unido a la mayoría en una clase económica: el precariado, lo que implica un aumento exponencial de las desigualdades. El expolio permanente ha quedado sellado con el nuevo artículo 135 de nuestra Constitución, que prima la devolución de la deuda frente a las necesidades sociales de la comunidad. Semejante humillación antidemocrática habría que hacerla desaparecer. En esta situación de precariado, gran parte del trabajo de cuidados ha recaído en las mujeres, debido a que el Estado ha recortado prestaciones propias de su función.

Hoy estamos viviendo un tercer acontecimiento significativo: una pandemia viral. Todavía no tenemos perspectiva, pero sí certidumbres, como que lo público debe ser una prioridad tanto para el Estado como para la ciudadanía. La locura individualista nos lleva a caminos sin salida, a horizontes ilusorios quebrados por la realidad. A la fiebre privatizadora, que se inició con González y continuó con todos los gobiernos del PP, se le añadió en nuestro país la especulación inmobiliaria y el tercermundismo turístico, frente a los países industrializados y de mayor nivel cultural y de investigación. La conclusión es que aquí los multimillonarios paletos proliferan y el precariado crece. Actualmente, la democracia tendría que actuar con rapidez y resolución, de lo contrario nos sucederá como en las dos crisis anteriores, que les dejamos hacer y terminamos con una desigualdad económica intolerable, según el ensayista francés Thomas Piketty.

Los tres acontecimientos parecen diseñados según la "doctrina del shock". En 1979, con la crisis del petróleo y la subida exponencial de la inflación, se aprovechó para liquidar la política económica keynesiana, que nos había proporcionado un Estado de Bienestar como nunca habíamos disfrutado en Occidente, para sustituirla por el neoliberalismo ideado por Milton Friedman, que abría las puertas a la especulación, a la liberalización de las empresas nacionalizadas y a la desaparición de impuestos progresivos a los ricos para cargarlos al resto de modo indirecto a través del IVA. La periodista y activista canadiense Naomi Klein escribió sobre este asunto en su libro "La doctrina del shock", del que transcribo un párrafo de lo más elocuente, que corresponde a palabras de Friedman: "Hay que esperar a que se produzca una crisis de primer orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados mientras los ciudadanos aún se recuperan del trauma, para rápidamente lograr que las ‘reformas’ sean permanentes".

Bueno, están avisados. El estado de shock en el que nos encontramos por causa de la pandemia, va a ser utilizado por los poderes económicos, que realmente pretenden seguir acumulando capital y bienes a costa de la "economía del desastre". Creo que esta tercera vez no nos vamos a dejar engañar. Hemos aprendido muchas cosas en poco tiempo. No vamos a olvidar algo muy especial. En esta crisis hemos podido sobrevivir muy bien sin los multimillonarios, que acaparan un capital totalmente incompatible con la racionalidad y el buen sentido, pero no podríamos ser capaces de sobrellevar esta crisis sin los trabajos más humildes y peor pagados de nuestra sociedad. La mayoría desempeñados por mujeres, sin duda. En primer lugar, todas las dedicadas al trabajo doméstico y a los cuidados, para quienes pueden pagarlos, porque este trabajo suele recaer sobre las mujeres de la familia "gratis et amore". Por amor, por humanidad. ¿Pero es que los varones están exentos de amor y humanidad? Hablo de estándares. Y no digamos de todo ese ejército de limpiadoras, de cajeras, de reponedoras, de agricultoras o recolectoras. Los oficios más humildes han desempeñado la función de vanguardia frente a la pandemia. Y en primera línea, los sanitarios, de los que el 70% son sanitarias. Y no todas son médicas cirujanas, sino que la mayoría son enfermeras, auxiliares y asistentes, que soportan gran parte del enorme peso y presión de estos días infernales en los hospitales.

No quiero seguir desgranando humildes y necesarios oficios que conocemos, y que después de la crisis serán los más perjudicados, ya que los servicios relacionados con el turismo sufrirán una gran recesión. Lo que quiero concluir es que no olvidemos que la doctrina del shock sigue vigente, aunque ya hemos visto cómo funciona. Ya sabemos a qué nos aboca la privatización de hospitales y residencias, la privatización de las energías básicas y de cualquier otro servicio público. En la vorágine de la pandemia, un fondo de inversión australiano ha comprado el 40% de Repsol, uno de los mayores distribuidores de luz y gas en España, amén del petróleo. Y no nos hemos ni enterado porque el virus lo opaca todo. En este tiempo de shock nos van a terminar de vender el país. Y con él nuestra libertad como ciudadanos hasta convertir la democracia en una ristra de obligaciones, de leyes, de prohibiciones, de burocracias y de simulacros representativos. Justo como ahora.