Dominio público

Redescubriendo la «belleza» de la clase obrera

Sergio Gálvez Biesca

Historiador @segalvez1

Pixabay.
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«Míralos como reptiles, al acecho de la presa.
Negociando en cada mesa maquillajes de ocasión.
Siguen todos los raíles.
Que conduzcan a la cumbre.
Locos, porque nos deslumbre.
Su parásita ambición».
(Luis Eduardo Aute, 'La belleza')

Creadores de opinión, ideólogos, influencers de todo tipo y condición llevan décadas etiquetando a una nueva-vieja clase obrera siempre guiados por sortear la cuestión de clase. Una sobredosis de giro-lingüístico neoliberal que ha prosperado ante la pérdida de la centralidad de la clase en el debate político-social. La cosificación y deshumanización de las relaciones de producción ha dado sus frutos: de trabajadores a meros operarios.

"Ser de clase obrera se puso de moda" escribió Selina Todd en uno de los capítulos centrales de su divulgada obra -El Pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1910-2010) (Akal, 2018)- para hacer referencia a cómo, por vez primera, en la historia de Gran Bretaña en los años 60 del pasado siglo esa misma clase social fue objeto de interés generalizado en el cine, la televisión, en la política… Pero, como bien explica la historiadora británica, aquel breve episodio no dejo de ser parte de una estrategia de las élites políticas y económicas para vender como un éxito la falsa idea-fuerza de la meritocracia en una sociedad marcada por la desigualdad económica de clase.

Más de medio de siglo después, y debido a la pandemia global en España, hemos redescubierto que son las fuerzas del trabajo las que sostienen el proyecto de nación y su modelo productivo. Un duro choque con la realidad. Producto de haber interiorizado y normalizado la precarización del trabajo, pero también de nuestros itinerarios vitales, de nuestras relaciones sociales.  La desigualdad económica no es como la noche y el día o la rotación de la tierra o cualquier otro fenómeno natural. Se explica, precisamente, por aquello que siempre parece sonar a viejo: la ruptura del frágil equilibrio de las relaciones Capital-Trabajo.

Los datos del Informe de Coyuntura Laboral de CCOO (febrero 2020) fueron concluyentes: más de la mitad del empleo asalariado es precario. Un precariado -como nueva forma de expresión de una clase obrera subalterna- caracterizado por conjugarse en femenino, el trabajo temporal y parcial, la rotación laboral y las continuas entradas y salidas en el mercado. Sin olvidarnos del trabajo en negro. A finales de 2019 la OIT alertaba de cómo el 13% de la población asalariada en España entraba en la categoría de trabajadores pobres.

Reponedores, cajeros, dependientas, enfermeras, celadores, riders, trabajadoras del hogar, de la limpieza, repartidores, temporeros… constituyen el nuevo ejército de reserva de El Capital.  Súmese género y raza para obtener la radiografía socioeconómica que explica, en suma, los márgenes de beneficios de los grandes capitales.

Una mayoría social redescubierta para sorpresa de muchos y extraños. Ahora bien, cuidado con ciertos redescubrimientos e idealizaciones. Corremos el serio riesgo de que el día después no es que se volvamos a la casilla de partida, sino que sigamos retrocediendo en ese continuum sin límite de pérdida de conquistas históricas arrancadas por la clase obrera y el movimiento sindical durante más de un siglo.

¿Qué nos puede enseñar la historia social y la economía política? En lo básico como hemos llegado hasta aquí pero también nos puede ayudar a evitar volver a comprar el relato de la clase dominante. Todo ello en un país que tiene una deuda pendiente con los trabajadores y sus organizaciones como agentes históricos centrales para explicar y entender la recuperación nuestras libertades políticas.

"There is no alternative" ha sido la consigna más repetida desde el triunfo de la revolución neoliberal de Reagan y Thatcher. Consigna acompaña de una tentadora invitación: integrarse en aquella soñada "sociedad de propietarios". Un selecto club con varias condiciones de entrada sine qua non.

¿Cuántas veces se ha dado por muerta a la clase obrera desde la década de los ochenta? ¿Cuántas otras tantas veces se ha dado por derrotado al movimiento obrero de clase? Parece que fue hace un siglo pero en términos históricos fue ayer cuando surgió aquello del fin de la historia e incluso del fin del trabajo y el paso a la empleabilidad.

En 2008 todo esto se hizo más evidente con la salida ultraliberal global como respuesta a aquella crisis. Cierto es que pareció por momentos redescubrirse a los clásicos con Marx a la cabeza. No obstante, pese a las huelgas generales y las movilizaciones prosiguió la inquebrantable marcha de las reformas laborales -más de medio centenar desde la aprobación del Estatuto de los Trabajadores en 1980- o los recortes del menguado Estado del Bienestar. Una ofensiva centrada en desarmar los por sí menguados derechos de las fuerzas de trabajo.

En 2020, al menos, hemos redescubierto un "nosotros" con el que identificarnos. Sí, ese mismo precariado que siempre ha estado entre nosotros como la máxima expresión de la desigualdad económica, la sobreexplotación laboral, ínfimos salarios y trabajo en el sector servicio en un país desertificado industrialmente. Lo excepcional no es haber sido precario un tiempo de nuestra vida sino ser capaz de salir de su círculo vicioso.

No hay ningún tipo de belleza en estas historias de vida marcadas por la inseguridad, la incertidumbre, la desigualdad y todo tipo de enfermedades físicas, psicológicas y mentales. Fragilidad y vulnerabilidad se combinan de forma permanente en tales trayectorias biográfico-laborales. Historias de vida que nos hablan de la lucha por la subsistencia de las clases asalariadas populares como en cualquier otro tiempo y sociedad occidental contemporánea. No hay lugar a la idealización como ha sucedido por parte de cierta izquierda política y académica en relación a aquella clase obrera industrial caracterizada por el varón, el mono azul y el trabajo en cadena; y donde no tenía espacio de representación el trabajo femenino ni la inmigración ni menos otras formas de organización comunitarias. Esta es una lección de la Historia -sí, en mayúsculas- que no se nos puede pasar por alto.

Detrás de toda esta suerte de elogios que pueden observarse en los anuncios de las grandes corporaciones -el autor de este texto ha de confesar que tras escuchar el anuncio de Bankinter estuvo a punto de abrazar a cualquier banquero que se le cruzara por la calle- se está jugando con nuestras emociones en pleno confinamiento. Todos juntos insisten hemos de remar en la misma dirección. ¿Por qué? ¿Acaso todos partimos en las mismas condiciones de igualdad en esta crisis con un marcado carácter de clase?

Sin capacidad de reacción en un momento de inmediatez absoluta nos están poniendo sobre la mesa la enésima oferta de paz social. Una paz social que, hasta ahora, había ocultado -gracias a un concienzudo trabajo de ingeniería mediática- los costes sociales, humanos y culturales de la lógica de la modernización económica neoliberal.

La fuerza colectiva que dibujan, precisamente, los aplausos de las 20:00h nos abocan, por el contrario, a la construcción de nuevas solidaridades en defensa de lo público. De ahí la reacción de la extrema derecha y la derecha de toda la vida con un alto nivel de conciencia de clase y militancia.

La defensa de una historia social desde abajo y con los abajo nos ilustra un posible escenario sobre el que transitar: resituar en la agenda política la centralidad de las relaciones Capital-Trabajo en busca de un nuevo contrato social que nos permita reelaborar un proyecto de futuro. Capital-Trabajo pero también Vida. Incorporando una obligada perspectiva feminista en el centro del debate con la vista puesta al desarrollo de una política pública de cuidados en línea con lo expuesto por economistas como Amaia Pérez Orozco.

Leer con inteligencia estas nuevas condiciones históricas objetivas constituye una tarea urgente. Pese al destroce social y de clase en el que nos encontramos convendría recuperar algunas estrategias de antaño. No hace falta inventar nada o casi nada sino acoplar viejas estrategias a la coyuntura actual. Empezando por construir una política de alianzas interclasista que con el movimiento sindical a la cabeza -pues sí, ayer como hoy, esto no deja de ser un nuevo capítulo de la lucha de clases- ha de sumar al poderoso movimiento feminista, al ecologista, sin olvidarnos del movimiento vecinal y asociativo de base, con el fin de intentar frenar la potencial salida reaccionaria y autoritaria con la que podría concluir este dramático 2020. Respetar espacios de trabajo colectivos y trabajar de tú a tú constituyen prerrequisitos inexcusables.

Mal haríamos, por lo demás, en olvidar que los "nuestros" están en el Gobierno. No hemos conquistado el poder político -no se nos escapa este detallito- pero nos sentamos en el Consejo de Ministros y tenemos el BOE a nuestra mano. Nunca fue tan real "nuestra" capacidad de influir y marcar la agenda política desde un Ejecutivo. Un "principio de realidad" con el que debemos aprender a convivir en términos de contrahegemonía de cara a seguir construyendo un bloque social alternativo.

Revertir la actual "correlación de debilidades" -como dijera Vázquez Montalbán- depende de sumar en torno a un nosotros que ha de ser leído en términos de clase sin reparos ni nostalgias.