Dominio público

Tan valientes como cualquiera

Nicole Thibon

NICOLE THIBON

He visto a diario a miles de mujeres desempeñar todos los papeles: corean eslóganes, se ocupan de la organización, atienden a los heridos y movilizan a la gente". Esta afirmación de la escritora egipcia Marwa Elnaggar parece sorprendernos todavía. Sin embargo, la fuerza de las mujeres es la misma en todas partes, tanto en Oriente como en Occidente, tanto en el islam como en otros ámbitos. Son las condiciones que se les imponen las que a menudo ocultan su papel fundamental en las sociedades y en su devenir histórico.
¿Hace falta recordar el papel de Djamila Bouhireb, el de Djamila Boupacha o el de tantas otras mártires en la guerra de la independencia de Argelia? ¿O la importancia de Wassila Tamzali, veterana en la lucha por la igualdad de las mujeres, directora del programa de la Unesco Para la Promoción de la Condición de las Mujeres del Mediterráneo y condecorada con el Lifetime Achievement Award por su lucha contra la esclavitud y la explotación sexual? ¿O a la que es probablemente la decana de nuestras heroínas, la egipcia Nawal al Sadawi, luchadora incansable por la emancipación de la mujer en el islam, por el derecho al aborto, contra la ablación y contra los abusos sexuales a los niños? ¿Y la afgana Shukria Haidar, que lucha desde hace 30 años para que "no se olvide allí la suerte de las mujeres" y que en su país, bajo el peso de los talibanes, crea escuelas clandestinas, 26 de ellas en Kabul? ¿O la sirio americana Wafa Sultan, la asiática Irshad Manji, nacida en Uganda, la turca alemana Seyran Ates, y la turca Necla Kelek, todas ellas desterradas de sus países de origen, culpables de haberse tomado en serio nuestros principios democráticos?
La ola de rebeliones que inunda casi todos los países del islam, nacida de la urgencia de reformas democráticas –como la libertad de palabra, la igualdad de oportunidades, la lucha contra la tiranía, la injusticia y la corrupción–, pone de relieve una vez más el papel de la mujer en la lucha por el progreso de todos.
Allí estaban, en el Túnez precursor del movimiento, en la plaza Tahrir y en la avenida Bourghiba, y eran decenas de miles. "Las mujeres han desempeñado un papel crucial", declaraban las comisarias europeas Ashton y Reding, "y habrán de ser tenidas en cuenta en los cambios institucionales que se avecinan". "Sus derechos deben ser puestos en la primera fila de las prioridades". El blog de Lina Ben Mhenni,
Tunisian Girl, por citar sólo uno, jugó un papel preponderante.

En Egipto, Ghada Shahbandar, militante de la Organización Egipcia por los Derechos Humanos, señala: "Uno de cada cinco manifestantes era mujer". Fue Asmaa Mahfouz, de 26 años, quien organizó las primeras manifestaciones: "Estaré en la Plaza Tahir el 25 de enero. Decid a vuestros amigos que se lo digan a sus amigos". Desde su videoblog había llamado a manifestarse ese día y los siguientes. Otras blogueras, como Mona Seif o Gigi Ibrahim, asumieron riesgos para dar testimonio en internet y en las televisiones extranjeras.
En Libia, según le cuenta Naeima Febril, juez en la corte de apelaciones de Bengasi, a Maite
Darnault, periodista de Rue89, "fueron las mujeres las primeras en desafiar la prohibición de manifestarse. El 15 de febrero, las madres de miles de prisioneros muertos en la cárcel se presentaron ante el tribunal de Bengasi con los retratos de sus hijos, porque Fethi Tril, uno de los abogados defensores, había sido arrestado la víspera... Algunas mujeres regresaron a sus casas durante las refriegas, pero siempre participaron en las manifestaciones. Diez días después, allí seguían". En Bengasi, las mujeres tienen reservado un espacio en las manifestaciones de apoyo a la revolución del 17 de febrero. Presentes en las manifestaciones populares, también lo están en la organización de la disidencia. Una de ellas, cuya identidad se mantiene en secreto, forma parte del Consejo Nacional de Transición libio. Otras tres, entre las que se cuenta la letrada Salwa Bougaghis, forman parte del nuevo consejo municipal de dicha ciudad.
En Yemen, ¿quién habría dicho que una niñita de 10 años se rebelaría abiertamente contra su matrimonio forzado con un hombre que triplicaba su edad, y pediría y conseguiría su divorcio? Sostenida por la doctora Nafissa Al-Jaifi, presidenta del Consejo Supremo de la Mujer y la Infancia, esta lucha y esta conquista han sacudido profundamente la enquistada sociedad yemení, y hay quienes ven en ello un primer ataque contra los abusos de poder y del islam en ese país. La militante Tawakoul Karman espera que la revolución derribe no sólo el régimen sino también los arcaísmos. Y en el conflicto naciente en Arabia Saudí, las mujeres parecen movilizarse más que los hombres.
Es de esperar que las revoluciones que triunfen no las olviden a la hora de instaurar los nuevos poderes y de redactar las nuevas constituciones. Como contraejemplo, en Túnez, donde las mujeres además de rebeldes son las más educadas, el Gobierno de transición acaba de decidir la paridad para las elecciones de la Asamblea Constituyente con listas cremallera, las que alternan los candidatos de ambos sexos. Sin embargo, el caso de Argelia ha sido, en este sentido, paradigma de lo peor. Pese al papel de la mujer en la resistencia contra la colonización o en las fases de la construcción nacional, el Código de la Familia de inspiración
integrista adoptado en 1984 por la Asamblea Popular Nacional reduce, pese a haber sido enmendado en 2005, a la mujer argelina a un estatus de los más degradantes, casi propio de una menor, en particular en cuestiones de matrimonio, divorcio, sucesión o tutela de los hijos, y crea, de hecho, una suerte de estatus de subciudadana. Cuarenta y nueve años después de la independencia de Argelia, las hijas de los combatientes están todavía reclamando parcelas de igualdad.

Nicole Thibon es periodista

Ilustración de Miguel Ordóñez