Dominio público

La lenta evolución de la covid-19 en África

Pilar Estébanez

Presidenta de la Sociedad Española de Medicina Humanitaria (Semhu).

Un niño camina frente a un graffiti que promueve la lucha contra el coronavirus en los barrios bajos de Mathare, en Nairobi (Kenia). REUTERS / Baz Ratner
Un niño camina frente a un graffiti que promueve la lucha contra el coronavirus en los barrios bajos de Mathare, en Nairobi (Kenia). REUTERS / Baz Ratner

A pesar de la ingente información que se publica todos los días sobre la pandemia de COVID-19, son muy pocos los artículos que analizan la evolución de la enfermedad en el continente africano. Este artículo pretende llenar en parte ese vacío y explicar algo que parece que no está mereciendo la atención de los medios: la lenta evolución que la pandemia está teniendo en África y las causas que han hecho que, de momento, no se hayan cumplido los pronósticos que auguraban una auténtica catástrofe en ese continente.

Cuando los casos comenzaron a multiplicarse en Europa pudimos leer análisis que preveían una verdadera catástrofe en África basándose en la situación económica y el déficit estructural de recursos sanitarios o de acceso a, por ejemplo, el agua limpia, lo que impediría mantener la higiene necesaria para evitar la transmisión del virus -lavado frecuente de manos- así como a la imposibilidad de mantener la distancia social en países donde buena parte de la población "vive" en la calle y la economía funciona informalmente.

Sin embargo, el análisis de los datos de la evolución de la pandemia desde febrero, mes en el que se registran los primeros casos confirmados de COVID-19 vemos cómo en la gráfica (1) que hemos elaborado se muestra que la pandemia en este continente no ha tenido la explosión de casos que se esperaba. Eso se hace más patente si comparamos la incidencia en seis países europeos -España, Italia, Alemania, Francia, Reino Unido y la Federación Rusa (los más afectados) y en los primeros seis países africanos en reportar casos -la situación es muy heterogénea en el continente- Sudáfrica, Marruecos, Egipto, Argelia, Nigeria y Senegal.

Elaboración propia,colaboración Ramiro Eguiluz
Elaboración propia,colaboración Ramiro Eguiluz

Los primeros casos aparecieron en el continente europeo en el mes de febrero, la mayoría importados de China, y a su vez desde Francia y Alemania se llevaron casos a España: el 25 de febrero España tuvo tres casos importados de Francia y Alemania y a primeros de marzo se identifica la primera transmisión local. En Francia, Alemania e Italia en esas fechas ya se había producido transmisión comunitaria. En España eso se produce el 5 de marzo. A esas alturas ya había casos comunitarios en toda Europa, excepto en Rusia, con un incremento exponencial: 2.313 casos diarios en Italia, 501 en España, 495 en Francia, 271 en Alemania y 87 en el Reino Unido.

En Africa los primeros casos son reportados en el mes de Febrero y se inicia la transmisión comunitaria en tres países: Argelia en la semana del 4 de marzo, con 12 casos; en Egipto en la semana del 11 de marzo con 67 casos y Marruecos con cinco casos. Sudáfrica, Senegal y Nigeria en esas fechas solo tienen casos importados.

Es en  mayo cuando en África se produce un incremento de casos en casi todos los países y ya con transmisión comunitaria. Pero como vemos en la gráfica, no ha existido todavía una incremento exponencial, por lo que hasta ahora podemos asumir que la pandemia en este continente está en alguna medida bajo control. En febrero de 2020, mientras muchos otros países seguían descartando el brote emergente, la Unión Africana actuó rápidamente, respaldando una estrategia continental en conjunto con la OMS. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África habían ampliado considerablemente las capacidades de prueba de COVID-19 para fines de mes, lo que llevó a una rápida reacción en el cierre de fronteras y la adopción de medidas. La composición de la pirámide poblacional, con un 50 por ciento de menores de 20 años, ha permitido que los sistemas de salud africanos, los más débiles del mundo, ganen tiempo para desplegar una serie de medidas que han mostrado su efectividad antes de que se registrara una explosión de casos, como sucedió en Europa.

Respecto de la mortalidad, la gráfica 2 refleja las tasas de letalidad en los mismos países. Se esperaba una cifra elevada de muertes en la región, sin embargo, como se muestra en la gráfica, las tasas de letalidad han sido más bajas. Es la gran paradoja si consideramos la capacidad de los sistemas de salud, con escasez de camas hospitalarias o de UCIs y de personal sanitario.

Elaboración propia,colaboración Ramiro Eguiluz
Elaboración propia,colaboración Ramiro Eguiluz

Se han sugerido varias hipótesis para explicar la baja mortalidad: sensibilidad del virus a la temperatura ambiente, la población relativamente joven de África en un continente donde el 50% de sus habitantes es menor de 20 años y solo el 5% tiene más de 60 años, y hay una menor prevalencia de obesidad, por ejemplo. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el bajo número de pruebas realizadas podría estar enmascarando las tasas de infección. Pero nuestra representación gráfica muestra tendencias, lo que reduce la importancia de ese sesgo.

El haber tomado estas medidas con rapidez puede que haya sido un factor importante en el menor impacto. Según la OMS, a pesar de tener más de 100.000 casos confirmados en el continente, Africa es la región menos afectada 1-4,5% de los casos de COVID-19, y menos del 1% de las muertes en el mundo. Con estos datos en la mano llama mucho más la atención que no se esté hablando apenas de cómo se está controlando la pandemia en África.

África sigue empeñada en contradecir las previsiones más catastrofistas sobre la pandemia. A estas alturas, según los pronósticos, tendría que haber 500.000 contagiados y decenas de miles de muertos, no los 100.000 casos registrados. Incluso teniendo en cuenta el bajo número de tests realizados, lo cierto es que no se ha producido ningún colapso de los sistemas sanitarios.

Las élites políticas y económicas y su papel en la transmisión

Es importante destacar que los primeros casos fueron todos importados de Europa y en países con fuerte contacto con el continente europeo: vuelos directos, países africanos con el PIB más alto… Los primeros enfermos eran personas que viajaban y pertenecían a las élites: políticos, familias ricas que habían viajado a París o Londres para hacer compras o negocios, deportistas (futbolistas, sobre todo) y también estudiantes que regresaban a casa coincidiendo con el inicio del confinamiento en Europa. Todos ellos llevaron el coronavirus a sus comunidades. Nigeria fue el país que reportó el primer caso, el 28 de febrero: se trataba de un italiano procedente de Milán que llegó a Lagos. En Argelia los primeros casos fueron de ciudadanos italianos en las mismas fechas. Los demás países tuvieron sus primeros casos en marzo importados de Europa.

La segunda quincena de marzo puede considerarse el inicio de la pandemia en África, con casos confirmados en 43 países. Y en los países con mayor incidencia -Argelia, Nigeria, Sudáfrica y Egipto- ya tenían transmisión comunitaria.

Las razones del relativo éxito de África

A pesar de tener unos sistemas de salud poco desarrollados o deteriorados y que se preveía una hecatombe, la lucha contra las epidemias anteriores ha fortalecido la capacidad en salud pública, aún cuando sigue habiendo carencias, como test, EPIS y camas hospitalarias -sobre todo de UCI-, así como capacidad para rastrear contactos.

En las últimas semanas el ritmo de crecimiento de casos en África está incrementándose a un ritmo preocupante, pero la nota positiva es que crece menos de lo esperado: 30.000 casos en siete días. Otro punto positivo es la relativamente baja cifra de fallecidos.

Lo bien hecho

Muchos países están utilizando las lecciones aprendidas en la lucha contra el ébola, como Senegal y otros países de África Occidental. Gracias a las redes y a los sistemas de salud comunitarios creados para luchar contra esa enfermedad, que mató a más de 11.000 personas entre 2014 y 2017, se ha podido trabajar en la detección del COVID-19 y prevenir su extensión.

Durante la lucha contra el ébola se capacitaron, con el apoyo de la OMS, trabajadores comunitarios para verificar síntomas entre la población y recopilar y trasladar la información en lugares donde no hay acceso a internet. También informan a sus comunidades sobre las medidas de prevención.

Senegal, que ya demostró su capacidad para controlar el brote de ébola, reduciéndolo a un solo caso, cuenta con una red de 400 grupos de vigilancia comunitaria con más de 90.000 personas capacitadas para informar sobre prevención y recoger casos.

La prevención, sin embargo, no se ha limitado a los países que sufrieron la epidemia de ébola -Liberia, Sierra Leona y Guinea-: otros 36 países han recibido apoyo de la OMS para capacitar personal.

Enfermedades abandonadas

Otra consecuencia derivada de la pandemia es que 80 millones de niños pueden quedar sin vacunarse de enfermedades prevenibles. Las inmunizaciones de rutina se han interrumpido en muchos países, como Chad, Etiopía, Nigeria, Sudán del Sur o la RD del Congo. La lucha contra la COVID-19 no debe restar recursos en otras áreas de la salud. Las campañas de vacunación interrumpidas en la RD del Congo podrían haber costado más vidas que la infección por Ébola. Se debe evitar repetir este escenario con COVID-19 a escala continental. Esta pandemia debería subrayar la importancia de la cobertura sanitaria universal.

En general podemos decir que la respuesta a la enfermedad por COVID-19 en muchos países africanos ha sido rápida, progresiva y adaptable, a pesar de las limitaciones de recursos y las dificultades para el confinamiento.

La dificultad del confinamiento

Mientras los científicos discuten acerca sobre si las altas temperaturas dificultan la transmisión, o del efecto de la pirámide poblacional, la mayoría de países que adoptaron el confinamiento total están relajando las medidas ahora que los casos han pasado de 1.000 a 1.500 diarios en el continente, obligados por razones sociales y económicas: en África el 66% de su población vive de la economía informal y obligarles a permanecer en casa durante semanas es condenarlos al hambre y la pobreza. Esta relajación de las medidas de confinamiento podría poner el peligro el éxito de África, pero muchos países no tienen otra salida: no hay recursos económicos suficientes para garantizar la supervivencia de la población que no está percibiendo ingresos. Este hecho debería ser abordado por la comunidad internacional, que debería asumir la necesidad de proporcionar medios financieros a los países africanos para sostener sus economías mientras dure la pandemia.

La mayoría de los países africanos tienen un margen de error estrecho debido a la debilidad de los sistemas de salud que operan a una capacidad cercana a la de una pandemia y la necesidad de mantener el control de otras enfermedades infecciosas. Los períodos escalonados de distanciamiento social relajado podrían evitar un gran resurgimiento de casos al tiempo que proporcionan un respiro para la actividad económica. Sin embargo, el monitoreo de la efectividad de las intervenciones de prevención y el ejercicio de la flexibilidad en su implementación deben guiarse por la vigilancia continua a través de pruebas comunitarias.

Para satisfacer esta demanda, la capacidad de prueba y la implementación deben ampliarse sustancialmente. Los líderes mundiales tienen la obligación ética de evitar la pérdida innecesaria de vidas debido a la perspectiva previsible de un acceso lento e inadecuado a los suministros en África. Puede que África no tenga las herramientas propicias para poder afrontar con garantías suficientes la pandemia de coronavirus pero lo cierto es que los números, sin ser positivos, sí son relativamente bajos.

Apoyo internacional

Cuando el empleo informal es lo más común, las consecuencias sociales y económicas del confinamiento y del cierre de negocios pueden ser muy graves en África, mucho más que en otros continentes. Millones de personas se enfrentan a la inseguridad alimentaria y a una crisis económica. Para evitar perder lo logrado se necesitan intervenciones específicas: multiplicar los test para permitir que los trabajadores asalariados trabajen y que los niños que corren un mayor riesgo de una serie de factores (incluida la violencia y la desnutrición) regresen a la escuela.

No debemos esperar a ver lo pequeños y mal dotados hospitales desbordados: actuemos ya con la donación de los elementos necesarios para evitar la extensión de la pandemia y más muertes. Esta es una necesidad urgente: no podemos dejar a este continente sin ayuda.

En un reciente artículo publicado en Lancet se nos recordaba que a pesar de que los tratados vinculantes de Derechos Humanos no son específicos sobre la distribución de bienes escasos en emergencias sanitarias, las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMS) exigen el libre flujo de bienes médicos en el mercado. Los gobiernos más poderosos tienen la obligación de proteger a sus propios ciudadanos, pero también de controlar la pandemia a nivel mundial y se deben aplicar los principios de equidad. Ninguna comunidad, país o continente, debe soportar la peor parte de la escasez mundial. Aunque las decisiones difíciles en la asignación de recursos son inevitables, no es ético que los países africanos tengan mucho menos acceso y opciones más difíciles que el resto de países del mundo.

Esta es la primera vez que África se enfrenta con sus medios y a una crisis sanitaria como es esta pandemia, y ha sido la Unión Africana quien ha liderado la lucha contra la COVID-19. La enfermedad llegó de fuera, forma parte de la globalización. La respuesta, entonces, tiene que ser global. Como ha dicho la ex primera ministra de Senegal Aminata Touré, la pandemia ha puesto de manifiesto la cara oculta de la globalización, que carece de virtudes como la solidaridad y la subsidiaridad.

Esta pandemia ha demostrado que la cooperación ha brillado por su ausencia y que África ha tomado conciencia de que debe confiar en sus propios medios, usándolos con inteligencia, y reforzar el clima de cooperación ciudadana, de colectividad, que está dando sus frutos y podrían revertir en una mayor estabilidad social y política.