Dominio público

Los cuidados eran esto. Lo que creíamos ser y no éramos

Una empleada desinfecta una mesa en una sala de una residencia geriátrica de la Comunidad de Madrid. REUTERS/Susana Vera
Una empleada desinfecta una mesa en una sala de una residencia geriátrica de la Comunidad de Madrid. REUTERS/Susana Vera

Decía la socióloga feminista María Jesús Izquierdo, criticando el modelo de atención a las personas mayores en las residencias, que si le servían un café con leche frío por las mañanas, le jodían el día. Apuntaba así la necesidad de reinventar un modelo "taylorizado" de cuidados que trata a las personas ancianas o en situación de dependencia como si fueran simples máquinas. Se les alimenta, lava, peina o medica (con suerte) sin consideración alguna a su estado emocional, a su respuesta afectiva o a su estado general de bienestar.

En España han muerto decenas de miles de personas y los casos confirmados por la Covid-19 se cuentan por centenares de miles. El 71,5% de las personas fallecidas vivían en residencias de ancianos. Una parte muy importante de esas residencias son privadas o concertadas y el protocolo de la Comunidad de Madrid excluía de la atención hospitalaria a quienes carecían de seguro privado. La Covid-19 en un modelo de atención mecanizado, clasista y orientado al beneficio, ha jodido, definitivamente, muchísimas vidas.

Hace pocos meses éramos conscientes de que, por primera vez en la historia, la fuerza movilizadora del feminismo, conectada a escala planetaria, estaba consiguiendo ocupar la centralidad de la agenda política. El 8 de marzo en España, con un recién estrenado Ministerio de Igualdad, se aprobaba una ley peleadísima en la calle: la Ley de protección integral de libertad sexual para la erradicación de las violencias sexuales.

Sin embargo, desconocíamos que la catástrofe de una pandemia, de impacto global, estaba llamando a nuestra puerta y que iba a evidenciar cuánta razón teníamos las feministas cuando exigíamos que el cuidado de la vida fuera el eje en torno al que reorganizar nuestro modelo económico y social.

Las medidas de distanciamiento social puestas en marcha para frenar los contagios, el confinamiento en las casas y la hibernación de la economía productiva, nos han dejado ver con crudeza al menos varias cosas.

En primer lugar, nuestra vulnerabilidad, interdependencia y ecodependencia antropológica. O, dicho de otro modo, que dependemos radicalmente de los demás y de los recursos materiales que nos dan sustento. Cuando la vida se percibe amenazada, el individuo inmune y autosuficiente se desvanece porque es un presupuesto inútil para salvarla.

En segundo lugar, hemos visto que, como en todas las crisis, las mujeres emergen como ese ejército invisible que se echa a las espaldas la resolución de lo que sí o sí hay que hacer porque es imprescindible para garantizar un mínimo bienestar físico y emocional. Nos referimos, obviamente, al trabajo doméstico y de cuidados. Ese trabajo de Sísifo, siempre inacabado, siempre demandante, siempre exigente, que requiere desplegar infinidad de capacidades planificadoras, organizadoras y afectivas.

En tercer lugar, hemos comprobado, otra vez, que contamos con estructuras colectivas que gestionan nuestra vulnerabilidad e interdependencia a través de relaciones de explotación y desigualdad. Los cuidados son trabajos feminizados, racializados y socialmente no valorados. Cuando se resuelven en las casas gratuitamente quedan invisibilizados. Cuando se resuelven mercantilmente lo hacen a precio de saldo.

Lo que, en definitiva, la Covid-19 nos ha dejado ver con más claridad es que los cuidados, invisibilizados y mercantilizados, sobrecarga de trabajo a las mujeres e impacta sobre su salud mental y sobre su autonomía económica. Que las consecuencias que tiene la mercantilización de los cuidados en su vertiente sanitaria y asistencial es catastrófica. Que de no hacer nada, las desigualdades de género van a seguir creciendo.

En España, la Covid-19, mirada desde los cuidados, ha dejado claro, además, que tenemos una respuesta pública inmunodeprimida. La respuesta no es la misma si se cuenta con un modelo social como el noruego, islandés o finlandés, o si se tiene un modelo privatizado como el español que si sobrevive es porque se aprovecha de una cantidad ingente de trabajo gratuito de las mujeres o gracias a una mano de obra barata feminizada y racializada.

De hecho, la forma que ha adoptado la resolución de los cuidados en España se distingue por tres grandes rasgos.

  1. Por usar prioritariamente y de manera intensiva el trabajo gratuito de las mujeres con una ausencia manifiesta de corresponsabilidad de los hombres dentro de los hogares.
  2. Por una mercantilización creciente de lo que se venía haciendo en las casas a través de la contratación privada de empleo de hogar que recae, en buena parte, en mujeres migrantes con escasa capacidad de elección; una mano de obra irregular, barata, intensa y enormemente flexible que pone a nuestra disposición, entre otras cosas, la vigente ley de extranjería. De hecho, el empleo de hogar es el recurso de externalización más usado en España y en el conjunto del sur de Europa.
  3. Por la escasez de gasto y oferta pública de cuidados, que pretenden resolverse a base de privatizaciones y copagos no progresivos por plazas públicas, privadas o concertadas. La comparativa en gasto social entre la media europea y española es enorme.

En este país tenemos un modelo de bienestar que solventa los cuidados de manera escasa, sexista y mercantil, y las sucesivas crisis no han sino venido a agravarlo.

Esta emergencia sanitaria nos está dando la oportunidad de discutir cómo se reparten los trabajos, cuáles son los trabajos esenciales, por qué recaen sobre los grupos sociales con menos capacidad de elección, por qué sufren peores condiciones laborales, qué pasa dentro de las casas, cómo se configura una resolución socialmente justa de los cuidados, por qué no reconocemos el derecho al cuidado en nuestro ordenamiento constitucional…

Estamos frente a una nueva oportunidad de politizar los cuidados. Hablamos de nuestros hijos y nuestras hijas, de nuestros padres, madres, abuelos y abuelas, de las personas dependientes, del tejido humano que somos y queremos ser en las próximas décadas.