Dominio público

Contra la identidad de género

"Los muchachos anhelan estrépito y bullicio, tambores, peonzas, carricoches; las muchachas gustan más de lo que da en los ojos y sirve de adorno: espejos, sortijas, trapos y, sobre todo, muñecas, que es la diversión peculiar del sexo; aquí tenemos determinado con toda evidencia su gusto por su destino" (Jean-Jacques Rousseau, Emilio o de la educación, 1762).

De niña nunca jugué con muñecas, cocinitas o vestidos de princesa. Me gustaban los juegos asignados a los niños, llevar pantalones y darle patadas a un balón. Mi pobre madre trataba de aficionarme a los juegos y los vestidos femeninos sin éxito. Mi padre, que sólo tenía hijas, escribió en mi cuaderno de autógrafos la siguiente dedicatoria: "A mi niña-niño, con un beso princeso y un guiño".

Fui creciendo en la retícula del binarismo de género, que articula y construye el "gusto por el destino". Nunca me sentí cómoda en esa identidad que marcaba la sumisión, la debilidad, la inferioridad como rasgos connaturales de la misma. ¿Quiere esto decir que, en realidad, yo deseaba una identidad masculina? ¿O más bien quiere decir que intuía precozmente, como tantas niñas, la trampa de nuestra impuesta identidad? ¿O quizá que inconscientemente percibía que toda identidad es una no-identidad? Porque, citando a la filósofa estadounidense Judith  Butler – y utilizándola incluso en contra de sí misma- "Las teorías feministas de la identidad que exponen predicados de color, sexualidad, etnicidad, clase y capacidad física frecuentemente acaban con un tímido «etcétera» al final de la lista".  Esta pensadora apunta que ese "etcétera" final es "un signo de cansancio" ante "el empeño por reclamar la identidad definitivamente".

La identidad de género tampoco podrá, entonces, ser reclamada definitivamente. Liberarse de la opresión patriarcal significará tanto como transgredir el binarismo genérico, que afirma e impone política y culturalmente identidades cerradas a partir de la realidad material del sexo. Pero transgredir no significa multiplicar esas identidades: eso es tanto como seguir dentro de la lógica identitaria y, por tanto, de una ficción. La única manera real de transgredir ese binarismo es abolir la identidad de género en tanto constructo de poder. Una construcción que, como ya lo decía Monique Wittig, consiste en que "Lo que hace a una mujer es una relación social específica con un hombre, una relación que previamente habíamos denominado servidumbre, una relación que implica una obligación personal y física, así como una obligación económica".

Abolir el poder patriarcal es abolir el género: abolir esa servidumbre y esas obligaciones en las que consiste eso de "ser mujer". Pero ¿cómo lo hacemos? Y ¿quiénes queremos hacerlo? Sin duda, lo queremos las feministas, las mujeres no identificadas con el rol identitario que se nos asigna. Sin duda, somos por ello sujeto político de ese proyecto de abolición del patriarcado en toda su complejidad: sexual, política, cultural, intelectual, económica y más. Sin duda somos un sujeto político que no nos definimos por contraste con otras definiciones identitarias: no somos cis, somos armas de guerra para un proyecto de sociedad no patriarcal, pero que sea una sociedad de individuos plenos, no de géneros.

No naturalicemos de nuevo el constructo de las identidades genéricas, aunque se pretendan múltiples y contingentes. Ni mucho menos esa nueva identidad que algunos discursos repiten ya: la post-mujer. Porque esos discursos siguen presos del argumento que naturaliza la identidad femenina, aunque sea con el prefijo post-. El único post- reivindicable para el feminismo es el post-patriarcado. Porque hablar de género es hablar de dominación patriarcal o no es nada: implica la pertenencia a un grupo social como seña de identidad, pero esa seña de identidad no existiría sino fuera porque existe un sistema de dominación, precisamente el patriarcado, que la produce.

Mientras no sea así, mientras no erradiquemos el patriarcado, la realidad material de las condiciones de vida de la gran mayoría de las mujeres en nuestro planeta - con todas sus diferencias innegables- exige todavía pensar desde el feminismo un proyecto de emancipación social, político, económico, cultural y hasta personal. Se trata de un proyecto urgente, que no es posible ni siquiera pensar sin la idea regulativa del fin de la pretendida identidad de género. Y no se trata entonces, como hoy se nos quiere vender, de colar por la ventana de leyes y regulaciones jurídicas lo que las políticas feministas han ido consiguiendo expulsar por la puerta de sus conquistas históricas.