Dominio público

Aprender a mirar: una competencia educativa como autodefensa ante la publicidad

Marián López Fdz. Cao

Catedrática de Educación Artística y Visual de la Universidad Complutense de Madrid

Pixabay.
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Hace una semana, con la ingenua intención de ver los nuevos modelos que me podían ofrecer para esta temporada de desconfinamiento, entré en el catálogo "mujer" de la colección de una conocida marca española de ropa. Aunque hace años que no imparto ya en la Facultad de Educación la asignatura "lenguaje visual", sentí al contemplar algunas de las imágenes, estar retrotrayéndome a aquellos años en los que apoyada por una publicidad que creía obsoleta y poco reflexiva, enseñaba a mis estudiantes claves visuales para deconstruir los mecanismos que sustentan puntos de vista e ideologías en la construcción de la imagen.

Tras ver los modelos para mujer, me fui a los de hombre, con unas estructuras visuales completamente distintas, acordes al puro cliché que ahonda en la desigualdad decimonónica. Ante mí estaba el ejemplo femenino de la horizontalidad unida a un somatotipo asténico –complexión corporal sin músculo y débil- unido a la blandura, desmadejamiento y desestructura de las imágenes de mujeres dirigidas a mujeres, que miran desde una cámara en picado al ojo dominador que las observa. Una se queda pensando si esa pléyade de imágenes de mujeres tristes y sumisas, casi púberes en algunos casos –independientemente de la edad real de la modelo-, o definitivamente ridículas –que usan su cabeza para sostener libros en vez de leerlos- está dirigida a las mujeres o, como decía John Berger en los ¡años setenta!, las imágenes de las mujeres están construidas sobre lo que los hombres normativos "esperan" de las mujeres, para que tomen nota y traten de emularlo. Me sentí como el título de la gran escritora Siri Hustvedt "las mujeres que miran a los hombres que miran a las mujeres".

Muchas de las imágenes masculinas dirigidas a los hombres del catálogo, por el contrario unían la complexión atlética a la verticalidad, simbología de fuerza y poder en nuestro imaginario visual,  a la dureza y a un plano contrapicado donde esta vez, es el o la que observa quien se sitúa en una marcada inferioridad. Nada nuevo bajo el sol. Muchas de estas claves se han usado en la pintura occidental, de donde bebe la iconografía publicitaria. Recuerdo una clase donde un alumno ingenioso dio el nombre de "invertebradas" a todas aquellas mujeres pintadas que desnudas, débiles y lánguidas sirvieron de solaz recreo de nuestro monarca Felipe IV en su caserón de Torre de Parada: carnes horizontales disfrazadas de mitología dispuestas a ser consumidas visualmente en compañía de los colegas de la corte. Evidentemente, la columna vertebral les servía de bien poco. Pero si hay un movimiento que ha sabido utilizar las claves visuales en su propio beneficio y construir modelos sólidos sobre qué es ser hombre y qué es ser mujer fueron los movimientos fascistas y nacional socialistas que, una vez acabada la contienda, pasaron a encarnar el modelo masculino por antonomasia: el guerrero que tan bien describieron los futuristas italianos, duro, fuerte, vertical, similar a la máquina de combate ha sido mostrado una y otra vez en anuncios de colonias y automóviles y ahora, también, en los catálogos de la moda verano 2020. Más de un siglo, señores, del manifiesto futurista de 1909 que declaraba "el amor al peligro (…) el insomnio febril, la carrera, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo",  y por cierto, "el desprecio por la mujer".

Frente a esa construcción omnipotente de la virilidad bélica dirigida a los hombres que además en nuestro catálogo ni siquiera permite ser retratado, sino que se autorretrata, tomando el mando hasta de su propia imagen, la nostalgia de la infancia de algunas imágenes femeninas pareciera que no sólo quieren negar a las mujeres la madurez y la opinión propia como característica de belleza, sino hasta el voto por el que luchaban, precisamente, hace un siglo. Una mujer con un libro encima de la cabeza o subida en una silla no parece haber desarrollado excesivamente su capacidad cognitiva, podríamos pensar, pero tampoco una imagen de hombre individualista, narciso y aventurero beneficia a los hombres que hoy piensan que la colaboración, el cuidado y el pro-común como objetivo vital.

Sabemos que la publicidad no inventa, sino que refleja algunas conductas existentes en la sociedad. Por supuesto. El problema es que no refleja todas, sino que hace una metonimia mostrando sólo algunas, y a veces, las más dañinas, como sustituto de la totalidad. Del mismo modo que los artistas surrealistas se afanaban en la fragmentación cruel del cuerpo femenino, faltan los otros mensajes que convivían en la misma época y que frente al fantasma de la disponibilidad sexual femenina que se le escapaba a los hombres en el vida real, planteaban otras visiones: ¿dónde están?. Quizá, en algún almacén de algún museo.

Tras mi descubrimiento, escribí unos cuantos tweets que han tenido un inesperado seguimiento. Y ello me ha llamado especialmente la atención porque en algunas de las ingenuas respuestas  que argumentaban que la modelo de la que hablaba no era una niña, que tenia veinte años, etc. etc., he descubierto lo que mi área de conocimiento, educación artística y visual, lleva señalando desde hace décadas: la esencial importancia de la alfabetización visual en la educación obligatoria, el dominio de las claves de "mirar más allá", que nos permiten pensar por qué la belleza y la composición estética (que agradece nuestro cerebro por economía y homeostasis  que tan bien señalaron las leyes de la gestalt) unida a ciertos contenidos de género, procedencia o clase social, cala inconscientemente en nuestra mirada reforzando modos de ver al "otro" e introyectando incluso en ese "otro" su carácter "natural" de subalteridad. Una educación en competencias visuales permite determinar cuales son los elementos que hacen que nos sintamos poderosos o ínfimos, necesarios o desechables, identificados con la imagen cuerpo a ser "consumida" o poseedores de la misma…, como señalaba Susan Sontag hace también muchos años, hacer una imagen, fotografiar, es poseer simbólicamente una realidad y debemos ser extremadamente cautos con la observación y contemplación de las representaciones de la realidad que nunca, nunca, son neutras.

El mejor manual de autodefensa ante los medios visuales y audiovisuales no es saber cómo manejar técnicamente una cámara, es la mirada crítica que analiza, deconstruye y pone en entredicho. Una mirada inteligente y cultivada no sólo no se deja atrapar por los mensajes connotativos de las imágenes, sino que sabe además, apreciar y construir las propias. La ley de Educación que está en trámite, si busca realmente niñas, niños y adolescentes críticos, si busca una mirada  afinada que renueve conductas y modelos visuales en este país, tildará abiertamente de ridículas y trasnochadas algunas imágenes,  y no necesitará prohibir porque sus creadores las retirarán, corriendo, avergonzados.