Dominio público

La nueva normalidad: una mirada LGTBI

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra y miembro del colectivo Homes Transitant

Nel Martí

Profesor y escritor

Dos personas se abrazan antes de inciar una marcha para comenzar el mes del orgullo LGBTQ y defender la bicicleta como medio de transporte en Madrid. REUTERS / Susana Vera
Dos personas se abrazan antes de inciar una marcha para comenzar el mes del orgullo LGBTQ y defender la bicicleta como medio de transporte en Madrid. REUTERS / Susana Vera

En la década de 1980 Jean-Yves Leloup y algunos de sus colegas acuñaron el término normosis en referencia al conjunto de valores, conceptos y hábitos aceptados socialmente, pero que pueden tener consecuencias negativas, patológicas e incluso letales. En la antigua Roma la plebe se reunía para ver combatir a los gladiadores hasta la muerte; la Europa tardomedieval quemó a brujas y herejes por contradecir los preceptos de la Iglesia católica; la modernidad occidental legitimó la esclavitud, la colonización, el desarrollismo económico y el trabajo infantil. Todos estos fenómenos se consideraban normales y en cierto sentido aún lo son, solo que perviven bajo otra forma y en otro contexto. Las democracias "tolerantes" y "maduras" que celebra el liberalismo reconocen la igualdad de unos a costa de la desigualdad de otros, de quienes se distinguen por su condición inferior y degradada y que, en palabras de Boaventura de Sousa, viven sometidos a formas de fascismo social: mujeres, indígenas, gitanos, migrantes sin papeles, afroamericanos, miembros de la comunidad LGTBI, entre otros grupos.

Desde hace tiempo vivimos en una normosis basada en la globalización del cuerpo masculino, blanco, burgués, heterosexual, sano y atlético como estándar normativo. Se trata, en realidad, de una heteronormosis que rechaza y estigmatiza lo que considera social y moralmente insostenible. Esta normalidad sexual y afectiva es en buena medida la responsable de que en muchos lugares las experiencias no heteronormativas todavía estén criminalizadas y patologizadas (medicalización de identidades, electroconvulsiones, castración terapéutica, pseudoterapias de conversión, etc.).

Una de las ilusiones colectivas que la heteronormosis produce es la creencia de que las personas LGTBI hoy en día apenas sufren discriminación o violencia, dadas las conquistas legales que en las últimas décadas se han logrado en el ámbito de la ciudadanía íntima y sexual (matrimonio igualitario, adopción homoparental, leyes de identidad de género, etc.). Si bien cierto que en determinados contextos la diversidad sexual y de género ya no se asocia automáticamente con una condición enferma o degenerada, no lo es menos que dichos contextos constituyen pequeños oasis de protección y reconocimiento amenazados a consecuencia del recrudecimiento global de la extrema derecha.

No obstante, la historia muestra cómo a pesar de las mentiras e imposiciones heteronormativas las experiencias marginales LGTBI nos ponen en contacto con otras experiencias legítimas de vida. Son experiencias perseguidas durante siglos por lógicas de normalización y exterminio, pero también experiencias portadoras de saberes, de memorias y de luchas que denuncian la violencia, el desprecio y la injusticia que la normalidad genera y la obligan a ir más allá de sus límites para exigir nuevas condiciones de inclusión y reivindicar el ejercicio de nuevos derechos.

Como se viene anunciado a lo largo de los últimos días, hemos llegado a la nueva normalidad resultante de la pandemia del coronavirus. ¿Qué puede aportar el movimiento LGTBI a esta nueva normalidad repleta de mascarillas obligatorias, lavado frecuente de manos, incertidumbre y distancias interpersonales? Aprendamos de otras experiencias y no dejemos que la nueva normalidad se reduzca a efectos profilácticos y otras medidas de prevención sanitaria (imprescindibles, por otro lado), como ocurrió con la pandemia del virus del VIH y el sida. Desde que en 1981 se detectara el primer caso de sida, han muerto 40 millones de personas en todo el mundo por infección de VIH y cada año se suman un millón, de las cuales dos tercios viven en África. Han pasado casi 40 años y todavía no hay una vacuna definitiva. Entonces nadie gritó "este virus lo paramos unidos". Hoy estamos gestionando la pandemia del coronavirus (que ya cuenta con más de 480.000 muertes a escala mundial), como si ética, cultural y políticamente no hubiéramos aprendido prácticamente nada.

En el colectivo LGTBI la pandemia del VIH tuvo efectos más allá de tomar conciencia de la importancia de la salud sexual. Además de la estigmatización y la exclusión social de los afectados, la pandemia generó miedo e incertidumbre, como ahora. Pero también afinó la sensibilidad ética de las personas, poniéndolas en contacto con lo esencial de la vida. Desde el sida nada ha sido igual para el colectivo LGTBI. ¿Qué puede aportar la perspectiva LGTBI postsida a la realidad pandémica actual? Apuntamos aquí tres elementos, todos con la intencionalidad última de que la nueva normalidad no se convierta en una nueva normosis.

La primera aportación consiste en concebir el amor como valor relacional fuera del ámbito privado. Como observó agudamente Grete Meisel-Hess, la humanidad contemporánea es pobre en potencial amoroso. Ciertamente, el amor, más allá del paradigma patriarcal romántico, es un sentimiento y un valor capaz de estructurar las vidas personales con éxito (generar bienestar, plenitud...), pero también puede hacer lo propio en las relaciones no privadas. El amor puede (y debería) ser un valor ético y político transformador a reclamar también en las esferas públicas y desde las esferas políticas. Bajo la estela de Kate Millet, necesitamos politizar la afectividad amorosa y extenderla más allá del ámbito íntimo y privado. Este es un desafío fundamental de la perspectiva feminista y LGTBI a la normosis heteropatriarcal que persiste en la nueva normalidad.

La segunda aportación es la apuesta por una diversidad sexual y de género no normativa. En el ámbito del análisis de género y afectivo el movimiento LGTBI se ha sumado a la lucha feminista contra el binomio hombre/mujer como una construcción cultural de género productora de estereotipos, roles, prejuicios, valores y actitudes que relegan, marginan y matan a las mujeres. En este sentido, las luchas LGTBI han incorporado el binomio hetero/homo, que hace lo mismo con quienes transgreden las expresiones de género normativas. La libertad sexual y afectiva y el libre desarrollo de la personalidad implican necesariamente hacer emerger no solo los micromachismos, sino también los heteromicromachismos y denunciar que, más allá de sus especificidades, la violencia contra las mujeres y la violencia contra las personas LGTBI comparten la misma raíz. Las luchas feministas y las luchas LGTBI deberían ir de la mano. Los feminismos, la teoría queer y el movimiento LGTBI son respuestas emancipadoras a la desigualdad estructural generada por el patriarcado y el heterosexismo.

La tercera aportación es la hermandad de la especie humana como fuente de solidaridad universal. Las pandemias hacen aflorar un sentimiento solidaridad, así como la imperiosa necesidad de globalidad. La hermandad es un deber con el otro, base de todas las expresiones de solidaridad universal. Muchos de los retos estructurales y coyunturales a los que hoy se enfrenta la humanidad (la pobreza, el cambio climático, las pandemias…) tienen unas raíces y/o unas consecuencias globales que solo pueden resolverse desde la solidaridad y la internacionalización de los derechos y las libertades.

La pandemia del VIH/sida reactivó precisamente la preocupación por la necesaria internacionalización de derechos. Actualmente la LGTBIfobia institucional sigue considerando la homosexualidad un delito en 72 países del mundo. La conquista de los derechos sexuales y afectivos no será completa hasta que toda persona pueda vivir libremente su condición sexual y su identidad de género en cualquier rincón del planeta, sin temor a ser perseguido o ejecutado. Esta tarea ya ha sido incorporada en el objetivo 3 de la Agenda 2030, que también se ha marcado el objetivo de acabar con la pandemia de VIH ese mismo año. Del mismo modo, la solidaridad también forma parte del plan ONUSIDA2020, que en el punto 6 apuesta por una respuesta centrada en la comunidad. La nueva normalidad debería servir para multiplicar por mil todo esto, y priorizar lo que es clarísima y humanamente urgente.

Ciertamente, normalidad nunca fue un concepto inclusivo para los colectivos LGTBI. Las prácticas del movimiento para desmantelar las estructuras sexogenéricas que les roban sus cuerpos, sus identidades y sus afectos siempre fueron la resistencia, la disidencia y la transgresión. Las personas LGTBI nunca fueron normales en sentido normativo, y tal vez este debería ser su mayor orgullo, no aceptar normalidades conformistas y sedantes. No resulta extraña, en este sentido, la condena de la normalidad que hace Hermann Hesse cuando afirma que "en la naturaleza no hay nada tan malo, salvaje y cruel como la gente normal".