Dominio público

Colonialismo y espacio público

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

Una pintada con la palabra "Racista" en el pedestal de la estatua de Fray Junípero Serra en Palma de Mallorca. REUTERS/Enrique Calvo
Una pintada con la palabra "Racista" en el pedestal de la estatua de Fray Junípero Serra en Palma de Mallorca. REUTERS/Enrique Calvo

Si la regidora de Justicia Social, Feminismo y LGTBI del Ayuntamiento de Palma, Sonia Vivas, debería dimitir o ser reprobada por sus declaraciones sobre Fray Juníper Serra es una polémica accesoria. Lo importante aquí es no apartar el foco de la raíz del problema: las construcciones del racismo y del colonialismo que aún perviven en el espacio y la memoria públicas, en las prácticas institucionales, así como en la historia y la historia del arte. Las estatuas recientemente derribadas, retiradas o vandalizadas en Estados Unidos y Europa evidencian que, si queremos interrumpir el predominio del racismo y del supremacismo blanco, estamos obligados a reconsiderar las heridas (las venas, que diría Eduardo Galeano) abiertas del pasado.

El historiador Michel-Rolph Trouillot escribió uno de los mejores libros sobre algunas de las maneras en las que las heridas del pasado se manifiestan. Una de ellas es el silencio, que define como un "proceso activo y transitivo". En Silenciando el pasado, defiende que, en general, hay tres grandes fórmulas para acallar el pasado y sus injusticias, y que él estudia de manera específica en lo que se refiere a la Revolución haitiana. La primera es el borrado o la negación del pasado, que incluye los discursos negacionistas que sostienen que nunca existió tal acontecimiento o que se trata de un invento creado de manera interesada por grupos descontentos. La segunda fórmula es la banalización, que se refiere a un vaciamiento del contexto histórico para llevar a cabo generalizaciones apresuradas o interpretaciones selectivas. Tal es el caso, por ejemplo, del argumento según el cual juzgar a personas y hechos sucedidos hace cinco siglos con la mentalidad actual es totalmente absurdo, distorsionador y carente de toda lógica. Dicho argumento olvida o ignora que entonces ya había quienes que se alzaron contra la esclavitud, contra el racismo y contra el colonialismo imperialista, aunque no utilizaran estos términos discursivos. La tercera fórmula es la trivialización, que lo que hace es justificar, disculpar o minimizar los daños cometidos ("no fue tan malo") o destacar los supuestos "beneficios" del colonialismo europeo. Ese "proceso activo y transitivo" del que habla Trouillot lo encarnan perfectamente los monumentos erigidos a la gloria de conquistadores, traficantes de esclavos y otras figuras controvertidas del colonialismo moderno.

Escucho estos días debatir razonablemente acerca de dónde está límite a la hora de definir qué patrimonio histórico merece ser expuesto en la vía pública. Para mí, un criterio básico son los efectos activos que dicho patrimonio tiene sobre el presente, así como la oportunidad que ofrece para trabajar por un nuevo futuro. Sabemos que las pirámides de Egipto se ordenaron levantar por farones esclavistas, pero lo cierto es que no se han manifestado grupos de víctimas o de agraviados por esa opresión, como tampoco lo han hecho por el genocidio de Jaume I en Mallorca. Eso no significa, ni mucho menos, que sean acontecimientos ejemplares ni que haya que blanquearlos. Sí que hay, sin embargo, sujetos cuyos cuerpos e identidades siguen exhibiendo día tras día las marcas de los procesos de racialización ejercidos por el colonialismo y el racismo modernos: les cerramos las fronteras estatales, los encerramos en CIE, los excluimos de la sanidad pública, muchos mueren en el mar y otros, como George Floyd, lo hacen asfixiados bajo la rodilla de un oficial de policía.

No soy partidario del derribo popular ni de la vandalización de los monumentos al colonialismo. Puedo entender que estos actos formen parte de una performance más o menos efectista que de una estrategia pedagógica de aprendizaje y descolonización de nuestro imaginario a largo plazo. Mi opción es su retirada del espacio público y su resignificación en un contexto adecuado. En Berlín, por ejemplo, encontramos la Topografía del Terror, un museo al aire libre construido sobre antiguas dependencias de la Gestapo. Los textos y las fotografías que allí se exhiben son espeluznantes, pero no tienen un valor celebratorio ni ejemplarizante. Me parece la mejor forma de comenzar a reparar entre todos esas zonas de silencio caracterizadas por la negación, el olvido y la ocultación.

Me sumo a las sabias palabras de Achille Mbembe cuando nos invita a "dejar de erigir estatuas, sea a quien sea. Y que, al contrario, florezcan por todos lados bibliotecas, teatros, talleres culturales y, en definitiva, todo lo que alimentará la creatividad cultural del mañana".