Dominio público

Strauss-Kahn y el FMI

 

DEAN BAKER

Aquellos que esperaban serias reformas del Fondo Monetario Internacional (FMI) deben de estar muy decepcionados por las acusaciones de agresión sexual que pesan sobre Dominique Strauss-Kahn y que han provocado su dimisión como director de la institución.
La mayor parte de la población mundial no se da suficientemente cuenta del poder que el FMI tiene en el control de sus vidas. De hecho, en muchos países las actuaciones del Fondo probablemente tengan un mayor impacto en sus condiciones de vida que las decisiones de sus gobiernos elegidos.
Algunos países están bien familiarizados con el poder del FMI. En la crisis financiera del este asiático, el Fondo, actuando bajo las instrucciones del Departamento del tesoro de Bill Clinton, impuso condiciones muy duras a los países de la región, con la insistencia de que pagaran por completo sus deudas. En efecto, el FMI actuó como el jefe de un cartel de acreedores, maximizando la cantidad de dinero que los bancos estadounidenses y europeos podían recaudar en créditos que, de otra manera, habrían quedado impagados en grandes sumas.
El FMI jugó el mismo papel en otros países que afrontaron crisis al final de la última década del siglo pasado, notablemente Brasil, Rusia y Argentina. La economía rusa se enfrentó a una severa recesión hasta que finalmente rompió con el FMI en el verano de 1998. Esta ruptura, originalmente dolorosa, proporcionó las bases para una década de fuerte crecimiento.
La batalla en Argentina fue incluso más chocante. La austeridad impuesta al país empujó su economía cada vez más hondo en la recesión. Finalmente, en diciembre de 2001, con un malestar civil socavando la autoridad del Gobierno, el país no tuvo más opción que abandonar el programa del FMI y dejar de pagar su deuda.
El FMI ejerció entonces todo su poder para minar la economía argentina. Dentro de ese esfuerzo para destruir la confianza en el país, elaboró incluso proyecciones económicas que subestimaban sus datos de crecimiento. Sorprendentemente, la estrategia de sabotaje del FMI falló. Tras un trimestre de caída libre, la economía de Argentina se estabilizó y a partir de ahí empezó a crecer de manera robusta en la segunda mitad de 2002. La economía nacional siguió experimentando un crecimiento fuerte hasta que la crisis internacional la llevó a una parálisis en 2009.
No fueron sólo los países en crisis los afectados por las políticas del FMI. Países a lo largo y ancho del mundo en vías de desarrollo aprendieron la lección de que no les convenía estar en una situación que los obligase a pedir ayuda al Fondo. Con la finalidad de protegerse de ese escenario, empezaron a acumular grandes cantidades de reservas.
Esto se tradujo en grandes superávit comerciales. El resultado fue que, en vez de que el capital fluyera de los países ricos hacia los pobres –que es la historia básica en cualquier libro de texto económico–, el capital fluyó de los países pobres hacia los ricos, principalmente hacia Estados Unidos.

Por supuesto, las cosas no salieron bien. Los desequilibrios comerciales contribuyeron a alimentar las enormes burbujas inmobiliarias en EEUU y otros países ricos. Cuando esas burbujas estallaron en 2007-08, ello amenazó la supervivencia del sistema financiero mundial y arrojó la economía a su peor hundimiento desde la Gran Depresión.
Decenas de millones de personas permanecen en el paro como resultado de este colapso. La producción perdida, a nivel mundial, puede superar los diez billones de dólares.
Notablemente, ni una sola persona de la dirección o del aparato burocrático del FMI ha sido despedido o simplemente degradado por este colosal fracaso de sus políticas. La Oficina Independiente de Evaluación del Fondo criticó la corriente de pensamiento que impidió que miles de economistas que trabajan para la institución pudieran detectar y alertar sobre el inminente desastre. Por supuesto, en la medida en que nadie es despedido por estar de acuerdo con el jefe sin que importe cuán equivocado pueda el jefe estar, resulta una apuesta segura que los individuos con ganas de hacer carrera estén siempre de acuerdo con su superior.
Dominique Strauss-Kahn intentó remover esta institución. Él trajo a Olivier Blanchard del
Massachusetts Institute of Technology (MIT), uno de los macroeconomistas más prominentes del mundo, para que ejerciera de economista jefe del Fondo. Le otorgó a Blanchard plenos poderes, que este utilizó de inmediato para criticar con dureza la ortodoxia dentro del FMI.
El pasado otoño, el FMI publicó un estudio en su Panorama Económico Mundial que mostraba que la austeridad fiscal en el despertar de una crisis económica podría contraer más la demanda y elevar el desempleo. Esto daba un vuelco al papel histórico de la institución: el FMI se convirtió oficialmente en una voz de expansión y empleo más que de contracción y austeridad.
Por supuesto que la historia, en el nivel de los países, era con frecuencia algo diferente. Los equipos del FMI que imponen condiciones concretas están bien consolidados. Sus planes de "devaluaciones internas" (bajada de salarios y precios) en países como Estonia y Letonia empujó sus respectivas tasas de desempleo casi hasta el 20%. Poner los equipos de evaluación nacional en sintonía con cualquier nueva forma de pensamiento en la cúspide va seguramente a ser un proceso largo y difícil incluso en la mejor de las circunstancias.
Strauss-Kahn ya no podrá llevar adelante este esfuerzo. Mientas se decide el futuro, su sucesor interino, John Lipsky, es un antiguo vicepresidente de JP Morgan. Si prevalece esta línea, podría suponer que todo el mundo sufra por la conducta criminal de Strauss-Kahn.

Dean Baker es codirector del Center for Economic and Policy Research

© The hankyoreh

Ilustración de Iker Ayestaran