Dominio público

La política abstracta y los ciudadanos concretos

Jordi Borja

Geógrafo urbanista

Manifestación en el madrileño barrio de Salamanca contra la gestión de la pandemia del Gobierno de Pedro Sánchez.
Manifestación en el madrileño barrio de Salamanca contra la gestión de la pandemia del Gobierno de Pedro Sánchez.

La democracia periódicamente se confronta con los marcos políticos y jurídicos
(de Thomas Paine y la cultura política republicana)

La política oficial es el juego de los partidos políticos, las elecciones y la toma de posiciones en las instituciones. Los ciudadanos, en su gran mayoría, se encuentran fuera. No les interesa o desprecian a la llamada clase política.

Existe corrupción –y todavía más corruptelas– en la vida política oficial, pero como en todo. Ni más ni menos, seguramente. Es muy probable que la corrupción en la esfera  pública sea menor que en las actividades económicas y todavía menos importante que en las financieras. En la vida privada las corruptelas están todavía más generalizadas. El problema principal de los partidos no es la corrupción, es la ausencia de presencia en la vida social.

La democracia no es un marco rígido, es un proceso permanente para aplicar los derechos de cada momento histórico. En Madrid y otras ciudades de España existen movimientos radicales antidemocráticos, como también en otros países europeos. No solo Vox o sectores del PP y Cs. Existen numerosas entidades o grupos informales de amplios sectores. No solo de gente de nivel alto o medio.

También empieza a aparecer entre la plebe un fascismo de baja intensidad como pasó en los años 20 y 30 del siglo XX. España tiene una cultura política democrática débil. En los aparatos del Estado existen sectores post-franquistas, especialmente en las cúpulas de la Judicatura, las Fuerzas Armadas, medios de comunicación, etc. Y también las fuerzas casi invisibles de las cúpulas de las administraciones públicas y económicas que condicionan a las instituciones representativas. A diferencia del Estado español, los países de sólida cultura política democrática europea, como Francia, Reino Unido, Alemania o los nórdicos, tienen más mecanismos para aplicar políticas innovadoras, elaborar normas o convocar referéndums. Y fomentar derechos, por ejemplo el de acceso a la vivienda digna.

He estado este verano en Madrid en una Residencia Universitaria –por cierto muy cómoda y amable– en la zona "de Serrano, de gente bien". Unos amigos me han dicho: "menos mal que en la calle no te conocen; si supieran que eres un comunista, como mínimo te insultarían". Se ve la rabia de la gente gritando en la calle contra el Gobierno español, y si apareciera un dirigente de Unidas Podemos lo podrían linchar. Se movilizan contra las medidas por el virus que todavía nos impacta y las fuerzas policiales permiten concentraciones compactas en unas pocas calles.

Al menos por ahora los barrios populares son más civilizados. Pero la imagen que queda es la de las manifestaciones en la calle con gritos histéricos de nacionalismo ultra del peor pasado y la violencia contra los republicanos, la gente de izquierdas o simplemente ciudadanos cívicos. ¿Dónde están los partidos políticos democráticos y de izquierdas? Evidentemente en las instituciones políticas. Pero en la calle no están los partidos izquierdistas, progresistas, que quieren reducir las desigualdades, mejorar la calidad de vida y priorizar la justicia con las personas más necesitadas. Eso quiere decir que hace falta presión social, articular las redes de organizaciones y movimientos sensibles, pero sobre todo la participación de los partidos políticos que influirán no solo en los otros partidos, sino también en las administraciones públicas, los ayuntamientos, las entidades culturales y sindicales, las asociaciones ciudadanas y profesionales, etc. Esta movilización política y cívica tiene incidencia en los ámbitos políticos en general, los aparatos del Estado y especialmente en la Judicatura, en las fuerzas económicas y en los medios de comunicación. Aunque no sean favorables.

Los partidos de izquierdas con presencia en las instituciones tienen poca presencia en los territorios. El Partido Socialista tiene presencia territorial gracias a su fuerte representación municipal, esté en el gobierno o a la oposición. Pero tiene poca o nula iniciativa y capacidad de movilización por temas de amplitud general, sean grandes temas económicos y sociales –pensiones, educación, salario básico por todo el mundo y salario mínimo justo, acceso a la vivienda, sanidad, etc.– o temas culturales o políticos –identidades culturales, sistema electoral más igualitario, instrumentos de participación política y de rendición de cuentas, etc. Unidas Podemos en teoría es un partido de movilización social. En la práctica se ha encerrado en las instituciones –Congreso, comunidades, ayuntamientos. Ha integrado a varios partidos, però en muchos casos se han desvinculado o se han casi difuminado.

No tienen cuadros, no tienen cohesión social ni sabemos con claridad cuales son su programa y objetivos. Influyen muy poco en el Gobierno español, a pesar de las buenas intenciones, y se les acusa desde la derecha de ser comunistas. Pero ni los socialistas son socialistas ni los de UP son comunistas.

El caso especial es Catalunya y los partidos independentistas. Hay partidos –Junts, PDeCAT, ERC, CUP– con capacidad de movilización, aunque a remolque de las organizaciones socio-culturales –Assemblea Nacional, Òmnium Cultural y otros con influencia muy menor. También hay que tenir en cuenta los centenares de ayuntamientos y entidades de todo tipo. Y organizaciones diversas generadas por el independentismo.

Las grandes movilizaciones de vez en cuando llegan a un millón de personas y el referéndum del 1-O, a pesar de no ser legal y haber sido reprimido, reunió 2.300.000 personas. El independentismo se encuentra activo y todas las encuestas lo sitúan entre el 40 y el 50%. Solo un inconveniente: no tiene una salida clara que le permita avanzar. Adquirió un gran capital político ciudadano el 1 de octubre, que fue un fracaso estrepitoso para el Gobierno español del PP y de las fuerzas policiales. Pero después las fuerzas independentistas no supieron qué hacer. Decían que proclamaban la independencia, pero lo hacían casi a escondidas. Unos se fueron al extranjero, otros esperaron en casa a que los detuvieran. Hay que decir que era gente honesta, valiente y... sin sentido político. Y ahora, no tienen otro camino que, poco a poco, ir hacia atrás.

Seguramente en el futuro lo harán mejor. Al menos tienen un objetivo, quizás en lugar de independencia pueden construir una escalera que llegue a la mitad. Veremos. Mientras las izquierdas no independentistas de momento están instaladas en las instituciones políticas. Son observadores, que, por cierto, tampoco tienen un papel muy brillante.