Dominio público

Invertir en las personas y en las instituciones del trabajo para una transición justa en un mundo en transformación

Joaquín Nieto

Director de la Oficina de la OIT para España

Trabajadores en un edificio en construcción en Johannesburgo (Sudáfrica). REUTERS/Siphiwe Sibeko
Trabajadores en un edificio en construcción en Johannesburgo (Sudáfrica). REUTERS/Siphiwe Sibeko

Este 7 de octubre se celebró la Jornada Mundial sobre Trabajo Decente, esta vez en tiempos de pandemia. Una ocasión única para hacer visibles los enormes desafíos todavía pendientes para que el trabajo decente se convierta en una realidad. Se entiende por trabajo decente el acceso a un empleo con derechos y sin discriminación, en condiciones seguras y saludables, con una remuneración suficiente para vivir dignamente y con protección social.

En 2020, el año de la pandemia, esta jornada internacional ha tenido una significación especial. Porque la experiencia traumática de la Covid19 ha puesto de manifiesto en todo el mundo el valor el del trabajo y de quienes trabajan no sólo para el funcionamiento de la economía y de la sociedad, sino también para el bienestar, la salud y hasta la supervivencia de las personas. La pandemia ha desvelado también la importancia del trabajo decente y de la protección social.  A más trabajo decente, más resiliencia y capacidad de respuesta sanitaria, económica y social frente a la pandemia, a menos trabajo decente, más destrucción de la economía y de los empleos, más pobreza y sufrimiento, y mayor desigualdad.

Disponer de un régimen de trabajo realmente humano, lo que hoy llamamos trabajo decente, está en el centro de las políticas acordadas tripartitamente por la OIT desde su fundación hace ahora cien años, bajo la premisa de que no puede haber paz mundial sin justicia social. Hoy en día el trabajo decente no es sólo una propuesta y un mandato para la OIT, sino para todo el sistema de Naciones Unidas y todos los países que lo integran. El trabajo decente forma parte de los compromisos adoptados por toda la comunidad internacional en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 de Naciones Unidas. Este mandato en favor del trabajo decente es ahora, en tiempos de pandemia, más importante que nunca. Pero hay que superar enormes déficits de trabajo decente en el mundo para que el trabajo decente sea una realidad.

Economía informal

La informalidad está presente  en todos los países, sin importar el nivel de desarrollo socioeconómico, aunque tiene mucha mayor prevalencia en los países en desarrollo. En la actualidad, de los 3.300 millones de trabajadores que hay en el mundo, el 60%, unos 2.000 millones de personas se sustentan en la economía informal, lo que implica que ni siquiera tienen un contrato y se ven privados de condiciones de trabajo dignas y de protección social. La mayor parte de las personas que se incorporan a la economía informal no lo hacen por decisión propia sino por la falta de oportunidades laborales en el mercado de trabajo formal. Las personas que trabajan en la economía informal se ven expuestos en mayor medida a la pobreza y las unidades económicas informales enfrentan menor productividad, menores ingresos y falta de protección social.

Esto está siendo especialmente dramático para los trabajadores que han perdido su empleo a consecuencia de las medidas de limitación a la movilidad y al comercio que ha habido que adoptar necesariamente para evitar los contagios por coronavirus. De los miles de millones de horas de trabajo perdidas, equivalentes a 495 millones de empleos a tiempo completo, la mayoría lo ha sido por trabajadores en la economía informal, que nos sólo han perdido su empleo si también todo tipo de ingresos al carecer de protección social, lo que los ha llevado de forma abrupta a la pobreza más absoluta. La OIT adoptó ya en 2015 la Recomendación nº 204 sobre la transición de la economía informal a la economía formal, que se inscribe entre las metas del mencionado ODS 8 para generar procesos de formalización de la economía transparentes e inclusivos. Esa meta merece hay más atención que nunca.

Igualdad de género

Las mujeres empleadas no sólo reciben una remuneración 20% inferior a la de los varones por un trabajo de igual valor, sino que también sufren otro tipo de discriminaciones relacionadas con el trabajo, que se inician en la desigual dedicación a los trabajos de cuidados no remunerados y otros trabajos en el hogar que recaen muy mayoritariamente sobre sus espaldas, lo que condiciona su capacidad de entrada en el mercado de trabajo, muy inferior a la de los hombres y el propio desempeño del trabajo. El empleo para las mujeres tiende a concentrarse más en ciertas ocupaciones asociadas a los cuidados, con menor valoración social y menor remuneración. El empleo a tiempo parcial no voluntario está más extendido para las mujeres y a la mencionada brecha salarial de género se añaden los obstáculos a su promoción laboral. Todas estas discriminaciones se han expresado de forma especialmente acusada en la pandemia: se han visto más afectadas por la pérdida de empleo, al estar más presentes en el sector servicios, que se ha visto más golpeado en esta crisis; son el 80% del personal sanitario y de cuidados de mayores en las residencias, que son los dos sectores con más riesgos de contagio; y en el caso del teletrabajo han tenido que soportar una presión mayor al tener que compatibilizar el trabajo en casa con las tareas del hogar y de los cuidados de mayores y menores confinados durante la pandemia, tareas que han recaído injusta y desproporcionadamente en ellas. El Objetivo 5 de los ODS sobre Igualdad de género establece metas para alcanzar esa igualdad. Las normas internacionales del trabajo de la OIT, como el Convenio 190 sobre acoso y violencia en el trabajo, adoptado recientemente, son instrumentos muy valiosos para la igualdad de género en el trabajo. También el reciente informe OIT ‘El trabajo de cuidados y los trabajadores del cuidado para un futuro con trabajo decente’ establece una perspectiva tan novedosa como fundamental en esa dirección.

Salud y seguridad en el trabajo

En el mundo, fallecen anualmente 2.7 millones de personas como consecuencia de accidentes de trabajo o de enfermedades laborales. Esto implica que cada menos de cinco segundos muere un trabajador en algún lugar del mundo a causa de un accidente o enfermedad profesional. Así, año tras año. Se trata de una pandemia tan trágica como desconocida. Esta pandemia no está siendo lo suficientemente atendida debido, pero reviste una importancia trascendental ya que además del enorme sufrimiento que causa, la carga económica de las malas prácticas en materia de seguridad y salud laboral y la ausencia de prevención de riesgos laborales asciende nada menos que al 4% del PBI global por año.

La salud y seguridad en el trabajo constituye un eje principal del trabajo decente. Más aún en tiempos de Covid19 en los que el contacto personal consustancial con la presencia en el trabajo entraña un riesgo de contagio que afecta a todos los trabajadores. Contar con una evaluación de riegos, medidas preventivas y  equipos de protección, salva vidas.

Trabajo infantil

152 millones de niños y niñas de entre 5 a 17 años se encuentran atrapados por el trabajo infantil en todo el mundo, lo que representa casi uno de cada diez niños a nivel mundial. Casi la mitad de todos, 73 millones, se encuentran en trabajos peligrosos que ponen directamente en peligro su salud, seguridad y desarrollo moral. El trabajo peligroso puede incluir trabajo nocturno o largas jornadas de trabajo, exposición a abuso físico, psicológico o sexual; trabajar bajo tierra, bajo el agua, a alturas peligrosas o en espacios confinados; trabajar con maquinaria, equipos y herramientas peligrosas, o que implique el manejo manual o el transporte de cargas pesadas o trabajar en un medio ambiente poco saludable.

La pobreza sobrevenida para muchos trabajadores de la economía informal que se han visto privados de la noche a la mañana de sus empleos y de sus ingresos y el cierre de escuelas y colegios para hacer frente a la pandemia, crean unas condiciones de riesgo para la extensión del trabajo infantil que podría poner en peligro los importantes avances logrados en los últimos tiempos, en los que trabajo infantil se ha venido reduciendo en más de un 30% en todo el mundo en lo que va de siglo (casi el 50% en América Latina y el Caribe), mientras que se ampliaba la escolarización para más del 90%. Los ODS contemplaban la eliminación del trabajo infantil para 2025, pero esto ahora está en riesgo por lo que convendría redoblar los esfuerzos y la cooperación internacional para hacerlo posible.

Trabajo forzoso

La esclavitud moderna hoy en día alcanza unos 40 millones de personas en todo el mundo; 14 de ellas obligadas a matrimonios forzosos, que es una forma de esclavitud, 25 millones más, sometidas a situación de trabajo forzoso, esclavitud, servidumbre y prácticas análogas.  De ellas, unos 16 millones, casi dos tercios, son víctimas de trabajo forzoso con fines de explotación laboral, 5 millones son sometidas a estos trabajos por las autoridades y 4 millones lo son con fines de explotación sexual. Lo peor es que las estimaciones no indican avances en materia de trabajo forzoso, sino todo lo contrario.

Hoy superar los déficits de trabajo decente y hacerlo en un mundo en transformación requiere comprender y afrontar los desafíos que presenta el futuro del trabajo considerando las grandes tendencias que están reconfigurando nuestro mundo: la revolución tecnológica y digital; la transición energética y ecológica; las tendencias demográficas divergentes en un mundo desigual y la extensión de los movimiento migratorios; la irrupción de las demandas de igualdad de género, en la sociedad y en el trabajo, que han venido para quedarse… Es en este contexto que la OIT, con ocasión de su Centenario, celebrado en 2019, ha renovado su mandato en favor de la justicia social y del trabajo decente para todos, a través de la Declaración del Centenario, adoptada tripartitamente por los gobiernos, empleadores y representantes sindicales de los 187 países que la forman. Esta Declaración, que reafirma el mensaje constitucional de la OIT –hoy tan relevante como hace cien años– de que ‘el trabajo no es una mercancía’, ha sido también adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas.

La clave hoy para hacer posible el trabajo decente es avanzar en la aplicación de la Agenda 2030 de Naciones Unidas y asegurar el acompañamiento social a todas las personas que se van a ver envueltas en situaciones laborales de cambio en los procesos de transición tecnológica, energética y medioambiental que se están ya produciendo en un cambio de época como el que estamos viviendo. Para ello, considera la mencionada Declaración, hay que invertir en las personas, entre otras cosas para asegurar que disponen de unos ingresos y una formación a lo largo de toda su vida, incluido en los procesos transitorios de desempleo en los que se puedan ver afectadas. E invertir en las instituciones del trabajo, es decir en el derecho del trabajo y los derechos laborales que protege, en las administraciones laborales y en la inspección laboral, en el asociacionismo empresarial y en el fortalecimiento de la presencia y representatividad sindical, en la negociación colectiva y en el diálogo social. Y hacerlo con criterios de trabajo decente y de transición justa, para que nadie se quede atrás, será la mejor inversión para la paz, la prosperidad, las personas y el planeta.