Dominio público

El nihilismo islamista, el mundo en crisis y la islamofobia: en defensa del derecho a debatir

Velas en un memorial improvisado para rendir homenaje a Samuel Paty, el profesor de francés que fue decapitado en las calles del suburbio parisino de Conflans-Sainte-Honorine, en un acto de terrorismo islamista. REUTERS/Eric Gaillard
Velas en un memorial improvisado para rendir homenaje a Samuel Paty, el profesor de francés que fue decapitado en las calles del suburbio parisino de Conflans-Sainte-Honorine, en un acto de terrorismo islamista. REUTERS/Eric Gaillard

Traducción del árabe: Naomí Ramírez Díaz

El asesinato del profesor francés de Historia, Samuel Paty, un delito atroz y simbólico, se ha producido tras una serie de atentados terroristas cometidos por jóvenes musulmanes, franceses o residentes en Francia, y ha provocado reacciones extremas, que durante días han impedido el diálogo razonable, y han hecho que el debate sobre todo lo relativo a la cuestión islámica sea imposible o prácticamente imposible.

Como intelectuales demócratas y laicos, originarios del Oriente árabe y de un legado que ha tenido en el islam una fuente fundamental de la que beber, esta situación nos lleva a afirmar, en primer lugar, que la comunicación entre quienes son diferentes y la investigación concienzuda sobre aquellas cuestiones que resultan complejas es lo que quebranta la militarización del pensamiento y la cultura hacia la que nos empujan los nihilistas islamistas. Esos como el asesino Abudallah Anzarov y quienes lo incitaron, cuyos semejantes son muchos, y que en mejor forma se encuentran cuanto más profundas cavan las trincheras que separan a las sociedades musulmanas del mundo que las rodea. Pero también nos lleva a decir, en segundo lugar, que la citada militarización no se ciñe exclusivamente a estos nihilistas islamistas, pues en Occidente hay muchos que les siguen el juego y les incitan a ello, buscando, a su vez, hacer las trincheras más profundas y vivir en castillos fortificados, sin preocuparse por lo que sucede a su alrededor y en las zonas situadas en los márgenes de su centro.

Vislumbramos un odio hacia el mundo, nuestro mundo compartido, y hacia muchos de los valores de justicia, tolerancia e igualdad, que aumenta a día de hoy en muchos lugares, en las regiones donde los musulmanes son mayoría, así como en las sociedades europea y estadounidense, además de en Rusia, la India, China, Brasil, etc. Esto sucede al tiempo en que el establecimiento de una "sociedad mundial solidaria" sería la mejor solución para abordar los problemas que carecen de soluciones locales, como los problemas medioambientales, el cambio climático, las epidemias, la hambruna y las migraciones.

El mundo, en su inmensidad, pluralidad y soledad, es hoy un bien común del ser humano que se encuentra en una profunda crisis, la crisis de pérdida de orientación y de falta de una promesa que mantenga a las personas unidas entre sí. Los musulmanes y su religión son una parte de este mundo, viven en él y él vive en ellos. El presidente francés no se ha equivocado al hablar de una crisis en el islam. Eso ya lo habían dicho antes muchos intelectuales que beben de la herencia islámica y que descienden de ella. Sin embargo, de lo que no ha hablado el presidente francés es de la crisis del mundo, y de que la propia crisis en el islam, representada, en primer lugar, por el ascenso del nihilismo islamista violento que odia el mundo, empeora en la medida en que crecen a su alrededor las corrientes populistas, nacionalistas fundamentalistas y racistas, que no parecen más preocupadas por el mundo que el nihilismo islamista.

La profesión de la víctima, Paty, profesor de Historia, nos hace recordar la historia del nihilismo islamista, responsable del delito. Esta última, con sus violentos fenómenos, se inició de facto en Afganistán a principios de los ochenta del siglo pasado, cuando los estadounidenses quisieron convertir un país pobre en el Vietnam de la Unión Soviética, que acababa de invadirlo y ocuparlo, tras unos pocos años de experimentar su propio Vietnam.  En aquel entonces, los servicios secretos estadounidenses y pakistaníes se unieron con el dinero saudí y wahabí, un tipo de salafismo puritano del islam suní que hasta ese momento había estado restringido al Reino de Arabia Saudí, para atraer a jóvenes de todo el mundo, entrenarlos y prepararlos para la violencia y el combate. Eso sucedió en el momento en que la Revolución Islámica iraní, producto de la revolución de 1979, estaba exportando su ideología totalitaria a las sociedades desfavorecidas de la región y se enfrentaba en más de un lugar con sus enemigos regionales e internacionales, animando así al desarrollo de un fundamentalismo chií equivalente al salafismo suní. Posteriormente, la invasión de Iraq en 2003 y su ocupación con la falsa excusa de la presencia de armas de destrucción masiva en el país y la relación del régimen de Saddam Hussein con la organización de Al-Qaeda, que había ejecutado su operación terrorista icónica en Estados unidos un años y medio antes, abonaron un campo fértil para el resurgir del nihilismo y su yihad. El Iraq ocupado, cuya infraestructura ha sido destruida y cuya sociedad está dividida, después de que el despotismo de Saddam y sus continuas guerras hubieran destrozado previamente su tejido social, conformó el entorno perfecto para atraer a los yihadistas nihilistas. La situación empeoró una década después con la destrucción de la sociedad siria de manos del gobierno asadiano, con ayuda de sus dos aliados, Irán y Rusia, conformándose en ambos países destruidos el "Estado islámico" (Daesh).

En sus facetas política y bélica, el nihilismo islamista es una fuerza que aparece siempre que se repliegan los sistemas políticos y las sociedades se abstraen de la política y pierden el control de las condiciones de su existencia. Si la religión es el espíritu de las sociedades sin espíritu en el pensamiento de Marx, en los contextos islámicos actuales, es la política de las sociedades sin política. Esto significa que un aumento del empobrecimiento político de la población va de la mano de un aumento del islamismo. Por el contrario, que la población posea la política, la organización, la palabra y el derecho de protesta, es la condición más adecuada para enfrentarse al islamismo nihilista y su odio por el mundo.

Lo contrario a eso es, concretamente, lo que ha sucedido y lleva sucediendo varias décadas en Oriente Medio. Desde los noventa, y más específicamente, desde el 11 de septiembre de 2001, las potencias más influyentes en el mundo han situado el terrorismo como el principal mal político, lo que ha llevado a la securitización de la política a nivel mundial y que los Estados se apoyen en regímenes que constituyen verdaderas agencias de asesinato y tortura. Además, ha conllevado el debilitamiento de la democracia y la soberanía de la ley. Hoy estamos recogiendo los frutos de todo esto. Tras dos décadas de guerra contra el terrorismo, el mundo es menos seguro y se han consolidado los odios colectivos, la guerra contra el terrorismo no ha dado paso a ningún llamamiento a la justicia, ni se han establecido tribunales locales o internacionales para hacer justicia a las víctimas del terrorismo, que llevan décadas sufriéndolo en países como Siria o Iraq, entre otros. La justicia se ha limitado a algunas víctimas occidentales y en general ha adoptado la forma de operaciones de venganza y asesinato llevadas a cabo por comandos o aviones de guerra o procesos en los que el rival es el árbitro.

Lo cierto es que la supuesta guerra contra el terrorismo no es para nada una guerra, sino una tortura. Por eso, no sorprende que el propio Estado de la tortura asadiano participe en esta guerra, ni que el régimen de Abdel Fatah al Sisi se presente voluntario para ello. Tampoco resulta extraño que Myanmar, Estado implicado en un genocidio contra los musulmanes rohinyá se suba al carro y, a su lado, el gobierno nacionalista y sectario de Modi en la India. Tampoco es sorprendente que el régimen chino lleve a un millón de musulmanes a campamentos de rehabilitación que recuerdan a las peores tradiciones estalinistas o de Pol Pot en Camboya. Por último, no es extraño que antiguos "terroristas" limpien su historial participando en esta guerra contra el terrorismo islamista, empezando por la ocupación colonial y el régimen de apartheid impuesto en los territorios palestinos, que se cubre con el mismo lema de la lucha contra el terrorismo. Ya no hay asesinos ni corruptos siempre que sean socios de Occidente en su supuesta lucha contra el terrorismo y siempre que ese terrorismo sea islamista.

En el mundo de hoy hay una gran cuestión islámica, con dos vertientes: el nihilismo islamista, que ha elevado el grado de crueldad en las sociedades musulmanas violentadas y en el mundo, y el racismo contra los musulmanes en distintos niveles. En su crisis, este mundo que ha perdido el norte y la promesa, no puede ver ninguna de esas vertientes sin quedar ciego frente a la otra, exactamente como hacen los propios islamistas. Por tanto ni la islamofobia, ni el racismo contra los musulmanes, que se basa en la larga historia de invasión y colonialismo constituyen la base para luchar contra el nihilismo islamista; por su parte, el nihilismo islamista, que es elitista en esencia y no la vía que sigue el público creyente, sirve de base para luchar contra la islamofobia. La realidad es que los nihilistas islamistas se sienten cómodos en los ambientes islamófobos y discriminatorios de los musulmanes, pues necesitan la victimización porque no tienen nada positivo que ofrecer al mundo.

No es demasiado tarde para pensar de forma más profunda y clara éticamente, proponiendo la cuestión islámica y la crisis del islam como una de las caras de la crisis mundial, más complicada cuanto más tiempo pasa sin que se aborde. Hacemos un llamamiento a nuestros compañeros y homólogos en Francia, en Europa y en el mundo, a que reflexionen sobre una crisis mundial sin alternativas ni orientación, sin promesas ni esperanza, y trabajar para la formulación de un principio de responsabilidad mundial que resista contra la limitación islamista y las pretensiones de superioridad racial o religiosa.

No queremos ser la voz del mal agüero ni portadores de noticias de devastación, pero los peligros que acechan al mundo nos impiden descartar los peores escenarios posibles y deseamos, a fin de evitarlos, que nadie lo haga. Lo peor no avisa a nadie de cuándo llega.