Dominio público

El feminismo es la casa común

Beatriz Gimeno

Directora del Instituto de la Mujer

Manifestación del 8M, por el Día Internacional de la Mujer. EFE/ DAVID AGUILAR
Manifestación del 8M, por el Día Internacional de la Mujer. EFE/ DAVID AGUILAR

Estaba leyendo por segunda o tercera vez uno de mis libros preferidos: El mundo de ayer de Stefan Zweig y me detuve en las páginas en las que describe cómo entró la guerra en la conciencia de los europeos; cómo de un día para otro, se desató el odio basado en bulos y en mentiras y cómo en el otoño de 1914 la mayoría de los escritores "se desgañitaban proclamando su odio, se escupían y ladraban unos a otros". Y continúa explicando cómo, antes de que llegaran las bombas y las muertes, los antaño ricos debates intelectuales entre, muchas veces compañeros y amigos, se habían transformado en un griterío en el que únicamente se trataba de demostrar que "todas las injusticias, todos los males venían de la parte contraria y que el derecho a la verdad absoluta eran exclusivos de la nación propia".

Hoy podríamos decir, de la identidad cultural propia, porque ya no nos tiramos bombas (al menos no todavía,) sino discursos. Y continúa Zweig: "El que exponía una duda, veia acabada su actividad política; al que le daban una advertencia, lo escarnecían (…) Eran la pandilla de siempre que llamaba cobardes a los prudentes, débiles a los humanitarios, para luego no saber qué hacer, desconcertada, en la hora de la catástrofe que ella misma irreflexivamente, había provocado". Y sí, como no reconocer aquí algunos de los debates que tenemos en el feminismo (pero no sólo, es la tónica general) Todo el mundo me dice que las redes sociales son las culpables. Pero no es así, las redes son una herramienta que se puede usar de una manera u otra. Todo el mundo puede elegir. Antes de la pandemia me ocurrió una cosa que me impactó mucho. Di una conferencia sobre prostitución en una ciudad pequeña. Al terminar nos fuimos a cenar y una de las personas que se vino me aseguró que la charla le había encantado, que se había llenado de argumentos y tuvimos una cena muy agradable…cuando nos despedíamos, me dijo, "bueno, ya sabes que a veces en las redes…se nos va la mano". Entonces reconocí que esa esa persona agradable era la misma que en las redes me perseguía con los peores insultos posibles. No le dije nada en ese momento, dejé que se disculpara y dos días después volvía a insultarme. Me arrepentí de haberlo dejado pasar. No creo que estar en contra de una ley, mucho menos tener dudas, convierta a nadie en fascista. Siempre me he negado a pensar que esta o aquella mujer que mantiene posiciones contrarias a las mías en temas de feminismo no son feministas. La pureza de sangre identitaria no sé si delimita bien el ámbito del feminismo, desde luego no delimita el del pensamiento, ni el del debate. También me niego (o lo intento) a desdeñar el pensamiento de tal o cual pensadora porque en un tema, o en varios, esté radicalmente en contra mía. Hay grandes filósofos/as con grandes errores.

Y el hecho de que todas podamos cambiar de opinión demuestra que a la verdad se puede llegar de maneras distintas y, además, no hay verdades sin claroscuros. No creo que pensar diferente en una u otra cuestión convierta a nadie en fascista, y jamás utilizaré semejante adjetivo contra quienes estoy segura de que no son fascistas, pero creo que sí nos estamos acercando a un clima cultural en el que el fascismo crece con mayor facilidad. Cuando negamos a las otras, cuando nos negamos a escuchar, cuando mantenemos posiciones absolutamente inflexibles y clausuramos el debate negándonos a pensar en lo que dicen otras, que no son tontas, que pueden tener razón en algo; cuando insultamos a quien introduce matices, sin darnos cuenta que los matices son imprescindibles para poder tener un pensamiento rico; cuando nos negamos a leer cualquier cosa que nos contradiga, o nos negamos a pensar en ello, por principio, porque nos dejamos llevar por la primera impresión; desde luego cuando utilizamos bulos a sabiendas porque nos vienen bien para nuestros argumentos, pero también cuando nos negamos a reexaminar nada de lo dicho aunque se nos señale que está basado en un bulo. Cuando insultamos sin más, desde luego; cuando colaboramos en linchamientos colectivos sin piedad, sin la más mínima empatía por la otra, por los otros.

Cuando nos aprovechamos de la debilidad de otras personas para aumentar esa debilidad pensando que así aumentamos nuestra fuerza; cuando rechazamos la posibilidad de dudar y de expresar esas dudas, cuando utilizamos el sarcasmo y la broma cruel contra otras (especialmente si son más débiles, pero en general contra gente que no es verdaderamente enemiga); cuando nos negamos a examinar nuestro sentimiento de desagrado por algo, nuestro temor, nuestro orgullo herido, nuestro amor propio…Cuando no reconocemos el magisterio de personas que son maestras sólo porque mantengan posiciones que no son las nuestras… hablo de hacer todo esto en ámbitos de cercanía ideológica. En realidad, fascistas no hay tantos como creemos, pero gente que se niega a detener la espiral que conduce a un pensamiento totalitario, a un clima cultural totalitario, hay mucha más. Se queja Sweig de encontrarse en un momento en el que la conciencia moral del mundo estaba agotada y desalentada y no reacciona con la fuerza de una convicción secular ante la mentira manifiesta. Eso era en 1914. Si no hay un terreno común que asumamos como verdad, si no hay ya un terreno que la humanidad ha entendido desde siempre por justicia (básicamente, que todos los seres humanos son iguales y tienen derecho al bienestar)…no sé qué nos queda. Llegará el día en que la mentira sea considerada verdad y no haya cómo demostrar lo contrario. Llegará un día en que alguien como Trump podrá "demostrar" que ha ganado las elecciones…a no ser que impidamos que llegue ese día.

En cuanto al feminismo, muchas estamos tristes porque el feminismo es nuestra casa ideológica, nuestra patria en el mejor sentido. Una patria abierta, acogedora, solidaria y de lucha común, también de mucha alegría. Es mi casa, desde luego, donde anida mi pensamiento y mi trabajo cotidiano por construir un mundo mejor. De un día para otro, esa casa común, explotó con todo lo demás, la política, la verdad, los medios, las redes…Por eso no soy la única que a veces me siento un poco expatriada de la casa común. Por eso me gusta mucho sentirme cerca de amigas que piensan diferente, porque nos sostenemos unas a otras. Tengo amigas que llevan toda la vida en el feminismo, como yo, y que piensan diferente en cuestiones que para mí son importantes. A veces nos conocemos desde jóvenes y hemos evolucionado en sentido diferente, y seguimos siendo amigas. Hablamos y, si no podemos avanzar por un camino, buscamos otro. Si, aun así no avanzamos, nos detenemos y nos damos ánimos. No nos insultamos, no rompemos la amistad, no dejamos de pensar que nos necesitamos, que la casa tiene que ser común y que es mucho más grande que todas nosotras. Y que somos muy resilientes y que la reconstruiremos para todos. Y, para terminar, recomiendo leer este artículo de Siri Hustvedt, porque habla de todas estas cosas importantes y algunas más.