Dominio público

Cuba 2020: por favor, no pierdan el rumbo

Javier Mestre

Profesor de Lengua Castellana y Literatura y escritor. Su última novela es 'Fabrica de Cuentos'

Carlos Fernández Liria

'La Filosofía en Canal'. Profesor de la UCM

Una mujer se asoma desde la entrada a una cafetería estatal decorada con carteles alegóricos al fin de año y al aniversario 62 del triunfo de la Revolución cubana, en La Habana (Cuba). EFE/ Yander Zamora
Una mujer se asoma desde la entrada a una cafetería estatal decorada con carteles alegóricos al fin de año y al aniversario 62 del triunfo de la Revolución cubana, en La Habana (Cuba). EFE/ Yander Zamora

La Revolución Cubana lleva 62 años resistiendo y, con ella, la Humanidad. Parece mentira, en pleno reinado mundial del cinismo, tanto heroísmo de un pueblo que sufre el más criminal y prolongado bloqueo económico de la historia y, al mismo tiempo, hace un esfuerzo de solidaridad impresionante con sus brigadas médicas internacionalistas, su Operación Milagro, su Escuela Latinoamericana de Medicina, sus alfabetizadores del Yo sí puedo. Sus progresos en el desarrollo de vacunas contra la COVID han llenado de esperanza a los pobres de la Tierra, porque saben que las distribuirá con toda la generosidad posible. Cuba sigue en lucha por la Justicia, por los derechos humanos entendidos en su plena materialidad, no como un constructo abstracto que de nada sirve para llenar los estómagos o liberar a los oprimidos. Desde el minuto uno, la Revolución ha priorizado la universalidad del acceso a los bienes y servicios, la lucha radical contra la pobreza, el reparto equitativo de la riqueza, hasta conseguir tasas de mortalidad infantil de las más bajas del mundo, una esperanza media de vida al nacer propia de país desarrollado, la generalización de la enseñanza pública (incluida la universitaria), la reducción hasta la extinción de fenómenos omnipresentes en Latinoamérica como la violencia callejera o el trabajo infantil. Los méritos de la Cuba posterior a 1959 son indiscutibles y para nada se agotan en esta brevísima reseña. Son para con su pueblo y para con todo el planeta. Necesitamos a Cuba, aunque esto sea agregar al pueblo cubano una responsabilidad de magnitud sobrehumana, porque puede ser el reducto del que nazcan las mejores esperanzas para un futuro muy próximo y muy negro.

Por eso, desde nuestra posición de derrotados en un país subyugado a las dinámicas del capitalismo global, solicitamos con todo el corazón, aunque en un susurro: ¡Compañeros, compañeras, no pierdan el rumbo!

Creemos que la Revolución Cubana, en origen y en esencia, está inserta en la histórica tradición republicana de la combativa isla del Caribe. Es la consecuencia necesaria de una práctica política con referentes tan evidentes como el pensamiento de José Martí. Procede del convencimiento de que es la lucha por la libertad y la soberanía democrática la que hace imprescindible defender el socialismo. La República de mujeres y hombres libres que no obedecen otra ley que aquella de la que son colegisladores es el destino de este viaje histórico, y es radicalmente incompatible con la preminencia de poderes privados que subyugan a los trabajadores y que es la base estructural misma del capitalismo. En este sistema hegemónico, la democracia es formal, que es como decir que no tiene verdadera sustancia, porque la Economía, ese tejido caótico de intereses particulares que se encarna en oligarquías de todo pelaje, manda tanto que hemos de tener mucho cuidado con qué votamos. ¿De qué ciudadanía podemos hablar cuando en tantos países del mundo capitalista los niños tienen que trabajar en condiciones espantosas desde edades tempranas? ¿Dónde está la libertad si para media humanidad poder malcomer hace necesario trabajar sin descanso para un patrón cuya supervivencia en el mercado es directamente proporcional a su impiedad? Cuando los poderes privados tienen más poder que los poderes públicos, cuando el poder económico es más poderoso que el poder político constitucional, cuando existen "poderes salvajes" que pueden chantajear al poder legislativo, la democracia ya no es la base para consultar las razones de sus ciudadanos, sino el procedimiento de hacerles "entrar en razón", en la "razón" que dicta en cada caso la oligarquía económica que tiene la sartén por el mango. Por eso hemos sostenido que un verdadero proyecto político republicano es incompatible con un sistema económico capitalista.

De modo que Cuba se ha propuesto defender a toda costa las condiciones económicas y sociales que pueden hacer viable una auténtica República democrática, de ciudadanos y ciudadanas libres e iguales. Ese empeño se viene enfrentando a un ataque sostenido de todos los poderes, públicos y privados (y públicos al servicio de intereses privados), que uno pueda imaginar. Por eso, el socialismo cubano vive en un permanente estado de excepción. No le queda otra. Y estamos en deuda con su resistencia, porque solo si se mantienen y consolidan unas condiciones sociales, materiales, de base, de reparto equitativo del producto interno, de gestión pública por encima de cualquier interés privado con la justicia social como objetivo prioritario, es posible alcanzar alguna vez esa República de ciudadanos y ciudadanas libres.

Bastante ambicioso es aspirar al viejo sueño de los jacobinos franceses, haitianos o cubanos como para sobrecargar las aspiraciones revolucionarias del misticismo de la creación de un hombre nuevo. Cuba ha sabido siempre moderar esos impulsos, a veces por la abismal distancia entre una realidad muy compleja y ciertas pretensiones morales de difícil aplicación, a veces por la mera lucidez de la dirigencia histórica del proceso. A eso lo podemos llamar mano izquierda. La cubana ha sido una revolución que no tuvo otro remedio que orbitar en torno a la URSS, pero que con mucha mano izquierda fue capaz de no verse arrastrada por los peores efectos del desarrollo y la doctrina de lo que se llamó "socialismo real". Su propia tradición martiana, su profundo compromiso democrático, marcaron ese camino particular que ahora podemos entender como universal. El fracaso del campo socialista nos permitió a todos reconocer errores y darnos cuenta de que la modesta propuesta republicana es el norte ambicioso y necesario.

Cuba acaba de ingresar en el planeta Internet y ahora eso está teniendo sus consecuencias. Se ha producido una pequeña convulsión a partir de algunas movilizaciones (poco importantes desde un punto de vista cuantitativo) de intelectuales y artistas que se han gestado y retransmitido por las redes sociales. En la protesta se han mezclado personas muy diversas, y puede que también motivaciones más legítimas con otras posiblemente sospechosas de intervencionismo exterior. Hasta se llegó a gestar un conato de diálogo entre el ministerio de Cultura y una parte de los activistas, y surgieron diferentes declaraciones y manifiestos, como el denominado Articulación plebeya a propósito de los sucesos en el Ministerio de Cultura. El debate está siendo áspero y ha puesto a prueba viejas amistades y removido a sectores de inequívoca vocación revolucionaria. Unos cuantos textos confrontados se encuentran en el dossier de la revista Sin Permiso "Republicanismo y socialismo. Un debate global desde la Cuba de ahora".

Aflora desde ángulos inesperados la inevitable tensión entre la senda republicana y los requerimientos de la defensa del socialismo. Son dos caras de la misma moneda, pero las demandas de derechos y libertades propias de la construcción de la República chocan con la necesidad de rigor excepcional y unidad inquebrantable ante la agresión externa que no termina, incluso ha crecido con el gobierno de Donald Trump. Internet llegó a la isla para quedarse, es una exigencia impostergable del pueblo cubano, culto y cosmopolita. Ahora toca, una vez más, hacer de la necesidad virtud y pensar seriamente en afrontar sensatamente las contradicciones entre los apremios de la defensa del suelo mismo de la democracia, es decir, del socialismo, y las aspiraciones de buena parte del pueblo de progreso inmediato en el programa libertador. La inserción en la red global hace más inviables que nunca los enroques y más inaplazable que nunca normalizar un orden social y político que no se tenga por qué agrietar por el mero debate de ideas, franco y abierto. El diálogo, la libertad creativa y de expresión, son conquistas básicas del republicanismo, y hay que ampliarlos todo lo que sea posible en todos los espacios que se puedan liberar de las premuras del enfrentamiento con el Imperio. Entre otras cosas porque Internet los amplía per se y el Estado cubano no se puede permitir distanciarse de los procesos reales que se desarrollan y extienden en el tejido social, que se encuentra, gracias a la red, con espacios privados que crecen tanto que se convierten, en un momento dado, en públicos. La institucionalidad cubana se ve obligada a evolucionar de diamante a junco. Porque la dureza revolucionaria, tan necesaria en muchas ocasiones, en estos tiempos difíciles se ha vuelto frágil, y aplicar esquemas anacrónicos puede llevar consigo una sensación de falsa seguridad que desemboque en perder seis décadas de lucha en un minuto de furor histórico.

Por favor, compañeras y compañeros, aprovechen su nueva constitución y toda su mano izquierda para no perder la senda, para que no perdamos todos el rumbo. Se lo rogamos desde la derrota heredada, con todas las esperanzas puestas en ustedes.