Dominio público

El liderazgo periférico de Merkel

 

CARLOS CARNICERO URABAYEN

La Unión Europea es, desde hace tiempo, el centro de referencia sobre el que construir un futuro relevante en el mundo. Actuando por separado, somos diminutos al lado de Estados Unidos, China, India o Brasil; pero unidos somos mucho más que 27 estados. Sin embargo, la crisis ha dejado al descubierto un aumento de los liderazgos nacionalistas que, lejos de facilitar una salida reforzada de la Unión, reman en sentido contrario. El mejor ejemplo es Angela Merkel. Alemania ha estado siempre en el corazón de Europa, pero su liderazgo le conduce con paso firme hacia la periferia.
El comportamiento de Merkel al inicio de la crisis griega fue sólo un anticipo. Recordemos: retrasó la aprobación del rescate hasta que se celebraron las elecciones en Renania del Norte-Westfalia. No importó que el coste del rescate y los intereses del dinero prestado fueran más altos, lo que contaba para Merkel era contar los votos. Su tactismo valió de poco: su partido perdió las elecciones.
Los rescates de Irlanda y Portugal, además de la continua lucha griega, han puesto de manifiesto el futuro incierto del euro. La crisis ha subrayado la necesidad de adaptarse a la globalización aumentando el gobierno a nivel supranacional, que en el caso del euro debe traducirse en brindar una respuesta sistémica que tape sus vías de escape. Pues bien, la negativa alemana a aceptar los eurobonos (como primer paso para un gobierno económico europeo) y su apuesta por el pacto del euro (donde prima el elemento intergubernamental sobre el supranacional) representan más un parche que verdaderas reformas. En un año con siete procesos electorales en Alemania, los pasos decisivos para salvar el euro están secuestrados por los análisis demoscópicos de Merkel.
Lejos de aprender la lección de Westfalia, la canciller ha seguido dando bandazos según sus miopes intereses nacionales. Y es que, como ha señalado Roger
Cohen, columnista del International Herald Tribune, el atributo de la previsibilidad, que ha caracterizado a Alemania desde 1945, se encuentra desaparecido.
Las crisis japonesa y Libia cogieron a la canciller en campaña electoral, esta vez en Baden-Württemberg, la más próspera (y tradicionalmente conservadora) región alemana. Tras la fuga radiactiva en Fukushima, Merkel ordenó cerrar siete centrales nucleares, cuando meses antes había decidido alargar su vida útil. Su ministro de Economía, Rainer Brüdele, off the record, despejó las dudas: el cambio obedecía a un guiño al electorado verde. Ahora la coalición ha anunciado el cierre de todas las centrales para 2022. Todo ello sin contar con la opinión de sus vecinos europeos. Puro aislacionismo.
Mención aparte requiere el esperpento libio. En un momento histórico de concierto internacional, con la decisión de intervenir en ejercicio de la "responsabilidad de proteger" a los libios frente a Gadafi, Alemania se abstuvo en la votación de la resolución 1973 en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, alineándose con los emergentes (China,
Brasil, Rusia) y separándose de sus socios europeos (Francia y Reino Unido) y de Estados Unidos.
A pesar de estas piruetas, de poco le valieron a Merkel los guiños ecopacifistas: los electores de Baden-Württemberg desplazaron del poder a los democristianos, que tras más de 50 años gobernando han dado paso a una coalición de verdes y socialdemócratas. Y algo parecido ha ocurrido en las elecciones en Bremen, donde los democristianos han quedado en tercer lugar.
El último ejemplo de populismo merkeliano ha sido la crisis del pepino, cuya gestión ha causado graves daños a los agricultores españoles. Las infundadas acusaciones de las autoridades de Hamburgo –bien acompañadas por la prensa nacional– tuvieron un tufo racista por el hecho de que las verduras pudieran venir de un país del sur. Pero Merkel permaneció callada.
Los costes del liderazgo periférico de Merkel son altos tanto para Europa como para Alemania. Su nacionalismo dificulta una victoria de la política frente a los mercados, lo que juega en contra de los países del sur, pero también de la propia Alemania; conviene recordar que los bancos alemanes son uno de los principales acreedores de deuda griega. Y en fin, el verso libre alemán en la crisis libia no ha hecho sino desdibujar la respuesta política y militar europea a dicha crisis; además no habrá una creíble política de seguridad y defensa común sin contar con una Alemania comprometida en ello.
Puede parecer injusto cargar contra Merkel por esta nueva Alemania. Como sugiere Paul Kennedy, los líderes tienen una capacidad limitada para cambiar su tiempo: heredan circunstancias históricas que condicionan su timón. Merkel tiene a sus espaldas una Alemania cada vez más normalizada, cuyas actuales generaciones se han alejado del sentimiento de culpa que heredaron tras la II Guerra Mundial. Es también cierto que los alemanes creen menos en Europa, en el euro, y que coquetean con la idea de navegar en solitario por las aguas globales. Sin embargo, por propia honestidad con sus conciudadanos, haría bien Merkel en explicarles que Alemania no será por mucho tiempo la China de Europa y que, por su dimensión e intereses, su bienestar también está asociado al del resto de sus vecinos europeos, incluidos los "derrochadores del sur".

Carlos Carnicero Urabayen es máster en Relaciones Internacionales de la UE por la London School of Economics

Ilustración de Mikel Jaso