Dominio público

El futuro no es lo que era

César Ramos

Portavoz de la Comisión de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana y diputado por Cáceres. Es ingeniero técnico industrial, máster Executive MBA por la EOI y máster en Riesgos Laborales.

Jóvenes caminan hacia su centro de estudios por una calle de Pamplona. E.P./Eduardo Sanz
Jóvenes caminan hacia su centro de estudios por una calle de Pamplona. E.P./Eduardo Sanz

No hay nada que genere tanto miedo en el ser humano como no saber qué le deparará el futuro. En mi generación hemos tenido la percepción de que nuestro futuro sería mejor que el de nuestros padres. Hoy esto ha cambiado. Nuestros jóvenes no tienen esa sensación. La percepción de una degradación paulatina en la política, las instituciones, el mundo laboral, el medioambiente, están indisolublemente asociados al pesimismo sobre el futuro que les espera.

La actual revolución tecnológica está acelerando los cambios en nuestro entorno económico y social de una forma nunca vista en la historia de la humanidad. La adaptación a estos cambios está siendo bien aprovechada por las empresas, provocando una mayor acumulación de capital y mayores beneficios, mientras que en el ámbito laboral generan desigualdad, incertidumbre y precariedad. La política está dejando huérfanos a la mayoría de los ciudadanos al no ser capaz de adaptarse y dar las respuestas adecuadas en este entorno, pareciendo a veces que renuncia a garantizar el equilibrio de intereses necesario para mantener una  cierta estabilidad social. El efecto es la desafección.

En los últimos días vemos manifestaciones protagonizadas por jóvenes en España que, con la excusa de la libertad de expresión, esconden muchos de estos miedos, frustraciones y falta de esperanza en su futuro. Esto es algo que está ocurriendo en todos los países, aunque en cada sitio el fuego que enciende la mecha es distinto. Este es el contexto ideal para el crecimiento de los populismos: Trump en EEUU, Bolsonaro en Brasil, Salvini en Italia, Vox en España, Le Pen en Francia…

Las señales son muchas, sólo hay que saber interpretarlas. También son muchos los intelectuales que alertan sobre este problema. No obstante, a veces parece que los representantes políticos centramos más nuestra atención en tratar de solventar las manifestaciones más convulsas que provocan estos cambios que en atajar sus causas profundas. Cuanto más esperemos para actuar sobre las causas, más difícil será hacerlo.

Algunas lecciones sí que parece que hemos aprendido. En Europa, al contrario de lo que se hizo en la anterior crisis económica y viendo el nefasto resultado de aquella gestión, se ha decidido actuar en la actual anteponiendo las necesidades de los ciudadanos a otro tipo de intereses. Para ello han destinado una importante cantidad de recursos a transformar la economía y el empleo, utilizando herramientas impulsadas por nuestro Gobierno, hasta ahora impensables, como la deuda mutualizada. España va a recibir un importante volumen de recursos, principalmente destinados a mejorar la eficiencia y sostenibilidad de nuestra economía. Tenemos la obligación de hacer un uso adecuado de estos recursos para mejorar nuestro futuro y el de nuestros hijos. Si no lo hacemos, dejaremos hipotecadas a muchas generaciones de europeos y sin oportunidad de rectificación.

Estos fondos deben servir para cambiar el modelo económico imponiendo otro que garantice la estabilidad futura ante los vaivenes que irremediablemente vendrán. Esto solo puede hacerse apostando por una economía verde, circular y digital, que produzca bienes y conocimiento que puedan ser exportados. Se crearán muchos puestos de trabajo cualificados, pero no debemos olvidar que todavía existe en nuestro país mucha mano de obra con menor cualificación a la que no debemos dejar desentendida. El Gobierno tiene las ideas claras sobre el destino de estos recursos. Sin embargo, después de haber mantenido personalmente muchas conversaciones en este tiempo tengo la sensación de que por parte de muchas empresas y comunidades autónomas hay más ideas que proyectos que puedan ser ejecutados bajo las premisas que se están definiendo.

En paralelo a este nuevo paradigma económico deberemos cambiar nuestro marco laboral para adaptarlo a las nuevas realidades, garantizando nuevos derechos pero con fórmulas distintas que sean capaces de hacer frente a los retos del nuevo modelo. Esto debe estar acompañado de una transformación de las administraciones públicas y de una nueva forma de entender la política que permita adelantarnos a los cambios, dar las respuestas adecuadas en el momento adecuado y hacerlo utilizando la empatía, la escucha permanente y la rendición de cuentas, sin olvidar nunca el motivo por el que nos eligieron los ciudadanos: dar soluciones a sus problemas.

Solo así podremos aspirar a que los jóvenes tengan la certeza de que podrán disfrutar de un futuro mejor o, por lo menos, igual que el que hemos disfrutado nosotros. Cuando su incertidumbre se transforme en la certeza de que entre todos tratamos de construir una sociedad mejor que comprenden, comparten y les ilusiona, serán el elemento fundamental del cambio porque, por muchos recursos de los que dispongamos, sin nuestros jóvenes no hay futuro.