Dominio público

Diez años de guerra en Siria: el campo de batalla de las grandes potencias que sólo deja sufrimiento y devastación en la población civil

Víctor Velasco

Director en Siria del Consejo Danés para los Refugiados

Estado actual de las zonas que fueron primera línea del frente en la ciudad de Homs (Siria). 24 de Noviembre de 2020. Víctor Velasco.
Estado actual de las zonas que fueron primera línea del frente en la ciudad de Homs (Siria). 24 de Noviembre de 2020. Víctor Velasco.

Siria era hasta 2011 un país próspero y con un alto nivel cultural, donde chiíes, sunníes, drusos, cristianos y alauitas convivían y se respetaban. Hasta allí viajaban ocho millones de turistas cada año, un destino soñado para los estudiantes de la lengua árabe, con un patrimonio cultural inenarrable. En Siria nacieron cinco papas, su territorio alberga la tumba de Juan Bautista, la cueva en la que Caín mató a Abel o los restos de Saladino. Era la única nación árabe con una Constitución laica, donde las mujeres tenían el mismo derecho que los hombres al acceso a la educación y la salud. Era lo que muchos llamaban la ‘Suiza de Oriente Medio’, con un PIB que situaba a su economía en el puesto 68 en el ranking de los 196 países que lo publican. Desde esa fecha, no solo ha caído en picado su patrimonio y su economía, sino que su gente sufre condiciones durísimas, está agotada y al borde del abismo, sin todavía entender por qué. No comprendo cómo los sirios pueden aún hacer gala de una hospitalidad inaudita y del buen trato que dispensan al extranjero. Cada día, en Damasco, siento bochorno por el inmerecido trato que les hemos dado.

Este 15 de marzo se cumplen diez años del inicio de la guerra en Siria, un conflicto alimentado desde varios ángulos del mapa geopolítico mundial, que arrancó con las manifestaciones de un pueblo que, contagiado por la ‘primavera árabe’ en países vecinos, se echa a la calle para pedir libertad. Aquellos acontecimientos arrancaron al inicio reacciones inmediatas y poco reflexionadas por parte de varios estados y del propio Gobierno sirio. La consecuencia es que la población se vio en el centro de un conflicto absurdo donde se han estado defendiendo, a punta de bombardeos, los intereses de otros; y dejando atrás, de lado o simplemente anulando, cualquier posibilidad del cambio político, social y económico que reclamaba la sociedad.

La guerra siria ha causado una de las crisis humanitarias más prolongadas y complejas del mundo, sin visos realistas de llegar a una solución pacífica negociada. Su larga duración se ha traducido en efectos nefastos para la gente, no solo por el número de muertos, casi cuatrocientos mil, a los que se suman más de seis millones de desplazados internos y otros cinco millones y medio de refugiados en otros países, sino que ha dejado a más del 70% de los sirios en la pobreza extrema. Los altos precios de las materias primas, la inflación y la ausencia casi total de oportunidades han agravado aún más una situación en la que hay una falta clara de acceso a los alimentos por sus altos precios y porque además escasean. Esto significa que 6,5 millones de sirios sufren inseguridad alimentaria y otros 2,5 millones corren riesgo de padecerla.

La guerra siria ha causado una de las crisis humanitarias más prolongadas y complejas del mundo, sin visos realistas de llegar a una solución pacífica negociada.

Este contexto arrastra a soluciones desesperadas para "salir adelante" como el trabajo infantil, los matrimonios precoces, la venta de activos productivos y deudas asfixiantes, que dejan a la población sin esperanza y en un estado de desesperación permanente: "Al menos uno de cada 30 sirios padecerá algún tipo de afección mental grave", según la Organización Mundial de la Salud. El desplazamiento forzado, los daños en las infraestructuras a causa de la guerra (viviendas, escuelas, hospitales, carreteras, plantas eléctricas, etc), la escasez de combustible y pan, la contaminación causada por restos de explosivos, las sanciones económicas y otras muchas razones han dejado a más de 11 millones de personas a expensas de la ayuda humanitaria a día de hoy. Si se suman hechos recientes, como la COVID-19, la crisis económica, el aumento disparatado de los precios de los alimentos y la enorme inflación, nos encontramos con un 80% de la población por debajo del umbral de pobreza.

Esta es la foto a vista de helicóptero diez años después del inicio de la guerra, datos que relatan una realidad aséptica e impersonal. Pero si hacemos zoom y entramos hoy a cualquier hogar, se le encoge el corazón al más curtido en presenciar situaciones límite. Llevo veintidós años trabajando en el sector de la ayuda humanitaria, en ONG y en la ONU, con experiencia en más de veinte países, y me cuesta contener la impotencia, me cuesta no apretar los labios ante la pasividad y negligencia de las partes que más me atañen, la Unión Europea, a la que pertenezco como ciudadano español, por su poca acción política encaminada a una solución negociada.

El sirio es desde el inicio un conflicto político, lo que se llama una guerra de ‘proxy’, es decir, aquella en la que la rivalidad entre potencias o actores externos se convierte en un conflicto interno con distintos bandos o actores pero en otro país: ‘nuestra guerra, pero en tierra de otros’. En palabras sencillas, nuestras afrentas políticas de salón se saldan en un campo de batalla ajeno, en el que los muertos, los desplazados, los refugiados, las viudas, los huérfanos, los lisiados, los hambrientos y los encarcelados los ponen otros. Por poner algunos ejemplos, nada más llegar al poder la primera respuesta militar de Biden en EEUU ha sido bombardear territorio sirio; si se celebran elecciones en Israel sufrimos sus ataques aéreos (hablo en primera persona porque esos bombardeos me despiertan por las noches); si a Erdogán le va mal en las elecciones municipales en Estambul, los turcos invaden Siria (ocurrió en 2019); y así muchos más casos.

Las sanciones son otra arma política y económica y, aunque nos aseguran que no afectan a la población civil, debo explicar que en el caso particular de la organización que dirijo en Siria, éstas han provocado que nuestra operación humanitaria se haya reducido a un 30% porque los bancos se niegan a enviar el dinero destinado a los proyectos. Esta circunstancia condenó a más de 250.000 personas a quedarse sin asistencia en 2020, pese a que la legislación estadounidense y europea contempla que la ayuda humanitaria está exenta de las sanciones.

No voy a negar que algunos estados han querido hacer esfuerzos leves, tímidos e incapaces todavía de darle la vuelta a la situación.
En dos semanas se celebrará la Conferencias de Bruselas, evento que se ha convertido a lo largo de los años en una oportunidad para reafirmar el apoyo continuo de la comunidad internacional a la ONU para encontrar una solución política negociada al conflicto sirio, de acuerdo con la Resolución 2254 del Consejo de Seguridad, también para buscar más apoyo financiero que ayude a satisfacer las necesidades de los sirios y sus comunidades de acogida, y para continuar y profundizar el diálogo con la sociedad civil.

Con las sanciones, que se escudan en castigar al régimen sirio, la comunidad internacional está generando un sufrimiento atroz y desmedido en la población siria; y, así, desde la brevedad de este artículo, le pido que ponga en marcha verdaderas medidas políticas para que el pueblo sirio pueda decidir su futuro, que se abran vías de consenso y democráticas encaminadas a definir una agenda social, política y económica. Una población hambrienta y denostada tras diez años de guerra lo que pide es pan. Si permitimos que sus necesidades básicas estén cubiertas lo que pedirá no será otra cosa que la preciada libertad, que es como empezó todo. Espero que no repitamos el error de nuevo. Mientras tanto los sirios siguen preguntándose si nadie les va a defender de esta incomprensible calamidad.