Dominio público

Dilemas alrededor del 15-M

Ángel Calle Collado

Participa en Córdoba-Toma la Plaza y es profesor de Sociología de la Universidad de Córdoba

Ilustración de Jordi Duró

Diferentes pasos, misma marcha". Así rezan algunos de los carteles que acompañan a los indignados y las indignadas que llegan a Madrid. El 15-M viene poniendo sobre la mesa una sinfonía marcada por tres grandes instrumentos: las convocatorias mediáticas de la red Democracia Real Ya; las iniciativas de sectores más juveniles de Toma la Plaza que nutren acampadas o paralizaciones de desahucios; y las propuestas de coordinadoras de barrios en las que se encuentran viejas formas de trabajo comunitario con nuevas formas de entender lo político, lo cotidiano.
Sobre estos instrumentos, que hoy funcionan con solidaridad y respeto hacia sus diversidades, se encienden otros pasos, como los que hoy se dan cita en Madrid. Pero la marcha es la misma. Esa gran marcha del 15-M puede ser vista como una apuesta por una transición social 30 años después de la transición de las élites, donde la democracia se asentó de forma algo desmemoriada y tendente a satisfacer los ajustes estructurales que, por entonces, los grandes capitales demandaron a través de los Pactos de la Moncloa. El 15-M representa ante todo una crítica social de la democracia occidental que está derivando en regulaciones autoritarias y excluyentes. Inaugura un nuevo ciclo político tanto para la sociedad como para las estructuras de representación siguiendo la estela de los nuevos movimientos globales.
En particular, al mover las aguas políticas de la sociedad, el 15-M zarandea a la izquierda institucional. En los ochenta, frente a las movilizaciones contra la entrada en la OTAN, esta izquierda intentaría configurar puentes sociales a través de la creación de Izquierda Unida. El PSOE, por su parte, iniciaba en los noventa su desmarque de la socialdemocracia, sellando un matrimonio neoliberal a partir de Solbes, como recuerda Vicenç Navarro en el análisis de las causas del subdesarrollo social de España. La calle no estaba huérfana, y desde los noventa el "lo llaman democracia y no lo es" comenzaba a germinar en hitos puntuales como los acaecidos en 1994: acampadas por el 0,7% de Ayuda al Desarrollo y la campaña 50 Años Bastan frente al Banco Mundial. Posteriormente, la crítica a la Europa de Maastricht daba paso a una socialización juvenil en lo que se denominaron las protestas "antiglobalización". La izquierda política, minoritaria en las instituciones o fuera de ellas, apostaba fuerte en estas movilizaciones: cumbres alternativas y foros sociales. Por su parte, el PSOE disfrutaba del acceso a los grandes medios, y de ahí convocatorias de cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas, como es el caso de las manifestaciones frente a la guerra de Irak con el Partido Popular en el poder (otra cosa ha sido la guerra de Afganistán).
El escenario ha cambiado radicalmente. En primer lugar, el 15-M viene a desgastar la hegemonía social del PSOE: las críticas a la Unión Europea o a la falta de democracia pueden dirigirse ya a las mayorías de manera más directa (lo que no asegura que se lleguen a conquistar sus corazones y sus cabezas). Además, disminuye la eficacia del "voto del miedo": muchas y muchos de quienes habitan el 15-M no tienen ya fácil acceso a casa o viven en hogares fuertemente endeudados, por lo que no parecen estar llamados a ser parte de estos "caladeros electorales".
Por otro lado, la izquierda más clásica, como IU, y quizás a excepción de determinados sectores más juveniles, le cuesta conectar electoralmente con estas nuevas sensibilidades, las cuales se enredan más en la politización desde abajo y en la diversidad, que en las recetas verticalistas y prefabricadas en torno a un márketing electoral. Por similares razones y por atender de forma vaga a las crisis de un capitalismo depredador que se potenciarán con el declive de la energía fósil en una década (Ramón Fernández Durán dixit), el voto ambientalista que propugna Equo tiene sus limitaciones para arraigar en el 15-M. Y el perfil más social y transformador, presente en países como Francia y Portugal, que aquí podrían representar iniciativas como Izquierda Anticapitalista, aún está distanciado de la experimentación de una política institucional como proceso de base, reformulable en sus programas, en sus representantes y atenta al juego desde lo local, desde democracias emergentes y no prediseñadas. Por todo ello, las apuestas de articulación sobre la base de conseguir una "marca de izquierda" no moverán al 15-M en su conjunto, aunque sí a algunas de sus corrientes que demandan cambios inmediatos, aunque sean superficiales. Internet amplifica la construcción de democracias emergentes, pero no es un instrumento que pueda nutrir per se otras búsquedas políticas.
Pero a su vez, el 15-M no escapa del juego de los propios dilemas que este espacio mueve. En tanto que fenómeno emergente y reticular: ¿cómo construir coordinaciones fluidas y solidarias entre los diversos espacios que lo componen? ¿Cómo conducir las presiones internas (culturas más vanguardistas) y externas (medios y partidos) para que no desgasten la horizontalidad y porosidad del proceso 15-M? ¿Cómo incorporar dinámicas y temáticas concretas que ayuden a mantener la tensión activista desde las demandas entrecruzadas de democracia participativa y democracia desde abajo? Y dado que la política es también articulación: ¿qué relaciones se deben mantener con las "viejas formas" y las organizaciones simpatizantes? ¿Cómo saltar, por ejemplo, de las plazas a los lugares de trabajo? ¿Qué decir de cuestiones de poder global como la deuda externa o el cambio climático? Dilemas, escasamente metafísicos, del nuevo ciclo político que impulsa el 15-M.