Dominio público

La izquierda enjaulada

Andrés Perelló

 

Andrés Perelló
Diputado del PSOE
Ilustración por Jordi Duró

Caído el Muro de Berlín, y descubierto el gran vacío que se abría en los países de la órbita soviética, la izquierda democrática expresó su satisfacción al ver confirmado que la igualdad sin libertad era insostenible. Pero la derecha, en lugar de satisfacción, mostró su disposición a apedrear con los cascotes del muro a todo lo que, a su juicio, pudiera tener alguna proximidad con los regímenes del Este. Y, por supuesto, el socialismo democrático no era para esa derecha más que una vertiente del comunismo con el que alguna vez tuvo que pactar por temor a las amenazas procedentes del otro lado del muro. Posteriormente cayó otro muro, el de Wall Street. Y otra vez la derecha salió a apedrear con los cascotes, como si los culpables del fracaso del capitalismo especulador fueran los socialistas, en vez de los cachorros de las familias más elitistas del mundo instalados en los consejos de administración de los grandes bancos y corporaciones financieras, ávidos de riqueza rápida y carentes de cualquier escrúpulo a la hora de alcanzarla.

Poderes mediáticos, agencias de calificación, partidos de la derecha, todos ellos en perfecta sintonía no siempre bien disimulada, han logrado ir haciendo retroceder a la izquierda socialdemócrata hasta meterla en una jaula. A ello han colaborado los inventos de las terceras vías, los discursos de imitación del neoliberalismo, las escasas ganas de combatir y la funcionarización de la política a la que nos han conducido algunos líderes socialdemócratas europeos, alejándonos de nuestros aliados naturales en la sociedad que, desencantados, han ido desertando por millones del apoyo electoral al proyecto socialista.
Creer que imitando a la derecha en nuestros comportamientos internos y en algunas de nuestras políticas –supresión de impuestos de patrimonio, condescendencia con jerarquías eclesiásticas, empresariales y financieras, por citar algunas– iba a darnos los mismos rendimientos que a los partidos conservadores era, más que un error notable, una negligencia política propia de novatos.
Cuando un gobierno de izquierdas, por la razón que sea, aplica políticas neoliberales y dice que en esta coyuntura son "las únicas posibles", los progresistas tienden a pensar que, de ser así, lo mejor es que esas políticas las hagan lo neoliberales, y que, cuando sean posibles las políticas progresistas, ya votarán a la izquierda. No vale ya pedir el voto para "ocupar el poder" si se va a hacer lo mismo que haría un partido de derechas. Hay que apuntar maneras, antes y durante el periodo de gobierno. En la era de la comunicación, las redes sociales, y la transparencia, no se pueden tener modelos de partidos contradictorios con lo que se quiere para la sociedad. Sí importa, y mucho, por ejemplo, cómo funciona la democracia interna en un partido, porque permite configurarse una idea sobre cómo trabajará con la democracia externa, o qué valor tiene la participación de los militantes en la modelación del proyecto político.
Estos temas están en el sustrato de las demandas que amplios sectores sociales, sobre todo jóvenes, plantean en calles y plazas. Muchos ciudadanos no ven con claridad que, con su actual funcionamiento, los partidos políticos puedan serles útiles, sobre todo los de izquierdas, a los que piden más y en los que desde hace muchos años no se produce un debate profundo desde las bases. En esas organizaciones, las tomas de decisión en asuntos vitales se concentran en muy pocas manos. Las asambleas y congresos no pasan mucho más allá de seleccionar liderazgos, unas veces con más fortuna que otras. Las élites dirigentes, y sus equipos de asesores y mercadotecnia, se encargan del resto.
No hay salida posible de la jaula si quienes han de abrir la puerta son los que están fuera, mirándonos desde calles y plazas, y no ven que el rearme ideológico va en serio, que existe el compromiso de encontrar políticas alternativas a las dictadas por los mercados y las derechas europeas, apalancadas en unas instituciones que utilizan para la consecución de sus fines como nunca lo hizo la izquierda socialdemócrata. Habrá que dar muchas evidencias de cambio y compromiso para conseguir la complicidad electoral de quienes hoy están fuera de la jaula.
Democracia participativa, reforma de la Ley Electoral, tasa financiera, dación de la vivienda en pago, rechazo a un Pacto del Euro carente de compromiso social, reparto del trabajo, impuestos al patrimonio y al capital especulativo, transparencia institucional, refuerzo de las libertades religiosas, de expresión, de circulación; defensa de los servicios públicos esenciales: sanidad, educación y servicios sociales; renta básica de ciudadanía, políticas efectivas de igualdad, incremento de becas y medidas de fomento del empleo juvenil, revisión de la política nuclear, lucha contra el cambio climático... Medidas de este tipo han de volver a ser compromisos claros, definidos y defendidos por todos los partidos socialistas y socialdemócratas europeos, desde la oposición y desde el Gobierno.
Nos corresponde dar ejemplo a quienes hemos decidido ser vanguardia, por militar en partidos políticos, más aún si administramos cargos públicos. Si nuestro destino es convertirnos en ujieres de la política al servicio de los mercados, es mejor que lo dejemos. De lo contrario, nadie abrirá la puerta de la jaula desde fuera para que la izquierda salga, ocupe el poder, transforme lo que queda pendiente y detenga las regresiones, ya demasiadas, a las que las derechas económica, financiera, mediática y política nos han llevado. Quien no esté dispuesto a asumir este reto, haría bien en dar un paso atrás o cambiar de acera. En la de la derecha seguramente encontrará triunfos y éxito.