Dominio público

Alguna vez lloraste en el trabajo

Lloraste. Sé que alguna vez lloraste en el trabajo. Cuando levantaste el teclado del ordenador y descubriste el folio del resumen del día. Al lado de tu nombre completo aparecía una carita triste pintada con rotulador rojo. La carita iba acompañada de una flecha que señalaba la cifra de tu índice de venta de la jornada anterior. Era una cifra mala. Muy mala, casi negativa. Sé que te agarró una angustia como un bimbo de perro, un perro negro que te chasquilló las tripas y las devolvió luego delante de ti. Mira, estas son las tripas tuyas, ahora intenta taparlas, echarles serrín, hacer como si nadie se estuviera dando cuenta de que no te puedes aguantar las ganas de llorar, igual que una niña de primaria que se acaba de salir de la raya del dibujo.

Sé que pusiste cara de papa vieja delante de la gente. Que tuviste que bajar corriendo al baño. Que pronunciaste una frase ininteligible con los labios pegados. Que dejaste a cargo de la tienda a una clienta que aparecía dos veces en semana para repetirte a qué actrices del Hollywood clásico te parecías. Sé que te encerraste sentada sobre la taza del váter y que empezaste a llorar suavito. Suave y con una pequeña convulsión en los hombros. Que abriste el grifo como cuando no querías que te escucharan cagando. Que preferías estar cagando que llorando en ese momento, pero que la mayoría de veces no podemos elegir qué cosas expulsamos de los cuerpos nuestros. Tus ojos lagrimosos se fijaron en los moños abandonados en la última balda del mueble del papel higiénico. Moños de antiguas compañeras de trabajo con las que te podías haber llamado churra, flor o putita, pero que jamás conociste. Compañeras que se lavaban las manos y la cara con el mismo jaboncillo de almendras baboso y enmohecido con el que tú te lavabas antes de marcharte. Chicas como tú, que también, como tú, tenían que demostrar cada segundo de sus vidas que merecían pisar ese suelo todo pegotiado de barro de los zapatos de las clientas.

Y que antes de volver al mostrador te quedaste un rato detrás de la puerta del almacén observando las fotocopias raídas y amarillentas del plan de acción del verano 2018. Estampados marineros, mucho blanco, mucho bandeau y seretas de mimbre —te encantaba el tacto de las seretas de mimbre—. También aprovechaste para repasar por última vez el esquema Bikinis para cada tipo de cuerpo. El cuerpo pera siempre te costaba mucho y te repetiste cinco veces seguidas pecho-estrecho-caderas-anchas, para ya más nunca olvidarlo. Sé que lloraste ese día. Sé que pensaste que si alguien te hubiese dicho a su tiempo que tu cuerpo era de tipo rectangular las cosas hubiesen sido mejores. Hubieses sabido cómo resaltar las caderas utilizando colores fosforescentes y lazos en la braga del bikini. Entonces ya nadie hubiese pensado: ay, dios mío, miren a la chica esa, qué cuerpo más rectangular, ¿no le da vergüenza parecer un rectángulo?

Pero no fue el único día. También lloraste cuando te pidieron evaluar el desempeño de tu compañera recién llegada y la echaron al día siguiente. Tú dijiste cosas buenas; que era proactiva y sabía cómo tratar a las clientas, pero igual la mandaron a freír chuchangas. Su nombre aparecía tachado en el folio del resumen del día y, aunque casi no sabías casi nada de ella, lloraste delante de la señora esa con el pelo rojo que siempre te compraba una tercera prenda. Esa señora que volvía del mercado con un montón de pescado fresco que se trasparentaba a través de la bolsa plástica. La misma bolsa con la que, de cuando en cuando, te rozaba el pantalón negro del uniforme, mientras te chillaba que lo que a ella le gustaban eran las camisillas lenceras sin encaje, porque las labradas le hacían rozaduras en los sobacos y ya después no había cuerpo que aguantase el escozor.

Lloraste. Lloraste porque solo te quedaba la opción de fingir que te importaba de verdad lo que te estaba diciendo, lo que estabas haciendo, el papel que estabas representando. Porque, cuando tu cabeza empezaba a decirte que todo era una pollabobada, una cosa sin sentido, un cernícalo descomunal atravesaba los cielos como una lanza y venía a posarse sobre la parte alta de tu cuello. Ese cernícalo te picoteaba las vértebras hasta arrebatarte por completo la capacidad de decir buenos-días-la-puedo-ayudar-en-alguna-cosita y ya solo querías gritar señora, váyase, déjeme llorar tranquila mi pérdida, no quiero saber más nada de los picores suyos. Lloraste. Lloraste porque, aunque siempre te dijeron que la vida personal y los estados de humor no podían entrar de la tienda para adentro, el trabajo y los números y la tasa de transformación cada vez penetraban más en tu vida; como una especie de sombrilla con estampado de Seven Up que se va hundiendo en la arena hasta ser absorbida por completo, hasta que ya no se sabe más dónde empieza la sombrilla y dónde acaba la playa.