Dominio público

La receta de Pizarro

Isaac Rosa

ISAAC ROSA

03-17.jpgTal vez Manuel Pizarro, el fichaje estrella del PP, dedique la Semana Santa a meditar sobre su futuro político, desencantado por una derrota que mancha su triunfante biografía. Esperemos que sus compañeros de partido no le dejen marchar, pues su experiencia empresarial podría ser muy útil en momentos como éstos, cuando el partido necesita salir del bache con un nuevo impulso. Bastaría hacer una sencilla operación de reciclaje con Pizarro: si le habían fichado para que, como ministro, gobernase la economía nacional como se gestiona una gran compañía, ahora puede aplicar sus habilidades para salvar al PP, a la manera en que los buenos gestores salvan las empresas en crisis. Sería además una buena oportunidad para que los partidarios de la privatización urbi et orbe probasen su propia medicina. Se trataría de reorganizar el Partido Popular a la manera en que lo haría, no un partido que quiere ganar las elecciones, sino una empresa que quiere conquistar el mercado.

Para empezar, Pizarro debería tranquilizar a los accionistas: hacen falta medidas drásticas, pero no dramáticas. Nada de declararse en quiebra ni liquidar el negocio. Estamos ante una empresa que, si bien no es la primera de su sector, ha conseguido mantener sus resultados, e incluso aumentarlos ligeramente, demostrando además una fidelización de su clientela envidiable: contra viento y marea, sus diez millones de consumidores no cambian de producto por muchos descuentos que les ofrezca la competencia. En este sentido, tampoco deben cambiar la marca, que está más que consolidada en el mercado.

De entrada, el cirujano Pizarro propondría un buen recorte de plantilla, que es lo primero que hace cualquier empresa cuando sus beneficios menguan o no aumentan bastante: un expediente de regulación de empleo brutal, sin compasión, que ponga en la calle a todo el que sea una carga para la empresa. Quien no salte voluntariamente por la borda, a la manera de Zaplana, será invitado a una jubilación anticipada y, en caso de negarse, será acosado laboralmente hasta que se vaya, o despedido sin miramientos: imagínense a Acebes llegando una mañana a su despacho y encontrándose que le han cambiado la cerradura y han desalojado su mesa, sin aviso previo.

El siguiente paso sería hacer un inventario a fondo del almacén, para revisar la mercancía existente. Hay que apartar los productos defectuosos y caducados, sobre todo los que tienen más de 30 años de antigüedad, que alguno queda todavía, y
de vez en cuando llega por descuido a las tiendas y da muy mala imagen. Los productos de importación que funcionan en otros países pero que no seducen todavía al consumidor español, como el rechazo a la inmigración o el alarmismo con la inseguridad ciudadana, sean igualmente arrumbados. En cuanto a la mercancía pasada de moda, si no puede reciclarse y actualizarse, véndase barata en la primera oportunidad que tengan, en una de esas elecciones inofensivas que funcionan a manera de outlet, por ejemplo unas europeas.

Después, siguiendo el exitoso know-how de Pizarro, habría que revisar la relación con los proveedores de materias primas, sobre todo aquéllos que llevan años entregando materiales caros y obsoletos que, si bien gustan a una parte de los consumidores, son rechazados por la mayoría: entre los proveedores con los que la empresa debería romper relaciones, están por supuesto la FAES, la Conferencia Episcopal o la AVT.

Una vez despejados los anteriores puntos, cualquier empresa en crisis se concentraría en estudiar bien su estrategia de ventas: observar qué tipo de productos funcionan y cuáles no, atendiendo además a las diferencias de aceptación en los mercados locales. Por ejemplo, el discurso españolista se vende bastante bien en la meseta, pero fracasa en Catalunya y otras comunidades periféricas. En el caso catalán, además, el producto "defensa del castellano", que se intentó poner de moda la pasada temporada, ha demostrado ser una mala inversión, por lo que sería aconsejable su retirada inmediata, a la manera de esos juguetes defectuosos que los fabricantes recogen, para lo que sería aconsejable no sólo el reembolso, sino incluso una indemnización por los daños causados. Pasa lo mismo con la publicidad agresiva: puede ser un buen gancho para una parte de los consumidores, pero espanta a muchos otros. Así que convendría abandonar el discurso apocalíptico, pues con el tiempo acabará por cansar hasta al cliente más fidelizado.

En relación con lo anterior, las enseñanzas de gestión empresarial de Pizarro aconsejarían revisar el funcionamiento de la red de ventas. Habría que eliminar aquellos equipos comerciales que no sólo no han conseguido incrementar sus ventas en el último ejercicio, sino que además perjudican la imagen de marca. Los primeros en ser despedidos deberían ser todos esos periodistas y tertulianos belicosos, los Jiménez Losantos, César Vidal, Pedro Jota y compañía, que podrían merecer incluso un despido disciplinario, acusados de favorecer a la competencia. El mismo camino deberían seguir los portavoces parlamentarios bocazas, los chistosos y los metepatas, así como los presidentes de diputación acusados de corrupción, y los diversos cargos municipales y autonómicos que con sus palabras y obras han asustado a muchos de los electores. Puestos a revisar la red comercial, habría que relevar al jefe de ventas, Mariano Rajoy, pues en ninguna empresa conceden segundas oportunidades. Si uno fracasa, se va a la calle sin más.

Éstas y otras medidas –reforzar, por ejemplo, la obra social y cultural, muy descuidada hasta ahora y que siempre ayuda a mejorar la imagen– podrían ser recetadas por Manuel Pizarro. Está en la mano de los populares que sepan aprovechar las enseñanzas del gran hombre.

Isaac Rosa es escritor. Su último libro es ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!

Ilustración de Javier Olivares