Dominio público

Sin rencor. Con esperanza

Toda historia tiene un principio y un final. Permítanme que hoy me salte las normas de la narrativa e inicie mi relato por su desenlace. Yo, Maribel Mora, diputada de Adelante por la circunscripción de Sevilla en el Parlamento de Andalucía, he tomado la decisión de abandonar el grupo parlamentario del que hasta ahora formaba parte y pasar al grupo de no adscritos, donde se encuentran  Teresa Rodríguez y los otros ocho compañeros y compañeras que hace ya nueve meses fueron expulsados.

Y, ahora, les ruego que me permitan hacer una nueva pirueta y llevar esta historia hasta su más remoto comienzo. En mi caso, se remonta más de 25 años atrás, cuando inicié mi militancia política en una organización de la que llegué a ser coordinadora y cuyo objetivo fundamental era y es la defensa de los Derechos Humanos en Andalucía. Durante más de dos décadas, siempre desde el ámbito de los colectivos y movimientos sociales, he trabajado por la defensa de los derechos de los colectivos más vulnerables e invisibilizados: presos y presas, migrantes, personas sin hogar, mujeres en situación de prostitución. Esa fue la escuela en la que se forjaron tanto mis convicciones como mi manera de entender la política.

Mi vida, sin embargo, experimentó un cambio significativo en 2015. Un buen día recibí la llamada telefónica de Teresa Rodríguez, quien me planteaba la posibilidad de ser designada senadora en representación de Andalucía. No fue una decisión fácil, pero acepté aquel reto con la convicción de que desde aquel escaño en Madrid podía seguir luchando por aquello por lo que siempre había luchado: la defensa de los colectivos más invisibilizados y de las personas en situación de mayor vulnerabilidad. Y así fue como me convertí en la primera representante de Podemos en las Cortes Generales, pues, cuando tomé posesión de mi acta como senadora, las elecciones que llevarían al Congreso a figuras tan conocidas como Pablo Iglesias o Íñigo Errejón aún no habían sido ni siquiera convocadas.

Nunca, y mucho menos en aquel entonces, oculté a nadie mi condición de andalucista y soberanista convencida, como tampoco supuso para mí una contradicción mayúscula formar parte de un proyecto como Podemos, que no solo reivindicaba la plurinacionalidad del Estado, sino que aspiraba en sus inicios a remover los cimientos mismos del régimen del 78.


No di el salto a la política institucional siendo una ilusa, pues siempre fui plenamente consciente de las enormes contradicciones que habría de enfrentar. No obstante, desde 2015 hasta finales de 2018 ejercí como portavoz adjunta de Unidas Podemos en el Senado y he de decir que me siento muy orgullosa de la labor realizada junto a mis compañeros y compañeras de grupo parlamentario. No fui la mejor oradora ni probablemente la parlamentaria más brillante, pero nunca desfallecí en la defensa de los colectivos más invisibles y vulnerables e incluso la Asociación de la Prensa llegó a reconocer mi trabajo con dos nominaciones consecutivas a senadora del año.

Mi conciencia andalucista me llevó a cambiar aquel escaño para formar parte de la coalición Adelante a las elecciones autonómicas de 2018. Aquel proyecto político defendía en su preámbulo "construir un proyecto endógeno que participe en la refundación del Estado" y que nos llevara al "autogobierno", lo que implicaba necesariamente "soberanía alimentaria, energética, ambiental, identitaria, política y territorial para Andalucía".  Podemos e Izquierda Unida se encuentran ahora mismo en las antípodas de ese objetivo.

 Como todos y todas ustedes ya sabrán de sobra también, Adelante Andalucía saltó por los aires en octubre de 2020, cuando  las direcciones de  Izquierda Unida y Podemos se aliaron con PSOE, Ciudadanos, PP y Vox para expulsar de nuestro grupo parlamentario a Teresa Rodríguez, quien se encontraba además en plena baja por maternidad. Junto a Tere fueron expulsadas otras ocho diputadas y diputados más. A mí, no obstante, no me expulsaron.

Desde el primer momento, con el respeto y la educación con las que siempre he obrado en política, manifesté mi absoluta disconformidad con aquella operación política. Y, a cambio, lo que obtuve fueron un cúmulo de presiones que nunca comprendí si tenían como objetivo forzarme a abandonar mis convicciones o si, como finalmente ha sucedido, su intención era hacer que abandonara por mi propio pie el grupo parlamentario. En cualquier caso, entonces creí que lo más oportuno era seguir haciendo aquello por lo que un día di el paso a la política institucional: trabajar por la justicia social y, sobre todo, por los y las más invisibles.

Estos últimos 8 meses han sido muy duros para mí, tanto en el plano político como también en el personal. No quiero con estas líneas hacer sangre ni explayarme en los malos momentos que he vivido recientemente, pero considero que, para que se entienda el proceso que he vivido y la decisión que he tomado, es absolutamente necesario explicar qué es lo que ha sucedido desde octubre de 2020 hasta el día de hoy.

Tan solo un día después de la expulsión de Teresa Rodríguez se me destituyó como vocal en la Mesa del Parlamento. También se me destituyó inmediatamente como portavoz de las comisiones en las que venía trabajando desde que fui elegida y, como cualquiera de ustedes puede comprobar en el diario de sesiones, desde entonces se me ha impedido intervenir en el Pleno del Parlamento Andaluz.  Yo, en cambio, durante todos estos meses he seguido reuniéndome con colectivos y asociaciones y he seguido elaborando iniciativas parlamentarias para defender sus derechos. Y en el pequeño espacio de trabajo que me dejaban, en algunas comisiones, he seguido defendiendo esas propuestas. Sin embargo, todas y cada una de ellas han sido bloqueadas por mi propio grupo parlamentario y no he podido defenderlas en el Pleno de la Cámara. Cuando he pedido explicaciones y directamente he preguntado por qué se bloqueaba mi trabajo, ¿saben ustedes qué respuesta me dieron la primera vez? Pues que era... "un castigo".

Durante todos estos meses he vivido situaciones desagradables que, como he comentado antes, me han dolido en lo político, pero también en lo personal. He sufrido el vacío, el desprecio y la voluntad permanente de aislarme e invisibilizarme. Permítanme que les cuente una pequeña anécdota, tal vez irrelevante, pero que creo refleja perfectamente el ambiente cotidiano que hemos padecido. Sucedía una mañana cualquiera de estas últimas semanas, cuando en la cafetería del Parlamento me había pedido un café y me acercaba a la mesa donde desayunaba uno de los trabajadores del grupo parlamentario. Lo primero fue su cara de desconcierto y después vinieron unas palabras que me helaron la sangre:

-"Maribel, prefiero que no te sientes conmigo y que busques otro sitio".

Han sido ocho meses en los que se me ha intentado silenciar políticamente, en los que se ha bloqueado mi trabajo . Y, sin embargo... ¿saben ustedes qué? La razón fundamental por la que he tomado la decisión de no formar parte del nuevo grupo parlamentario de Unidas Podemos por Andalucía es que las contradicciones me superan. Para mí, que siempre he luchado por los derechos de las personas migrantes, es inconcebible que el Gobierno aún practique devoluciones en caliente, que se siga encerrando a personas que no han cometido delito alguno en los CIEs, que no cesen las redadas por perfil racial y que no cese el maltrato institucional al colectivo. Para mí, que he dedicado años de mi vida trabajando por los derechos de las personas presas, es inasumible que se siga vulnerando el derecho a una asistencia sanitaria adecuada para este colectivo y que aún se toleren procedimientos de tortura en los centros penitenciarios. Y, sobre todo, para mí, que soy una andalucista y una soberanista convencida, es imposible seguir vinculada a un proyecto que, por entrar a formar parte de un gobierno de coalición con el PSOE, ha renunciado a su espíritu transformador inicial y que, además, ubica a Andalucía en una posición subalterna. Cuando hace tres años me presenté en las listas de Adelante formaba parte de un proyecto que ponía en el centro de todas las decisiones a Andalucía. Y, como sigo fiel a las premisas bajo las que un día fui votada por miles de andaluces y andaluzas, he de abandonar el grupo parlamentario del que había formado parte hasta ahora y que, por cambiar, tanto ha cambiado que en próximas fechas cambiará incluso de nombre.

Pero no quiero que el sinsabor de estos meses pueda borrar los muchos y muy buenos momentos que he vivido durante estos últimos años. En Podemos he conocido a gente maravillosa y de la que he podido aprender muchísimo. Muchas de esas personas, la mayoría probablemente, ya no forman parte de Podemos. Otros y otras, en cambio, sí. Quiero mandarles, a todas y cada una de ellas, el más fuerte de los abrazos, reafirmándome en las mismas convicciones que un día me llevaron a participar en la política institucional y con la seguridad de que más temprano que tarde nos volveremos a encontrar en el camino. Y, como decía el poeta: caminante, son tus huellas el camino y nada más. Sin rencor. Con esperanza. Adelante.