Dominio público

No tengo vacaciones

Andrea Fdez. Benéitez

Diputada del PSOE en el Congreso

Con la llegada del verano siempre he observado un fenómeno en todos los entornos laborales por los que he pasado: la reticencia hacia las vacaciones. Tengo la sensación de que en España -quizás contra lo que pueda pensarse- existe una suerte de culto al trabajo que nos impide decir abiertamente que vamos a descansar, que lo necesitamos o incluso que lo merecemos. Son habituales los comentarios como: me voy cuatro días de nada que esto no se puede quedar solo o: no, si yo no me voy e incluso un listado de alusiones a estar disponible por teléfono o tener el portátil cerca para cualquier gestión. En este tipo de frases hay un trasfondo de búsqueda de aceptación e incluso un punto de demostración de esfuerzo. Supongo que quien hace este tipo de asertos normalmente quiere expresar que es un buen trabajador comprometido. Se trata de una construcción cultural de la que participamos la gran mayoría porque todos sabemos que no hay nada más despreciable que ser un flojo y que, de serlo, seremos merecedores de castigos que van del cuchicheo de pasillo al despido.

Más allá de valorar el reparto del descanso en las empresas o administraciones públicas, creo que la concepción del trabajo asalariado merece un par de reflexiones importantes. La primera, que trabajar muchas horas no es necesariamente bueno porque el mercado de trabajo en la actualidad vincula la productividad a la eficiencia y la eficacia más que al tiempo -es decir, el objetivo normalmente es ejecutar unas labores determinadas, no estar en ello durante muchas horas porque no reporta necesariamente más beneficios o ventajas-. La segunda tiene más que ver con la poca atención que recibe el descanso. En tanto que somos seres humanos, nuestra capacidad para desarrollar tareas está relacionada con la calidad de vida: parar, aburrirse, no hacer nada, comer de forma equilibrada, pasear al aire o ser queridos por nuestro entorno  son elementos necesarios para que podamos desenvolvernos con normalidad a lo largo de la vida.

Evidentemente, nuestra forma de estar en el mundo no solo está condicionada por el trabajo, sino que este forma parte de un contexto concreto que no favorece el desarrollo de categorías vitales como las que he enunciado. Además, hablamos de un momento histórico marcado por la creciente desigualdad que fomenta la competitividad por razones de supervivencia. Diría que nuestra escala de valores ha pasado a estar determinada por la siguiente premisa: todo es bueno o legítimo si nos hace sentir bien, puede producirse y, en consecuencia, comprarse. Supongo que es algo que ya está ampliamente explicado, en cualquier caso, hay un punto común que me resulta interesante y es que, desde la tenencia de un empleo hasta el ocio, lo elemental es el hacer;  la actividad.

Todo ello nos da pistas de la construcción ideológica que existe entorno a la producción y al consumo, del premio al rendimiento y el castigo a la inactividad. Quiero decir que apenas existe resistencia o reflexión colectiva sobre los límites del trabajo porque los marcos ideológicos se han movido hacia valorar la productividad en sí misma como lo mejor, lo deseable. Hace no mucho leía algo del sociólogo Vigarello, se trata de Historia de la fatiga, una obra que desarrolla la idea de que estados como el cansancio están determinados por la dimensión temporal, es decir, adoptan un significado distinto en función del contexto histórico. Parece ser que la percepción de los síntomas, las causas e incluso las posibles soluciones que podían darse al cansancio han ido variando a lo largo de la historia y lo más sorprendente: también ha tenido consideraciones diferentes en función del género. El agotamiento de las mujeres apenas se ha valorado frente al de los hombres, que ha sido el que se ha usado -como siempre- a modo de representación de lo neutro.

Pues bien, creo que todo esto entronca con el debate sobre la salud mental. He ido muchas veces a lo largo de mi vida a consultas de psicología y creo que me han ayudado mucho. Sin embargo, hay algunas reflexiones más allá que tiene que ver, como decía, con la ideología que define nuestra organización social y con los valores que nos construyen como comunidad. Ninguna vida puede ser plena si su razón fundamental es el rendimiento, el placer efímero o el desarrollo individual. Tampoco despreciando las raíces, lo trascendente o lo real. Quizás por todo eso sería importante hacer un alegato a favor de un pasado donde la democracia se construyó reivindicando la necesidad de descanso, las jornadas laborales limitadas o el derecho a irte de tu centro de trabajo sin que nadie te hiciera portador de una gamella en forma de smartphone durante tus vacaciones.

En resumen, aprovecho este espacio en julio para recordarte que el aburrimiento y la pausa son las bases de algo tan importante como la creatividad, el razonamiento o el pensamiento crítico. Descansar y disponer de tiempo es profundamente político y, más que una cuestión de salud, es un derecho laboral imprescindible para una vida digna.