Dominio público

Ya tenemos (aún) más ciencia sobre el cambio climático… ¿y ahora qué?

Isabel Moreno

Física y meteoróloga. @isabelisamoren

Un parque eólico junto a un campo de girasoles en las afueras de Ulyanovsk, Rusia. REUTERS/Maxim Shemetov
Un parque eólico junto a un campo de girasoles en las afueras de Ulyanovsk, Rusia. REUTERS/Maxim Shemetov

Este lunes 9 de agosto se ha publicado parte del 6º informe del IPCC, la contribución del primer grupo de trabajo dedicada a las bases físicas del cambio climático. Un informe que nos ha dejado titulares como este: el cambio climático está afectando ya a todos los lugares de la Tierra de algún modo u otro. Es algo que podemos asegurar, puesto que estos informes nacen del análisis de miles de estudios y de un consenso que no se observa en ninguna otra rama de la ciencia.

Este 6º informe sobre las bases físicas muestra la imagen más clara de esta situación hasta la fecha y un futuro que puede ser crítico: de seguir al ritmo de emisión actual, el límite del Acuerdo de París que pretendía limitar el aumento de temperatura en 2ºC para 2100, se alcanzará a mediados de este siglo.

Las evidencias y el consenso son abrumadores. La ciencia es clara. Aún más clara podríamos decir, porque en realidad este problema se conoce desde hace décadas. ¿Y ahora qué? Pues ahora queda lo más difícil: comprender que si sólo entendemos el cambio climático desde un punto de vista científico, no estamos entendiendo lo que de verdad significa el cambio climático en su conjunto.

Por suerte o por desgracia, los humanos no somos demasiado buenos entendiendo algunos números y en general las estadísticas se nos dan regular. ¿De verdad entendemos qué significa que la temperatura ya haya subido 1.1ºC respecto a la era preindustrial? ¿Podemos comprender realmente qué es que los episodios cálidos extremos que antes se producían cada 50 años ahora se estén produciendo cada 5? Tal vez así no, pero el asunto puede cambiar cuando hace unos años no pensábamos en instalar aire acondicionado en nuestra casa y ahora nos lo planteamos seriamente porque cada vez nos cuesta más soportar la temperatura de la habitación en verano. El cambio climático también toma otra cara cuando las sequías en zonas secas (que antes ocurrían una vez cada 10 años, ahora ocurren casi cada dos) merma diversos cultivos, afecta a su disponibilidad, a su precio y, por supuesto, al bienestar de los agricultores. Y toma un aspecto mucho más amargo y triste cuando los cambios en el clima se juntan con otros factores (lo que suele ocurrir, por otra parte) y provocan que mucha gente tenga que salir de sus hogares por incendios, por inundaciones o porque se intensifique un conflicto, entre otros.

Éstos son sólo tres ejemplos que nos muestran que el cambio climático es mucho más que números. Sus impactos tienen reflejo en nuestras actividades y en nuestra forma de relacionarnos con el mundo tal como lo conocemos ahora. Hablar de cambio climático no tiene un foco únicamente científico. Ni siquiera únicamente ambiental. El cambio climático es sociedad, es economía, es política… E, igualmente, las medidas que hay que tomar pasan por esa transversalidad, lo que hace aún más complicado lograr acuerdos, aunque no es imposible.

Respecto a este tema, muchas veces se pone de ejemplo el Protocolo de Montreal, el acuerdo internacional que permitió eliminar el uso sustancias que debilitaban la capa de ozono. Localizando el problema y la causa, se encuentra una solución. Fácil. Pero este caso no es tan sencillo... porque liberarnos de la causa que hay detrás del cambio climático va mucho más allá de sustituir un producto por otro, como sí ocurría con la capa de ozono. Las medidas apuntan directamente a la forma de vivir en determinados lugares del mundo, de comer, de viajar, de subsistir… y esto es muy duro.

Lo que nos enseñó el protocolo de Montreal y el Acuerdo de París fue que se pueden llegar a firmar acuerdos internacionales cuando hay voluntad, pero hay que ponerse manos a la obra. Y lo que nos ha enseñado el último informe del IPCC es que la situación es grave, sí, pero que aún estamos a tiempo de limitar las peores consecuencias del cambio climático con decisiones y medidas fuertes y ambiciosas. No es el planeta el que está en juego, es nuestra civilización tal como la entendemos ahora mismo.