Opinion · Dominio público

Me decido a escribir

JAVIER SÁDABA

Puño

Recientemente, alguien muy cercano me comentaba que si no escribía era porque no tenía nada que decir o lo que tenía que decir, no se lo iban a publicar. Entiendo perfectamente su postura. Sin embargo, yo me dispongo a escribir. Si le entiendo es porque el ruido ambiental es ensordecedor, las tribus se han apoderado de cualquier ideología que les sirva para que el sistema siga funcionando y se expulsa a las tinieblas exteriores a quien no piense dentro del círculo del poder.

Y se estimula y da escenario a quienes, desde la más insignificante relevancia política, son usados para dar la sensación de que la democracia no está muerta. Me decido a escribir por si acaso. Dicho de otra forma, porque a pesar de todo, con escepticismo y contra casi toda esperanza, uno se hace la ilusión de que tal vez la palabra tenga eco o, por lo menos, moleste; que no es poco en una situación como la actual, que de apocalíptica no tiene, por cierto, mucho, pero de mezquina e intrascendente, bastante.

Es en este sentido en el que me gustaría acercarme a lo que se llama crisis, desaparición, minimización o absorción de lo que se ha entendido por una izquierda emancipatoria.

De esto, al menos de vez en cuando, se habla. Y suele hacerse desde dos perspectivas. Una es más moderada. La otra, más radical. La primera se plantea la reforma del sistema desde dentro de lo que funciona como políticamente correcto. Y, así, se cuestiona la ley electoral, la financiación de los partidos, la mejora de las clases menos favorecidas, la participación política de la gente o cosas semejantes.

La otra se coloca en una actitud de alternativa al sistema y, aunque sin una brújula que oriente hacia un puerto seguro, rechaza el modelo económico y la misma forma de democracia, tal y como ésta se manifiesta a través de los tentáculos de los artidos políticos.

La más moderada acostumbra a ser invitada a coloquios o reuniones en las que, desde algún residuo izquierdista, se protesta, siempre dentro de límites muy estrechos, contra lo que realmente se vive en el mundo de lo político. Los segundos raramente asoman la cabeza en las distintas plataformas que circulan por nuestra sociedad. Se mantienen más a la sombra, unidos a movimientos o grupos internacionales y siempre tienen encima el estigma de ser tildados de proviolentos, marginales de vocación o simplemente ingenuos. La primera, en fin, intenta sacar todo su jugo a una socialdemocracia alicaída. La segunda busca desesperadamente una salida al cuello de botella en el que se ha metido la democracia, arrollada por este capitalismo del siglo XXI.

No negaré que las dos tienen su punto. Sólo que la primera suele acabar en comparsa y la segunda todo lo apuesta a un futuro del que aún no se ve ni siquiera un resquicio. Lo cual no quiere decir que el altermundismo no contenga una fuerza moral que en cualquier momento sea explosiva. Precisamente en relación con esto último se me ocurre volver a algunas propuestas que, sin duda, no son nada nuevas. Pero a veces la cuestión no es decir algo nuevo sino decirlo de nuevo. Porque tenemos la funesta manía de olvidar lo que nos es más querido. Pasemos a ellas.

En primer lugar, dejar de considerar intocables los tabúes que se nos han impuesto desde la transición. Un ejemplo de tales tabúes lo tenemos en la condena al semanario El Jueves. No se trata de faltar al respeto a nadie. Se trata de mostrar que se debe exigir la igualdad de todos ante la ley o que, por ejemplo, lo que sucede en el País Vasco interesa y, por lo tanto, todos han de tener voz. ¿Nos imaginamos, sin embargo, un programa de televisión con la participación de un miembro de Batasuna y al que se le dejara hablar sin insultarle? Recuperemos, en consecuencia, la libertad de expresar lo que Chomsky llamó “lo tácito”, “lo intocable”. No sé muy bien desde dónde, pero, al menos, que se intente.

En segundo lugar, no estaría de más recuperar la esencia del pensamiento libertario. No se trata tampoco de resucitar viejas siglas o modos de actuar que perdieron interés por su atrincheramiento y falta de contacto con el resto de la sociedad. Existe un principio, dentro de la tradición citada, que es esencial: la lucha contra el poder por el poder, contra un poder que, en vez de representar, rapta votos. En muchos casos, la abstención es el mejor camino para desautorizar a los que, más por posición que por oposición, mandan, Y, en tercer lugar, unido, desde luego, a lo anterior, busquemos los puntos débiles de la sociedad, aquéllos en los que se puede actuar y de esta manera ir sembrando la semilla de lo que podría ser más adelante una política digna de ese nombre.

En caso contrario seguiremos dando marcha a una forma de hacer política que se basa en la ficción de dos alternativas distintas, aunque en el fondo, si no en la superficie, son bastante parecidas. Así se entra en la noria de unas votaciones que quitan y ponen más para hacer el juego de la democracia que para crear democracia; o en la fábula de las promesas y en la retórica que sólo busca la movilización a las urnas y hacer un hueco a los partidos políticos.

Se me objetará que esto es viejo y que no dio resultado. O que indique cuáles son los mecanismos o palancas a través de los cuales se podría realizar lo propuesto. Reconozco que efectivamente es añejo, pero aun así creo que debería estar en la discusión pública. Y, respecto a los medios a utilizar, no me queda más remedio que volver a los clásicos: la única esperanza para los vencidos es no esperar salvación alguna. Traducido a lo que vengo diciendo: la única esperanza consiste en creer que desde la derrota puede desvelarse un ámbito de libertad, una idea de cambio que nos haga, cuando menos se sospeche, más libres. A todos.

Javier Sádaba es Catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid