Dominio público

Las palabras pueden matar todo

Recojo esta cita de Lawrence Durrell, que sirve de título de este artículo, de un libro de José Hierro Sánchez Pescador. Abre con ella su obra Principios de Filosofía del Lenguaje. Últimamente busco en los libros lo que cada vez me cuesta más encontrar en el discurso vivo del día a día.

Es en ellos, en los libros, donde haya quizá que refugiarse para encontrar y degustar la importancia y el valor de la palabra. Esa capacidad para crearlas y utilizarlas, que nos caracteriza como humanos y que nos distingue de las fieras, es una de las esperanzas a las que podríamos asirnos en estos momentos en los que se olvida el diálogo y se busca la bronca.

Paradójicamente esta capacidad para la palabra, exclusivamente humana, nos convierte a veces en animales especialmente agresivos. Hay discursos que desgarran mucho más de lo que podría hacerlo una dentellada, discursos que son capaces de arrasar todo a su paso más cruelmente que lo que podría hacerlo un terremoto o un volcán.

Parecemos haber perdido de vista la idea de que la palabra posee un valor de encuentro, de lugar común para dirimir diferencias, limar asperezas, acercar posturas, hacer más fácil la vida y tender puentes con quien no piensa como nosotros.

Uno tiene la sensación de que avanzamos, paso paso, hacia el territorio del enfrentamiento cainita, y que lo hacemos cabalgando en frases y discursos de odio y polarización que construimos expresamente para devastar.

El significado de la palabra "consenso" parece haberse caído del diccionario y del imaginario colectivo, arrastrándonos hacia la peligrosa impresión de que consensuar es perder, doblegarse o ponerse de rodillas.

Otra de las palabras en peligro de extinción podría ser "generosidad". En el discurso político apreciamos cada vez más presentes los tintes de la mezquindad y la cicatería. Los discursos ruines abundan y se están haciendo dueños de ese espacio donde se deciden nuestros destinos.

La política es entendida por algunos más como un campo de batalla, que como un lugar para el pacto. Se trata de un espacio que no debería estar ocupado por intereses y ambiciones partidistas o personales del político o la política de turno.

Las palabras, utilizadas como arma arrojadiza en los debates parlamentarios o en programas de radio y televisión, están arrojando cantidades enormes de tensión y ruido a la sociedad. El vertido tóxico verbal que soportamos día a día hace cada vez más irrespirable el aire en el que nos movemos y dificulta la convivencia.

Las redes sociales están llenas de palabras que aumentan la irritabilidad, que buscan herir y golpear, que se alejan de los lugares de encuentro y muchas veces desde la comodidad cobarde del anonimato hay quien se permite agredir sin contemplaciones e incluso amenazar con total impunidad.

Este ambiente irrespirable de algunas redes sociales es alimentado por dirigentes y por partidos políticos que se mueven con verdadera comodidad en el fango del insulto y la descalificación. Si bien es cierto que tales insultos definen más a quien los usa que a quien los recibe, no resulta fácil moverse en una jungla que olvida el argumento y opta por la injuria.

Los que deberían ser nuestros referentes ideológicos y éticos se han convertido en ejemplos palmarios de cómo uno no debe dirigirse a sus semejantes. Asistimos a una ceremonia de hostilidad que hace aumentar la temperatura de nuestras relaciones y que traslada a la calle el ambiente de acoso y derribo en el que se mueve el debate político.

La palabra es capaz de crear realidades, de conformar la forma que tenemos de mirarnos tanto a nosotros mismos como a los otros. Sin duda, la realidad afecta a la palabra, pero no es menos verdad que la palabra es capaz de construirla y modificarla. Los seres humanos somos fundamentalmente relato, discurso, aquello que somos capaces de decir y expresar acerca de nosotros mismos y nuestras relaciones. Y en esa medida es en la que uno siente el peligro de aquellos que parecen ladrar o rugir cuando abren la boca. Deberíamos procurar la palabra que cose en lugar de la que rasga, la que cura en vez de la que solamente hiere.

Termino con otro libro que he tenido la fortuna de leer últimamente: El rumor de los desarraigados de Ángel López García. En él se expone la suculenta idea de que nuestro idioma nació como una koiné, una lengua para permitir el encuentro y el entendimiento entre los pueblos que habitaban la península durante la reconquista. De modo que todo insulto proferido en esta lengua vendría a ser una traición a su propio origen.