Dominio público

Impuestos a “los ricos”

Josep Borrell Fontelles

 

José Borrell

Presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia

Ilustración de Federico Yankelevich

Poco después de oficiar la segunda muerte de Keynes con la constitucionalización de la cuasi-prohibición de los déficits públicos, el Gobierno ha decidido reponer el Impuesto sobre el Patrimonio.
Criticado por todos, pero rechazado por nadie, las Cortes lo han aprobado en su última sesión. Con ello, España no hace sino sumarse a la presión creciente en Europa a favor de poner más impuestos a "los ricos". Lo mismo propone Obama. Se puede decir que tanto allí como aquí la medida tiene un acento preelectoral, pero la abstención del PP es muy significativa de por dónde van los vientos de la opinión pública. Electoralista o no, el PP tendrá muy difícil explicar por qué las comunidades autónomas en las que gobierna no aplican ese impuesto aprobado a última hora sin su oposición.
La tendencia a aumentar los impuestos sobre las rentas altas y sobre la riqueza es consecuencia del sentimiento de injusticia que recorre Europa. La fase de expansión ha beneficiado a las rentas altas, y el sistema impositivo ha disminuido su progresividad. Los "ricos" han ganado más y han pagado menos impuestos, hasta el punto de que destacados representantes de lo que podemos llamar "los ricos" piden a los gobiernos que les hagan pagar más impuestos. Extraño mundo este donde los millonarios pasan por la izquierda a los gobiernos, incluidos los de izquierda, reclamando mayores cargas fiscales.

Hace un año, al llegar a Seattle, patria de Microsoft, me sorprendió un artículo de Bill Gates-padre en la prensa local reclamando al Gobierno que aumentara los impuestos a gente como él y en particular el impuesto sobre sucesiones, que por aquí estamos suprimiendo.
Más recientemente, el financiero americano Warren Buffett se quejaba en The New York Times de que en el impuesto federal sobre la renta sólo pagaba el 17,5%, menos que su secretaria. Y 16 grandes fortunas francesas pedían públicamente a su Gobierno que les aplicase un impuesto excepcional (y transitorio, tampoco hay que exagerar) para contribuir a resolver los problemas del país. La idea se ha extendido por Europa, y un grupo de 50 multimillonarios alemanes agrupados bajo el lema "millonarios por un impuesto sobre el capital" reclaman una mayor contribución fiscal. Aquí estamos todavía por encontrar el señor Buffett o la señora Bettencourt español/a.
La crisis ha dejado atrás tres décadas de sacrosanto respeto a la teoría de que la prosperidad de los más ricos se difundiría al conjunto de la economía y el sagrado temor a que si se les molestaba fiscalmente se irían con su capital a otra parte. Cuando la austeridad aprieta es difícil justificar que los que mejor están escapen a los sacrificios soportados por la mayoría.
Esta toma de conciencia de los "ricos" está dictada no sólo por la generosidad, aunque sea limitada, sino por un egoísmo inteligente. Y demuestra cuán timorata ha sido la respuesta de los gobiernos, el nuestro incluido, a la hora de utilizar el arma fiscal para distribuir los costes de la crisis. Así lo explica la propuesta formulada en Italia por Alessandro Profumo, hasta hace poco director ejecutivo del Banco Unicredito: aplicar por un tiempo limitado un mega-impuesto del 10% sobre los patrimonios importantes, que produciría 400.000 millones de euros para reducir la deuda pública italiana del 120 al 100% del PIB. Así se acabarían las presiones de los mercados financieros contra Italia que están haciendo caer en picado el valor de las acciones de sus empresas.
La propuesta tiene su lógica. Los ricos italianos están ya soportando un impuesto muy importante sobre su riqueza como consecuencia de la pérdida de valor de su patrimonio financiero. La recuperación del valor bursátil perdido puede ser mayor que lo que se pague por el mega-impuesto. Y si la alternativa es seguir recortando el gasto y hundiendo el país en la recesión, y que los patrimonios sigan perdiendo valor, quizá valga más una reacción fiscal como el egoísmo bien entendido que defiende Profumo.
A Obama ya le gustaría aumentar los impuestos a las rentas altas, pero la mayoría republicana en el Congreso le obliga a mantener los beneficios fiscales heredados de Bush, cuyos desmesurados beneficios denuncia Buffett.
En Francia, Sarkozy aprobó una reforma del Impuesto de Solidaridad sobre las Fortunas (ISF) que reduce a la mitad el número de sus obligados (como nosotros aquí) y disminuye sus ingresos de 3.600 a 2.300 millones de euros. A cambio, un impuesto adicional del 3% para las rentas superiores a 500.000 euros que sólo producirá 200 millones de euros, la décima parte de lo que se ha perdido con la reforma del ISF.
En Italia y en Reino Unido se han aumentado los impuestos sobre las rentas altas. Berlusconi se resistió hasta el final, pero ha tenido que subir 5 puntos el impuesto sobre la renta a partir de 90.000 euros y 10 a partir de 150.000. En Reino Unido los laboristas subieron el tipo marginal máximo hasta el 50% y los conservadores lo han mantenido. Y han aplicado un impuesto sobre determinados activos bancarios que les reportará más del doble que el nuevo Impuesto español sobre el Patrimonio.
Está bien que, aunque sea tarde, el Gobierno socialista haya repuesto un impuesto que nunca debió suprimir. Pero el problema subsistirá mientras trabajo y capital soporten impuestos tan diferentes. La secretaria de Buffett seguirá pagando más porque su salario está sometido a un impuesto progresivo y su multimillonario jefe a un impuesto proporcional a un tipo muy bajo sobre sus rentas del capital. Y esto no lo arregla la reposición, temporal, de un moderado Impuesto sobre el Patrimonio.