Dominio público

Saludar, dar las gracias, pedir perdón

El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi (i), y el secretario general de Sortu, Arkaitz Rodríguez, han hecho pública este lunes en San Sebastián una declaración "solemne" con motivo del décimo aniversario de la Conferencia de Aiete y del fin de la violencia de ETA, en la que la izquierda abertzale ha mostrado su "pesar y dolor por el sufrimiento padecido" por las víctimas de ETA, que, ha afirmado, "nunca debió haberse producido".- EFE/Javier Etxezarreta

Los tres gestos que mantienen mal cosida la humanidad son estos: saludar, dar las gracias y pedir perdón.

Saludar es el mínimo reconocimiento recíproco entre dos seres humanos. En ciertas circunstancias o en ciertos espacios (un pueblo, por ejemplo), ni siquiera presupone un conocimiento previo; de hecho, todo saludo, detector y donante de existencia, desarma y compromete a los desconocidos. Dos desconocidos que se han saludado durante mucho tiempo todos los días, porque se cruzan al azar en el mismo recorrido, pueden esperar, en caso de peligro, un poco de ayuda e incluso la salvación. Se dirá que saludar a un enemigo es hipocresía, pero con más razón puede decirse que lo que convierte al otro en enemigo es precisamente la retirada o la negación del saludo. Al saludarnos, como al morirnos, nos constituimos como iguales; al negar el saludo introducimos una radical desigualdad, fuente segura de hostilidades.

Dar las gracias no es una cuestión de cortesía. No es de "bien nacidos", sino -sin más- de "nacidos". Todos estamos deseando dar las gracias y, aún más, necesitamos dar las gracias. Siempre hay algo gratuito, en efecto, en la felicidad, en el sentido de que la mayor parte de las veces, como el Lazarillo o la Catedral de Burgos, no podemos atribuírsela a ningún autor. No sabemos de dónde salen, en realidad, las cosas que nos producen gozo o bienestar. No sabemos a quién debemos la conmoción de la belleza. Hasta el campesino que ha cultivado y cosechado su propio trigo y ha horneado su propio pan, al desmigajarlo en la mesa encuentra algo tan misterioso, tan milagroso en su hechura que acaba dirigiendo los ojos al cielo para agradecer lo que en realidad es obra suya. Dios, que ha sido durante siglos una navaja suiza, con cuchillo, tijerita y abrelatas, ha servido para muchas cosas malas, pero también para eso: para poder dar las gracias por un bien inesperado, e incluso por los inesperados bienes asegurados. Los comensales necesitan dar las gracias; los amantes necesitan dar las gracias; los alpinistas necesitan dar las gracias. "Déjame darte las gracias, por favor".

Pedir perdón, por fin, tiene que ver con ese otro milagro: el de que seamos capaces de medir las consecuencias de nuestro actos y, sabiéndolos irreparables, intentemos repararlos mediante un acto lingüístico. Saludamos al otro, damos las gracias a nadie, pedimos perdón por todo. O, dicho de otro modo, todos tenemos algún motivo para pedir perdón. La vieja navaja suiza que llamábamos Dios también servía para eso. El gran argumento de Dostoievski en favor de la existencia de Dios era, en realidad, muy débil: si Dios no existe, todo está permitido. Más convincente habría sido asociar su poder al perdón: si Dios no existe, nada puede ser perdonado. ¡Dios nos perdonaba tantas cosas! Ahora, en su lugar, lo hace el Derecho, mucho más permisivo, y lo hacemos nosotros mismos, a veces con una autoindulgencia -digámoslo así- muy neoliberal.

Pedir perdón, sin embargo, mantiene su potencia antropológica elemental. Si nos pisan en el metro, solemos considerar ese acto -"lo siento"- más o menos equivalente a la agresión; si asesinan a nuestro hijo, daño inconmensurable, ni ese ni ningún otro acto (tampoco una condena a muerte) podrán jamás indemnizar la pérdida. Por eso pedir perdón y perdonar son dos procesos subjetivos paralelos. El que pide perdón no espera a que le exijan ese gesto y espera, desde luego, que no le sea exigido, pues sólo puede hacerse libremente, como ocurre con la gratitud, y ello en la medida en que la exigencia declara ya, de algún modo, la voluntad de no perdonar. El que perdona tampoco espera a que le pidan perdón; su gesto es tan inesperado que no puede depender de la intención del agresor: pone en ejercicio, como diría Simone Weil, el mayor poder imaginable, el de renunciar a castigar lo que no se puede perdonar, y ello con independencia de la voluntad del criminal, al que se perdona incluso su empecinamiento en no pedir perdón. El perdón actualiza un poder absoluto y arbitrario que no se puede ni provocar ni sobornar: si no puedo exigirte que me pidas perdón, aún menos puedo exigirte que me perdones. En el primer caso la libertad garantiza, al menos, la sinceridad; en el segundo reconoce la imposibilidad material y la grandeza incongruente del gesto.

Pedir perdón y perdonar son dos gestos casi mágicos, no porque resuciten a los muertos o reconstruyan, como la apocatástasis de Orígenes, el pasado, sino porque "desatascan" las relaciones humanas: introducen en el mundo ese mínimo de bien sin el cual ningún bien es posible. Pero no son gestos políticos. Tampoco jurídicos. En el mundo previo al Derecho, presidido por el Talión y su bucle infinito de imposibles equivalencias (ojo por ojo, diente por diente), el perdón pedido y el perdón otorgado tenían un enorme valor social, pues sólo ellos podían interrumpir el determinismo de la venganza. Hoy son necesarios para autohumanizarnos -como el saludo y el agradecimiento- pero no ya, felizmente, para impedir la disolución social.

La separación entre lo político y lo social implica que la arbitrariedad del perdón -inseparable de la arbitrariedad del castigo, rasgo del poder autocrático- sea socialmente beneficiosa, pero políticamente peligrosa. Lo explicaba muy bien Javier Franzé en un artículo reciente: como todos tenemos algo por lo que pedir perdón -o todos pueden exigirnos que pidamos perdón por algo-, es imprescindible poner nuestras relaciones políticas a cubierto de este tipo de demandas que, diría, yo, restablecen el papel incivilizado del Talión: perdón por perdón en lugar de ojo por ojo, en una cadena sin final de exigencias incumplibles. Pedir y otorgar perdón son operaciones subjetivas que no pueden convertirse en la condición de la convivencia política. Bildu, por ejemplo, no está obligada a pedir perdón por los crímenes de ETA. Sería muy bueno, muy bonito, muy esperanzador, que los miembros de ETA pidieran perdón a sus víctimas a título individual y sin esperanza de perdón; como sería muy bueno, muy bonito, muy esperanzador, y desde luego mucho menos comprensible, que las víctimas de ETA perdonasen a sus victimarios con independencia de su arrepentimiento o no.

Al lado de los poderes políticos y contra la tendencia a la autocracia y sus castigos arbitrarios, conviene conservar estos dos poderes subjetivos -el de pedir y conceder perdón- como funciones imprescindibles de la estabilidad social, familiar y afectiva. Pero los miembros de ETA que han cumplido sus penas de cárcel tienen derecho a salir en libertad sin pedir perdón a sus víctimas; y sus víctimas tienen derecho a no perdonar a sus victimarios, sin que su comprensible dolor se traduzca en términos de código penal. Y Bildu, por su parte, tiene derecho a presentarse a las elecciones y a hacer política en defensa de la independencia del País Vasco, sin que se le pueda poner otra condición que la renuncia a la violencia. La derecha que exige a esta formación política que pida perdón es la misma que no sólo no ha pedido perdón por los crímenes de Franco, sino que sigue sin perdonar a sus víctimas. No reclamo tanto al PP ni a Vox: bastaría con que se comprometieran realmente con la democracia y dejaran exhumar de las cunetas a los muertos.

Dar y pedir perdón no son gestos políticos. Salvo con una excepción. Hace dos semanas unas declaraciones del papa Francisco despertaron cierta polémica. En ellas se pedía perdón a los indígenas por el papel de la Iglesia durante la conquista castellana de México. Se podría alegar, en efecto, que Bergoglio no tiene que disculparse por crímenes que él no cometió y que además se cometieron sobre personas que ya no están vivas. No creo, no, que los gobiernos deban pedir perdón por el pasado imperial que ellos no gestionaron. Ahora bien, el caso de la Iglesia es diferente.

De entrada la Iglesia no es exactamente una institución o un gobierno sino una comunidad al mismo tiempo espacial y temporal, con los límites geográficos fijados por su feligresía y los cronológicos impuestos por el nacimiento de Cristo; o al menos así lo perciben sus miembros, a los que el Papa se dirige. Además -y más importante para el análisis que nos concierne- cuando se habla del poder de la Iglesia católica se piensa siempre en intrigas palaciegas, en gestión sigilosa de los Estados, en gigantescos aparatos de educación, propaganda y represión. No es así: el verdadero poder de la Iglesia, como sabemos, ha sido siempre el de perdonar los pecados. La malversación de ese poder, convertido en fabuloso negocio, llevó en el siglo XVI a la reforma luterana; pero ese poder, antes y después, hizo posible la existencia normal de millones de pecadores comunes a los que el cura perdonaba el adulterio, la embriaguez, el juego o la mentira piadosa. El Vaticano hacía política -recordemos las excomuniones de reyes y las absoluciones de crímenes imperiales- con aquello que los gobiernos seculares no deben hacerla: el perdón.

Como ateos, agnósticos o laicos, podemos soñar con la disolución de la Iglesia, pero mientras exista conviene analizar bien sus intervenciones, que no se producen en la eternidad sino en la historia. El papa Francisco está haciendo política -interviniendo en la historia- con el único poder que tiene el Vaticano. Hasta ahora lo ha hecho concediendo el perdón -más o menos selectivamente- a sus fieles, a los menudos y sobre todo a los patricios. Ahora Francisco, mientras invita a establecer una renta mínima universal y a reducir la jornada laboral, a combatir el capitalismo y defender la Casa Común, invierte el régimen histórico del poder eclesial y pasa a pedir perdón. Entre perdonar y pedir perdón media una revolución política. Porque en este caso el perdón sí es un gesto político, como bien ha interpretado esa misma derecha española que ni pide perdón ni perdona; y que ha reaccionado blandiendo enfervorizada el morrión imperial con arrebatado negacionismo patriotero.

La Iglesia sí debe pedir perdón, pues es la única institución que sólo a través de ese gesto puede hacer política realmente cristiana -después de siglos de perdonar a quien no debía- y cambiar así su propia historia y la de todos. Ni el gobierno español ni Bildu deben pedir perdón por el pasado; deben asumirlo con responsabilidad y sensibilidad hacia las víctimas. Tampoco nuestra derecha debe excusarse por los crímenes imperiales. No les reclamo eso. Bastaría con que sus dirigentes católicos no se enorgullecieran de ellos, los reconociesen con naturalidad y no intentasen -ni siquiera en sueños- repetirlos. Eso es lo que realmente les está pidiendo el papa Francisco.

Y entre tanto, sí, no nos olvidemos de saludar a nuestros enemigos, de dar las gracias a los árboles, al pan y a las catedrales, ni de pedir perdón si pisamos a nuestro compañero de metro -o decimos una tontería.