Dominio público

Elogio de la buena gente

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No se puede construir un mundo mejor sin buenas personas. Cada día estoy más convencido de que la revolución empieza por uno mismo, y, aunque suene a tópico, hay demasiada verdad en ello como para que no te des de bruces constantemente con enormes contradicciones. Porque uno no es infalible. Y porque el hábito no hace al monje. Porque incluso quien te promete una sociedad mejor, a veces no es capaz de ser buena persona ni siquiera con su entorno más cercano. Y eso no se esconde detrás de un pin o de un avatar en tu perfil. Por eso creo que olvidamos a menudo reivindicar algo tan básico como la bondad, el ser buena gente, por pura coherencia con lo que predicamos.

He tenido la suerte en esta vida de haber conocido personas de todo tipo, de distintas clases sociales, ideologías, confesiones, entornos y profesiones, que me han ayudado a romper estereotipos y a relativizar determinados asuntos. En todos estos grupos he encontrado buenas personas, pero también seres despreciables a quienes no les daría ni la hora. Tampoco soy tan inocente como para desligar la responsabilidad de cada uno de su personaje. Eso de 'siempre saludaba' o que era muy buen vecino, amigo de sus amigos y hasta cariñoso con su perro, no me vale si luego, pudiendo cambiar un poco el mundo, no hace nada, o incluso contribuye a hacerlo peor. Puedes ser un buen tipo con tus vecinos mientras legislas contra los derechos de determinados colectivos, firmas el desahucio de una familia en riesgo de exclusión o te lías a ostias con dos mujeres que se besan por la calle. Puedes ser un papá genial mientras torturas a un detenido en comisaría o cierras la venta de bombas de racimo y fósforo blanco con un país que masacra civiles. Pero hoy no hablo de esta gente, ni del Hitler amante de los animales, ni del empresario millonario del textil regalando material médico a los hospitales mientras sus prendas son fabricadas por niños en Asia. De estos personajes no espero nada. Su caridad o su sonrisa no me interesan.

Hoy hablo de quienes se supone que están en el lado bueno de la historia, no el que reivindicó Ayuso cuando la llamaron fascista, sino justo el contrario. Porque he tenido la suerte de conocer a muy buenas personas que de verdad representaban lo que predicaban. Ejemplos que me sirven para recordar por qué estoy aquí, en este lado de la trinchera, y poder mantener la posición realmente convencido. Seguir teniendo fe en la humanidad y en el cambio social, en que es posible otro mundo. Por esto siempre he pensado que los valores que representa la izquierda, ese sentido de la responsabilidad para con los demás, esa solidaridad, esa empatía y ese apoyo mutuo en el que me he criado políticamente es lo propio de las buenas personas. Algunos lo llaman superioridad moral de la izquierda. Ignacio Sánchez-Cuenca publicó un muy buen libro justo con ese mismo título donde se dan bastantes claves sobre lo que hoy trato de explicar en cuatro párrafos.

Pero de nada sirven las ideas nobles si con tus actos demuestras ser una sabandija. Puedes ser un reconocido líder de mil causas sociales y dar puto asco en el trato personal, abusar de tus compañeras, tratar mal a tus padres o maltratar a tu perro. O ser el más revolucionario de Twitter y pasarte el día desmotivando al resto con tus constantes lloros derrotistas o tu bullying a quienes desde tu misma trinchera disienten en algo. A veces, viendo a esta peña del Club del Todo Mal, entiendes porqué no se suma más gente a la causa. Son la peña del harakiri. Estos, y el resto de los tóxicos que fermentan en redes.

Todos y todas hemos aprendido algo estos últimos años sobre nuestros privilegios en muchos aspectos, y aunque duela que te los recuerden constantemente, poco a poco uno hace o debería hacer el ejercicio de darle una vuelta y empezar a revisarlo, si de verdad se cree lo que se predica. Pero pocas veces nos evaluamos como personas. Y todos intuimos o sabemos cuando no hemos sido buenas personas en algún momento y hemos hecho daño a seres queridos o a otras personas que ni conocemos ni lo merecían. Aunque no siempre conscientemente, eso es verdad. Uno debe ser capaz de reconocerlo y tratar de corregirlo, huir de la arrogancia y, sobre todo, alarmarse si disfruta o le resulta inocuo ver sufrir a los demás. Esto vale para cualquiera, pero hablando ya de política, me permito ser más exigente con quien creo que tiene buenas ideas para cambiar el mundo, y, sin embargo, no da muestras de ello ni en lo político ni en lo más cercano. Esto, al final, también es político.

Quizás el ambiente en redes sociales y el menú de los medios, donde las malas noticias y las constantes broncas son lo habitual, influye mucho en esto. De hecho, parece que Twitter, las tertulias y otros espacios de socialización real o virtual estén diseñados para la discusión, para el espectáculo, para ver quién humilla más al otro y se lleva el premio al mejor zasca. Vale que la política es (o a veces debe ser) agresiva, sobre todo cuando a algunos les va la vida en ello. No puede haber bondad con determinadas ideas, eso que quede claro. No hablo de respetar al explotador, al opresor, al racista, al machista o al homófobo porque sea un tipo simpático. Pero a veces da la sensación de que estamos en una guerra constante contra todos, que va más allá de la confrontación de ideas, incluso con nuestros entornos políticos más cercanos. Una suerte de cúpula del trueno de Mad Max donde dos hombres (o dos mujeres) entran y solo uno o una sale.

Todos participamos de esto. Yo también. A veces soy consciente y echo el freno. Otras veces me dejo llevar, pero luego no dejo de darle vueltas. Y sigo pensando que quizás no era necesaria tal cosa. Y esto no significa renunciar a la radicalidad de tus ideas ni siquiera de tus acciones. Porque la política requiere a veces (o casi siempre) de esa radicalidad, de ir a la raíz y ser contundente contra aquello que humanamente debería ser intolerable. El fascismo no sería posible sin malas personas con malas ideas que tienen muy buenas estrategias y muchos más aliados para arrastrarnos a su pozo de mierda. Sus ideas no son respetables, lo digo siempre, y merecen siempre respuestas contundentes.

Pero más allá de todo esto, de toda justificación política que queramos darle a cualquier cosa, sigo pensando que, a veces, el fascismo pretende untarnos precisamente de sus barros. No por nuestra radicalidad, sino por su desprecio a la verdad y la coherencia. Por eso nos acusan de buenistas, (ellos deben ser los malistas entonces) por pretender cambiar las cosas, por ir a la raíz del problema y por no comprar sus marcos deshumanizadores. Por eso a menudo recuerdo por qué estoy aquí, en esta posición, reivindicando lo que considero justo. Y siempre vuelvo a la misma conclusión: no es posible un mundo mejor sin las buenas personas. Yo tengo la suerte de estar rodeado de muchas de ellas. Algunas ni siquiera piensan como yo, pero no ponen palos en las ruedas y entienden, respetan e incluso comparten muchas cosas de las que defiendo. Y eso, sin duda, es lo que me motiva para no dar ni un paso atrás. Y saber que, sin esa buena gente que me he encontrado en el camino, y que hoy sigue siendo un buen ejemplo, no hay cambio posible. Reivindiquemos a la buena gente. Y cuidémosla. No podemos dejar el mundo en manos de malas personas.