Dominio público

Andalucía, o el principio de lo nuevo o el final de lo viejo

Trabajadores del sector del metal durante el cuarto día consecutivo de manifestación, en Cádiz. EFE/Román Ríos
Trabajadores del sector del metal durante el cuarto día consecutivo de manifestación, en Cádiz. EFE/Román Ríos

La huelga que mantienen los trabajadores del metal en la provincia de Cádiz se está convirtiendo en un hito que trasciende lo específicamente laboral. Los motivos del paro de los obreros gaditanos son ya lo suficientemente importantes como para hacer más análisis paralelos. El foco debe estar en sus reclamaciones justas y nada más, y nada menos: que los precios no suban más de lo que se valore su trabajo.

Si acaso, también debe entrar en el análisis la represión que los cuerpos policiales están ejerciendo contra los manifestantes, una represión que siempre ha ido acompañada de la criminalización de la protesta por parte de buena parte de los medios de comunicación, nada nuevo. Lo que ocurre en Cádiz, trasciende Cádiz. En un momento en el que un contenedor quemado es noticia en cualquier lugar (a las cámaras de televisión les gusta el fuego y la lava, solo les seduce más que las llamas provocadas por un manifestante la estética de un volcán en erupción), la toma de la calle de miles de obreros se convierte en épica.

Los ciclos políticos y sociales cambian y evolucionan, como las olas tienen un principio (siempre antes de que esta sea percibida) y un final (cuando ya se rompieron contra la costa, todavía aguantan un poco más en esa transición a espuma y resaca). Y las protestas se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo terminan, ni cómo. Y en muchas ocasiones, son contagiosas.

La protesta social lleva años en un segundo plano, pues la política institucional y los movimientos externos y a la interna de los partidos políticos han sido protagonistas. Las cámaras han puesto el foco en las intrigas palaciegas y las plazas se han quedado vacías. "La revolución comienza en Gamonal", recitaba un cartón, a modo de pancarta, hace casi ya ocho años en Burgos. ¿Y si lo que ocurre en Cádiz, trasciende Cádiz? En Andalucía, siempre cabe una duda: ¿el principio de lo nuevo o el final de lo viejo?

Este viernes, un grupo de ganaderos gallegos, convocados por Unions Agraria, retiraba de un supermercado del centro de Santiago de Compostela los cartones de leche de las marcas de Capsa o Lactalis. El trato mediático ha diferido mucho del que recibieron en el verano del 2012 los integrantes del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) que se llevaron de un supermercado de Écija productos de primera necesidad para "repartirlos al pueblo" y denunciar la situación de pobreza de buena parte de la población andaluza. Cinco sindicalistas fueron condenados por robo con violencia por aquella acción, aunque ellos siempre defendieron que era "una acción pacífica" y no aceptan "que se hable de robo con violencia".

La huelga del metal de Cádiz ocurre, además, en un momento en el que la atención se centra sobre Andalucía también en el aspecto político. Los vaivenes del gobierno de la Junta presidido por Juanma Moreno y la incertidumbre sobre si conseguirá los apoyos para sacar adelante los presupuestos en los próximos días vierten un aroma de adelanto electoral por el que los medios de comunicación salivan. Sería la primera cita del próximo ciclo político. Y todo cobra especial simbolismo. Andalucía, por su ritmo propio electoral, mantiene recuerdos recientes y excitantes.

Echando la vista atrás, las elecciones autonómicas a la Junta de Andalucía del 22 de marzo de 2015 supusieron la irrupción de Podemos como fuerza política en el tablero estatal, tras haber hecho lo propio en el Parlamento Europeo el año anterior. La formación morada, encabezada por Teresa Rodríguez, entraba en el Parlamento Andaluz con 15 diputados como tercera fuerza, muy por encima de una IU cuya cabeza de cartel era Antonio Maíllo, que conseguía cinco diputados. Podemos se convertía así en un actor esencial de un nuevo ciclo político caracterizado por el fin del bipartidismo. En las elecciones de diciembre de 2018, la confluencia de ambos daría lugar a Adelante Andalucía, proyecto que obtendría el mejor resultado de las confluencias de Podemos e IU en las autonómicas del curso 2018-2019.

Unos comicios andaluces, los del 2018, que también suponían el punto de inflexión hacia un nuevo ciclo político. Aquel 2 de diciembre conseguía la ultraderecha de Vox representación por primera vez en un parlamento autonómico, el Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla acogería a 12 diputados ultras. La irrupción de Vox, tras una campaña en la que fue ignorado por buena parte de los medios y de las encuestas, pregonaba lo que estaba por venir. Santiago Abascal llegaba galopando a Andalucía. Las nuevas maneras del franquismo venían para quedarse, hoy son tercera fuerza política del Estado.

Las especulaciones sobre el adelanto electoral por parte de Juanma Moreno dan lugar a algunos desvelos políticos. ¿Comienza lo nuevo o acaba lo viejo? Una pregunta que se puede imprimir sobre cada uno de los partidos que operan en Andalucía, uno de los últimos reductos, por ejemplo, donde resiste Ciudadanos, cuyo líder es vicepresidente de la Junta, Juan Marín. ¿Serán los comicios andaluces el último paso hacia la desintegración del partido naranja o resistirá una envestida más?

Y es que en el espectro de las derechas, Andalucía tiene un morbo especial. Moreno preside la Junta tras 40 años de hegemonía socialista. En plena guerra interna en el PP, en la que Pablo Casado y Teodoro García Egea se resisten a ceder poder a los aparatos autonómicos, lo que le ha llevado a una guerra descarnada en Madrid contra Isabel Díaz Ayuso (la cual fue vitoreada, por cierto, este viernes en el Congreso del PP andaluz), el Gobierno de San Telmo podría ser el primero de coalición entre los conservadores y Vox, si las encuestas aciertan. Choca la idea cuando, precisamente, Moreno vende uno de los perfiles más moderados del PP. Desde Génova, sin embargo, necesitan ensayar una fórmula que les podría llevar a Moncloa en las próximas elecciones, si los sondeos dicen la verdad.

Para el PSOE, por su parte, comienza un nuevo ciclo en Andalucía: el fin del susanismo es una realidad desde que el alcalde de Sevilla, Juan Espadas, ha cogido el timón del antaño todopoderoso socialismo andaluz. El PSOE-A ha cerrado su propio ciclo político y se juega poner en marcha el nuevo con una sonora derrota o una gran victoria. Una derrota o una victoria de Espadas que sería leída en Ferraz con atención, pues las concusiones podrían ser extrapolables para Sánchez.

Y es que lo que pasa en Andalucía, trasciende Andalucía. Mientras a nivel estatal hay movimientos tectónicos en las izquierdas para configurar un nuevo proyecto en torno a Yolanda Díaz, en Andalucía todavía está la sangre caliente tras la batalla entre el espacio de Teresa Rodríguez e IU. Las encuestas pintan mal para el bloque progresista al sur de Despeñaperros, sería arriesgado que un proyecto que está en gestación en el Estado se iniciara con esa andadura. El reciente cruce de acusaciones en redes sociales, con motivo de la huelga del metal, entre el alcalde de Cádiz, el anticapitalista José María González ‘Kichi’, y el secretario de Estado de Agenda 2030 y secretario general del PCE, Enrique Santiago, demuestran que hay batalla en las izquierdas andaluzas para rato. Un terreno enfangado para iniciar una nueva aventura política, la de Yolanda Díaz, aunque la política también va de mancharse de barro. ¿Serán las elecciones andaluzas las primeras de un intento de unidad o las últimas antes de ponerlo en marcha?

Andalucía lleva anticipando, en buena medida, el desarrollo político estatal de la última década. Ahora que las urnas reaparecen en el horizonte sureño, cabe preguntarse desde distintas ópticas si Andalucía es el principio de lo nuevo o el final de lo viejo. Mientras, las barricadas resisten en Cádiz y las manifestaciones se suceden en solidaridad por los trabajadores en huelga. Y la incerteza se consolida en un mundo que parece que se va al abismo dos veces al día.