Dominio público

La bandera y la corona, bien, ¿y las lenguas?

Ana Pardo de Vera

Voy a Catalunya dos veces al mes como mínimo. Participo todos los domingos en la magnífica tertulia ‘El Suplement’, de Catalunya Rádio; una vez al mes en FAQs de TV3, y Público tiene su ‘Públic’, un diario en catalán con noticias ídem de allí. Ya entiendo bastante bien el catalán, aunque no lo hablo, y estoy más contenta con mis avances en el idioma que una niña con zapatos nuevos. Nunca he tenido ningún problema hablando en castellano, tampoco para que me hablen en él cuando no entiendo alguna cosa.

Ahora mismo escribo esto desde el Lugo rural, en la frontera con León, cerca de Os Ancares. Voy a hacer la compra al pueblo cercano y la gente habla en gallego. Yo también, con ese complejo que tengo de hablarlo regular (me educaron en castellano en la escuela pública de Lugo), pero lo leo frecuentemente y lo voy hablando con las vecinas cuando vengo a ver a mi familia. Según avanzan los minutos en el supermercado (a los gallegos y gallegas, ya saben ustedes, nos gusta el palique), me voy fundiendo con la lengua, con mi lengua, y salgo feliz y orgullosa de mi tierra, su gente, su cultura poderosa, su lengua, su verde, su lluvia, su frío, sus patatas, su ‘1906’ y sus lechugas marrones.

Cuando voy a Euskadi, ya se lo digo a mis buenos amigos vascos/as: ni una palabra. Sin duda, el euskera es una de las lenguas más fascinantes y difíciles de Europa, junto a las nórdicas. A veces, me pongo música en euskera y no hay manera de entender algo, pero suena a piedras saladas, caserío y arrojo; y además, también es nuestra.

El castellano, el catalán, el gallego, el euskera, junto al bable o el leonés (este domingo entrevistamos en la tertulia de ‘El Suplement’ a un leonés parlante y hablamos de la complejidad de expresarse en una lengua minoritaria por al deseo de cuidarla) son lenguas españolas y nuestra obligación, pero sobre todo la de los Gobiernos correspondientes, nacional y autonómicos, es cuidarlas para evitar su desaparición. Lo habrán oído y leído varias veces esta semana: es la Constitución, cuyo aniversario celebramos este lunes, la que obliga al Estado a cuidar y mantener sus lenguas, todas sin excepción (Art. 3.3. ‘La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección’).

En un mundo globalizado, tecnologizado, virtual,… el inglés mantiene sus privilegios como lengua primera, con el castellano muy bien situado tras el chino y el hindi. Si los gobiernos no batallan por la presencia activa de sus lenguas, todas, plataformas audiovisuales como Netflix, HBO o Amazon, por ejemplo, irán al inglés y poco más, todo se puede resolver con cómodos subtítulos. Hasta Francia ha tenido su particular lucha en este ámbito con una lengua menos extendida que las cuatro citadas (tiene algo más de la mitad de hablantes del castellano), no digamos daneses o finlandeses si quieren proteger sus lenguas originarias.

La decisión del Gobierno español -una de cal, una de arena-, después de comprometerse con ERC a dar la batalla por el catalán, el gallego y el euskera, demuestra el poco interés en luchar por nuestro patrimonio lingüístico, todo nuestro patrimonio lingüístico, en el negocio de la globalización, que incluye a las grandes plataformas audiovisuales. Las lenguas son un valor añadido de los Estados: hay que hablarlas y hacerlas hablar. Es evidente que una lengua vivísima como el castellano, con 580 millones de hablantes (Instituto Cervantes, 2019), y subiendo, no corre el riesgo de desaparecer en un proceso de globalización donde prima el negocio.

Hay 5,5 millones de hablantes de danés en Dinamarca y algunos en Alemania. Casi el doble (10,02 millones) de hablantes en catalán-valenciano-balear. A ver quién le dice a los daneses, si es Netflix o es HBO, que sus series o películas no se doblan porque su lengua la hablan cuatro gatos en el mundo y, encima, son bilingües en inglés por las mismas razones.

Un Gobierno incapaz de ver lo que se avecina con las lenguas minoritarias y no ponerle remedio es de una dejadez preocupante, porque si esas lenguas españolas agonizaran, nos dejaríamos medio patrimonio por el camino. Citando a Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, "enseñar un idioma es mucho más que enseñar un vocabulario, es compartir unos valores y mostrar una cultura de identidades abiertas y valores democráticos". Pues eso.