Dominio público

Astucia bastarda contra datófilos y pseudoobreristas

Elizabeth Duval

La diputada de VOX, Macarena Olona, interviene durante el pleno del Congreso.- EFE/ Kiko Huesca

No dan los números. Los datos no dicen eso. Los sondeos cuentan que la realidad es otra. Es estadísticamente improbable. Ay, ¡y la opinión pública (que existe)! Hay quien ha creído que puede hacer pasar la realidad humana por el aro de lo predecible, como si la politología, dichoso invento, o, peor aún, la ciencia política, se sostuviera en los niveles de exactitud de las ciencias naturales. Todo lo que no haya sido probado anteriormente por alguna interpretación de los números mágicos es incierto. Y la realidad se resume a las fotos fijas que nos hayan dado los números en ocasiones anteriores.

Así, un argumento (no juzgaré si pobre o eficaz) para combatir la idea de que Vox estaría inmerso como partido en un giro obrerista es afirmar que, en las últimas elecciones, a Vox no lo votaron particularmente los obreros, e insistir en que ese grupo poblacional tiende, sobre las estadísticas, a votar más al PSOE. Aunque Macarena Olona apele directamente a la misteriosa figura del "obrero desencantado", todo queda en un juego de ilusiones: es mera provocación contra nosotros, las izquierdas, ombligo del mundo y Finis Terrae, porque los obreros nunca han votado y nunca votarán (lo dice la data science) a la extrema derecha voxista.

Sabemos, sí, que la extrema derecha de Vox no tiene particular apego por la justicia social, con un programa neoliberal que desmantelaría de formas muy ambiciosas casi todo lo que queda del Estado del bienestar y arrancaría de cuajo casi cualquier forma de negociación colectiva. "No basta con que la mujer del César sea honrada: también tiene que parecerlo": bien, modifiquemos el dicho; nos da absolutamente igual que la mujer del César sea honrada o no, siempre y cuando lo parezca.

Lo que viene a decir esta modificación es que en términos políticos es más o menos irrelevante que el programa exponga unas medidas u otras, siempre y cuando parezca que esas medidas se toman en el ejercicio de una pretendida defensa de esa clase obrera o trabajadora, y siempre y cuando discursivamente esos partidos puedan aprovecharse de ciertos agravios o sentimientos de abandono, como de forma tan rastrera han intentado hacerlo en lugares como Cádiz o Lepe, arrogándose el título de auténticos defensores de la clase obrera (por más que, en el fondo, tengan la intención de hacer todo lo contrario a defenderla).

La política no se mide en los resultados de elecciones pasadas o en la suma o agregación de las encuestas fantasmagóricas del pasado, del presente o del futuro; la política va de muchas más cosas, incluida la suma de sus afectos. Quien no vea en esa suma de los afectos que, por ahora (y quizá esta tendencia se revierta), estamos en un momento reaccionario, en el que perfectamente hay un porcentaje de las clases populares, sobre todo del sur, que puede acabar votando a partidos como Vox, habrá comprado tanto el discurso datófilo y obsesivo que será incapaz de entender nada cuando la realidad reaparezca, siempre tan insistente.

Quizá las elecciones no se ganen con pureza y estadísticas basadas en la evidencia, por más que cualquier investigación de ese tipo tenga alguna utilidad (siempre y cuando no se crean los académicos de ciencias sociales que pueden o deben comportarse como futurólogos). Quizá lo que falta es blandir la mala baba, perder pudor, retorcer los instrumentos funcionales de la retórica y el discurso del adversario en su contra. Una nueva de forma de astucia bastarda capaz de ganar: la misma astucia bastarda que demuestran ellos provocando que nos indignemos cuando pronuncian el nombre de uno de nuestros referentes. Han reconocido que hay partido. Reconozcámoslo también nosotros.