Dominio público

El 'caso Benaiges' y la educación sexual obligatoria (ya)

Ana Pardo de Vera

Albert Benaiges, exentrenador de fútbol base del Barça. - ULISES RUIZ BASURTO/EFE
Albert Benaiges, exentrenador de fútbol base del Barça. - ULISES RUIZ BASURTO/EFE

Es difícil encontrar un delito más miserable en el Código Penal que el abuso sexual de niños y niñas, particularmente, cuando te tienen de referente adulto y eres la persona elegida para protegerles, sea como familiar, como maestro o como vecino. Porque la inmensa mayoría de los abusos sexuales a menores proceden de gente de su entorno, según confirman pediatras y cuerpos de Seguridad.

El caso Benaiges que ha destapado Albert Llimós en el Ara es uno de los ejemplos más claros de la transversalidad de estos delitos y de que ningún niño o niña está a salvo de sufrirlos, independientemente de sus circunstancias sociales. Durante veinte años, Albert Benaiges, exentrenador del fútbol base del Barça, cometió presuntamente abusos sexuales y maltrato de alumnos/as menores de edad en una escuela de Barcelona. El periodista Llimós logró convencer a varias de esas víctimas para que diesen su testimonio en el diario catalán y así poder construir una información contrastada que ha caído como una bomba en las filas del equipo azulgrana y en la sociedad catalana, en general. Sobre todo, si se confirma lo que El Periódico de Catalunya cuenta: que la dirección del Barça fue advertida de los comportamientos de Benaiges cuando quiso devolverlo al reciente nuevo proyecto de Joan Laporta y nunca fue denunciado, ni por quienes advertían ni por los advertidos. El goteo de voces que se han sumado este fin de semana a la veintena de denuncias expuesta por Ara en un primer momento han convertido el caso Benaiges en un escándalo de dimensiones aún desconocidas; por el prestigio del excoordinador de fútbol base del Barça y por la vulnerabilidad y cantidad de víctimas que podrían engrosar la investigación de los Mossos.

También un sentimiento de repulsión e impotencia nos ha embargado a quienes sabemos que por mucho que haga la Justicia con Benaiges, las víctimas nunca dejarán de serlo por las consecuencias que la violencia sexual tiene en los menores a lo largo de toda su vida. Escuchamos, además, cuando se producen este tipo de aberraciones apelaciones a la cadena perpetua o a la no prescripción de los delitos sexuales contra menores, debates jurídicos que siempre están ahí pero que, aunque fueran resueltos con un relativo consenso político y social, no eliminarían, ni mucho menos, la figura del depredador sexual, el violador, el abusador, el pederasta o como quieran llamar a ese ser miserable.

Es entonces cuando entra en cuestión el tema de la educación sexual en las escuelas, una materia que debiera ser obligatoria e impartida por profesionales para dar respuesta a tantas incógnitas que el pudor familiar o los prejuicios religiosos van silenciando hasta que los menores y/o adolescentes buscan la información o la práctica por su cuenta, con malos o, al menos, peores resultados que los de una pedagogía escolar. No son pocos los intentos que ha habido desde la política de armar una enseñanza sexual escolar que dé a los niños/as las suficientes herramientas para manejarse en su vida sexual libremente y no son menos los bloqueos que surgen por parte de los sectores más reaccionarios de derechas -algunos que se dicen "liberales" sin reírse siquiera- para impedir este conocimiento esencial.


La (ultra)derecha apela a las aberraciones con las que, según ella, el demonio rojo quiere poseer a sus retoños, invitándoles a ver pornografía (cuando se trata de lo contrario, o al menos, de que ésta no te condicione) o a hacerse personas LGTBI siendo heterosexuales (cuando se trata de ser lo que seas en libertad). Una suerte de delirios que no merecerían más atención si no fuera por el calado que este tipo de mensajes está teniendo en la actualidad gracias a la influencia de los movimientos ultracatólicos en la enseñanza, el auge de la extrema derecha en el mundo occidental y la tibieza con la que el PSOE ha abordado el peso del catolicismo en España, por ejemplo.

Una sociedad informada desde la escuela es una sociedad más preparada para afrontar su autonomía en materia sexual, incluida su capacidad de reaccionar ante situaciones de violencia sexual. Un niño, una niña, deben ser educados para reconocer una situación de abuso y denunciarla inmediatamente ante un profesor o ante su madre, para que no derive en una acoso continuado e incurable, como en el caso Benaiges (20 infinitos años, como mínimo). ¿Cómo sabe un menor que estás siendo abusado por uno de esos repugnantes violadores si en su corta vida nadie le ha dicho lo que no se puede aceptar nunca, por muy poderoso, importante o amigo que sea quien te ataca? La normalización de la denuncia de situaciones que, según los pediatras, son una auténtica plaga, es lo que debe sustituir al malestar irreconocible y a la culpa que suele silenciar los abusos. "Mamá, el profe me tocó aquí", cuando la niña sabe perfectamente que ahí no se toca; eso es educación sexual, no la patética filípica que se ha montado la (ultra)derecha.