Dominio público

Del odio en (nuestras) redes

Beatriz Gimeno

.-PIXABAY

Las redes llevan con nosotras poco tiempo, pero ya parece que nunca existió una humanidad sin ellas, como no existió una humanidad sin internet. Aunque parezcan viejas, son nuevas. Y yo quiero escribir hoy un artículo tranquilo.

Se ha escrito ya mucho sobre su impacto social, su impacto en la política, en los medios pero se ha escrito menos sobre la manera en que están cambiando nuestra manera de estar en el mundo, de relacionarnos; sobre su impacto como el espacio en el que muchas personas socializan, sobre la manera en que inciden en la alegría o la tristeza, la manera en que nos producen angustia, dolor o felicidad. Los efectos de las redes sociales en las subjetividades se irán estudiando en los próximos años pero quiero ser optimista y pensar que aún no sabemos usarlas bien, y creo que en el futuro padres y madres (que han conocido un mundo sin redes) tendrán que educar a sus hijos e hijas en el manejo de las mismas, igual que les enseñan cómo cruzar la calle o cómo dirigirse a una persona desconocida. Seguramente en el futuro habrá que introducir algo en la educación reglada que nos enseñe cómo movernos en ese mundo sin salir dañadas y sin herir a nadie tampoco. Todavía nadie nos enseña las reglas de las redes, aprendemos con prueba y error, solas.

Twitter, por ejemplo, la que pienso que ofrece más posibilidad de daño personal por su imposibilidad de explicación, es un espacio que permite a cualquiera tener acceso directo a todo el mundo (políticos, actrices, literatos.… en fin, famosos en general) Permite a cualquier persona dirigirse de tú a tú a otra, desde el Presidente de EEUU hacia abajo. Es demasiado tentador poder decir directamente a Trump, al Papa, a Marta Ortega, a Yolanda Díaz, a una actriz famosa, a un escritor que no te gusta, o a tu compañero de partido… lo (mal) que piensas de él o ella. Twitter ofrece un espacio en el que todo el mundo puede opinar de todo y en el que todas las opiniones valen lo mismo, incluso las anónimas. Como era esperable en un espacio así, (algo tiene que ver la política en ello) las antiguas conversaciones se fueron convirtiendo en insultos y los debates desaparecieron tragados por una espiral de odio, desprecio, insultos… Odio que va y viene mientras ambas partes se quejan del odio recibido.

Ya hay estudios, e incluso legislación, que intenta detener la violencia digital. Así que, con el tiempo, puede que se vaya controlando; pero hoy quiero hablar de esa misma violencia cuando se sufre desde ámbitos más cercanos ideológicamente, porque esa también hace mucho (o más) daño. Dentro del feminismo, que es el espacio en el que me muevo, las redes están teniendo un enorme impacto en la vida de algunas personas. En nuestra historia feminista hemos tenido momentos y asuntos que nos han dividido profundamente pero nunca habíamos vivido uno de esos momentos en las redes. A mi alrededor he visto auténtico sufrimiento. Supongo que será lo mismo en cualquier otro espacio político. La descontextualización de toda frase u opinión, la imposibilidad de la matización, del debate sereno, de la escucha, la prohibición de cambiar de opinión, la posibilidad de expresar en una frase sin filtros y siempre pronta lo peor que cada persona puede sentir hacia otra en un momento dado, todo eso provoca que las redes hayan terminado funcionando como piedras que nos lanzamos unas a otras y, muy a menudo, la piedra se lanza a una persona cercana ideológicamente en la seguridad de que lanzarla a la lejanía tiene menos impacto. Al lanzarla a una vecina tienes más posibilidades de acertar. La posibilidad mezquina de hacer daño a la otra sin recibir ninguna sanción, también juega un papel.

Hace unas semanas fui a dar una charla y a la salida se me acercó una mujer que me dijo que le había gustado mucho. Luego nos fuimos a tomar algo y ella se vino. Estuvimos hablando de todo, y de los temas que generan más controversia en el feminismo. Hablamos, discutimos, debatimos, lo pasamos bien aunque ella era de las más tímidas de la mesa. Al terminar, no sé cómo ocurrió, la chica me dijo de repente: "Yo soy…" y me dijo el nombre con el que funciona en Twitter. Esa chica amable, tranquila, educada y simpática es en las redes una persona que me ha insultado decenas de veces, faltona, desagradable, rabiosa, hace mucho que la tenía silenciada. La miré sin dar crédito, se puso colorada. Supongo que se arrepintió de habérmelo dicho. Después me pregunté si había llegado a pensar que su comportamiento es normal, si hasta ese punto hemos normalizado los malos tratos. Cuando iba a despedirme, no quise hacerlo y me marché. Supongo que ella acumulará ahora más odio aún.

Tengo amigas que han abandonado las redes por no poder soportarlo, tengo amigas que han dejado de hablarse con amigas de años, tengo amigas a las que la situación las ha sobrepasado y han necesitado terapia. Un linchamiento en redes puede ser, quizá no mortal, pero puede doler mucho, el bullying duele y no solo a los niños y niñas. Sin embargo, sigo optimista, creo que las redes se pueden domesticar (educar) aunque hace falta que alguien te ayude, hace falta voluntad y paciencia para aguantar los primeros embates, y hay que reconocer que no todo el mundo puede escapar cuando quiere, no todo el mundo sabe qué hacer cuando no es capaz de ver nada más allá de los insultos. La situación de una persona que lee todos los insultos que recibe es similar a salir de casa cada mañana y comenzar a recibir insultos a gritos, y ya no dejar de recibirlos hasta regresar por la noche. Los peores insultos, los que más duele, aquellos que buscan de verdad hacer daño. Muchas personas viven así las redes sociales y viven así su día a día.

Como la mujer que se me acercó en mi charla hay gente que busca hacer daño porque se alimentan del daño que hacen, llenan sus propios agujeros; hay gente que se enorgullece de la crueldad mostrada, hay personas que protestan contra el bullying en los colegios mientras lo practican en las redes. También hay gente que no se da cuenta de ese daño, quizá como la mujer de mi charla. En las relaciones personales cuando alguien nos cae mal y quisiéramos ser desagradables, nos contenemos; eso no es malo sino al contrario, es una marca de civilidad, de educación, permite la interacción social, permite entablar debates desde la discrepancia, permite también asumir que las diferencias no tienen necesariamente que terminar en una espiral de odio personal y de rencor. Esas barreras sociales que protegen la convivencia son las que desaparecen en las redes. En la interacción personal cuando la cuestión se pone imposible, una se levanta y se va, cuelga el teléfono, no acude a determinados lugares, renuncia a hablar con tal o cual persona. Si hablamos de las redes puedes apagar el ordenador, no leer lo que dicen de ti, pero hay gente que aún no puede o no sabe cómo levantarse de la pantalla. Y sin embargo, permanecer pegada a ella es como vivir con la puerta y las ventanas abiertas de par en par, hay que aprender a cerrarlas para no morir.

Twitter, literalmente puede enfermarte o matarte. Y nadie te enseña cómo evitarlo, como protegerte; nadie te enseña tampoco que puedes estar haciendo mucho daño, que la crueldad llega y hiere. Enseñamos a nuestras hijas e hijos que no insulten ni peguen a un compañero, que no se sumen a los acosos ni al bullying, que digan "por favor" y "gracias", pero no les enseñamos cómo dirigirse a otra persona en Twitter; no les enseñamos a controlarse. Igual que cuento la anécdota de la mujer de la que he hablado antes, puedo contar que soy consciente de que a veces yo misma he hecho daño. Procuro no hacerlo, pero a veces ocurre por la dinámica de la propia red y por las dificultares de expresarse con amabilidad y educación en una frase. Alguna vez me referí de manera muy despectiva a artículos u opiniones de personas que aprecio. Simplemente no me di cuenta de que me estaban leyendo. No me di cuenta de que Twitter supone colgar tu opinión en un escaparate. Al día siguiente de mi maldita frase me encontré a una de esas personas en una reunión, fui a saludarle y él se dio la vuelta y me dejó con la palabra en la boca. Me quedé congelada. Sólo entonces me di cuenta de que mi frase hería. Desde entonces he tenido más cuidado.

En el feminismo, durante los últimos tiempos, nos hemos herido. Esto no quiere decir que no haya motivos de crítica, de debate encendido. Me refiero a cuando entre gente que nos tenemos aprecio, no hemos medido los misiles. Ahora, afortunadamente, cada vez somos más las que hemos decidido tener cuidado y nos hemos concentrado en ello. Y también somos más las que estamos "descubriendo" que más allá de las redes, podemos encontrarnos las diferentes. El otro día nos reunimos varias mujeres con opiniones diversas sobre distintos temas que en las redes generan odio con la idea, precisamente, de hablar de todos ellos. Y lo hicimos. Hablamos, discutimos, comimos, nos reímos, somos las que éramos y pudimos hablar de todo. Algunas nos disculpamos con las otras. Cada vez se están formando más grupos de gente que quiere verse las caras y volver a debatir políticamente; reuniones en las que se intenta disipar la niebla del odio.

El troleo se lo puede comer todo si no le ponemos límite; también puede comerse a las personas. Si alguien está frágil, si no ha aprendido a protegerse porque es mayor, o porque es muy joven, si no se tiene la madurez y la fuerza para levantar barreras, te acaba alcanzando. Y entonces puede que el daño sea insuperable. Colaboremos, quienes podamos, en poner paz;  desterremos la crueldad de nuestras vidas, rebajemos el tono. Cada vez que se insulta a alguien públicamente en un tuit, estamos legitimando la violencia y dejamos que esta ocupe más espacio; cada vez que usamos palabras de desprecio o humillación nos volvemos parte de una jauría inhumana, pero, además, también estamos colaborando con las fuerzas políticas más reaccionarias que sólo buscan desalentar cualquier debate político para sustituirlo por el odio; que buscan destruir la convivencia, desalentar la confianza en lo común,  porque al fin y al cabo, en la guerra está permitido matar a otras.

Termino con bell hooks, a quien tanto he leído: "La elección de amar es una elección de conectar, de encontrarnos en el otro/la otra". Yo soy de las que busca el encuentro y, casi siempre, lo consigo.