Dominio público

Esto no es una distopía

Miquel Ramos

El rey Felipe VI pronuncia su mensaje de Nochebuena.- EFE/Ballesteros POOL

Este año no vimos el discurso del Borbón la noche de Navidad. En realidad, se nos olvidó, ya que todos los años lo ponemos en casa y, por unos instantes, dejamos que el charlatán interrumpa los villancicos. Así comentamos la poca vergüenza que tienen e imaginamos cómo se redactó todo para decir lo de siempre esquivando los meteoritos de mierda que orbitan sobre el clan. Este y otros asuntos políticos son parte de nuestra tradición y de nuestro espíritu navideño. No hay cuñados en la mesa. Tan solo el perro que ladra y espera a que le caiga algo de la cena. Cada vez somos menos, pero a quienes se fueron, los recordamos siempre ese día, y brindamos por ellos. Recibí varios mensajes felicitándome las fiestas de gente a la que ni siquiera tenía en la agenda. Reenviados, nada especial. Y los de siempre. Los viejos amigos, los recién conocidos y los primos. Hace unos años que cambié a Sinatra por las versiones navideñas de reggae y rocksteady, pero esta vez tampoco sonaron.

Navidades extrañas, con los contagios por covid disparados mientras la sanidad pública se desborda tras años de pauperización y recortes. Los sanitarios aguantan como pueden las jornadas maratonianas en primera línea contra el virus y soportando a más de un idiota que encima lo paga con ellos. Muchos de estos olvidan que votaron a quienes precarizan la sanidad y su vida en general, a los responsables de que les den cita para tratarse el cáncer a un año vista, o que les impiden conseguir un jodido test de antígenos. Proliferan los mensajes de desesperación de los sanitarios exhaustos, de celadores enfurecidos y de las personas desesperadas por no conseguir test en algunas ciudades donde, eso sí, pueden tomarse todas las cañas que quieran.

Mientras, cientos de colonos israelíes cantaban y bailaban a las puertas del poblado de Burqa, cerca de Nablus (Palestina), poco antes de la incursión del ejército y del ataque contra los palestinos. A día de hoy se cuentan más de 250 heridos. A muy pocos kilómetros, el arzobispo cristiano ortodoxo griego de Jerusalem, Attallah Hanna, lanzaba un mensaje en árabe dirigido a todos los cristianos del mundo llamando a prestar atención a lo que está pasando allí, en Belén, Palestina, donde nació Jesús, hoy bajo ocupación israelí. Justo veía los vídeos del ataque y de la resistencia mientras saltaba la noticia de la muerte de Desmond Tutu, otro cristiano y Premio Nobel de la Paz, que luchó contra el apartheid en Sudáfrica y que no pocas veces había llamado la atención sobre lo que sucedía en Palestina, manifestándose abiertamente contra la ocupación. Otro grande que se nos va, y a quien muchos conocimos de jóvenes gracias a la canción que le dedicó Kortatu.

Esta misma semana recibimos mensajes confusos sobre las nuevas medidas sanitarias: mascarilla en exteriores, pero discotecas abiertas. Limitación de comensales en las mesas, pero transportes públicos abarrotados. Negocios que llevan meses cerrados y que nadie se atreve a intentar reflotar. Ayudas que no llegan, ni siquiera a los ciudadanos de La Palma tras la catástrofe del volcán, que, por fin, dicen, esta semana paró. Pasaporte covid criticado y defendido con argumentos razonables pero dispares desde las izquierdas, sin conclusiones ni consensos, y cuyos debates se encarnizan en redes sociales. Más allá, "ni a la izquierda ni a la derecha", grupos recién creados mezclan sus críticas al pasaporte covid, (al que llaman llaman nazipass y lo comparan con el Holocausto), con discursos de conocidos neonazis en sus redes que alertan sobre un plan de substitución demográfica de la raza blanca. El Museo de Auschwitz pidiendo que, por favor, dejen de comparar el horror del nazismo con cualquier cosa. Grupos neonazis convocando contra el nazipass. Y personas migrantes que, por no tener sus papeles en regla, acaban en un CIE o deportadas. Esos pasaportes condenados, que no se eligen, como el color de piel, nunca preocuparon tanto a los que hoy protestan por no poder entrar al bar.

Policías que protestan para mantener la ley que impide grabarles y policías negacionistas que llaman a la desobediencia. No contra los desahucios, sino a llevar mascarilla y a vacunarse. Vacunas que no llegan a países lejanos y multinacionales farmacéuticas que se hacen de oro a costa de nuestra salud. Otros que ofrecen ‘sanación cuántica’ y leerte el futuro en las arrugas del ano. Un parlanchín que te dice que la depresión es cuestión de actitud, y que sonriendo se cura todo. Como la pobreza, el lugar natural de aquellos que no se esfuerzan lo suficiente. El suicidio es hoy ya la principal causa de muerte de los jóvenes.

Imágenes en Twitter de un desahucio en Barcelona, con un grupo de vecinos resistiendo los palos de los Mossos en la puerta del edificio el día de antes de Navidad. La luz más cara que nunca, los salarios que no llegan a cubrir los gastos y los obreros de Cádiz detenidos días después de la protesta por sus puestos de trabajo. Las colas son infinitas en los centros de salud, y en la Cañada Real siguen sin luz. Tres mujeres asesinadas esta semana, y ya van 42 en 2021 y 1.124 desde 2003. Otra barca que se hunde a pocos kilómetros de Canarias, y se perdió la cuenta ya de las miles de personas que trataban de llegar a Europa y cuyos cuerpos yacen en el mar sin que nadie, ni siquiera sus familiares, lo sepan. Quizás llegó, está trabajando y volverá pronto, piensan algunos. Para quitar hierro al asunto, los trabajadores de Frontex, que impiden su llegada, publican una foto celebrando las fiestas y deseándonos feliz navidad. Y quienes apoyaron al chileno hijo de nazi, siguen aquí con sus fantasmas: piedras en las mochilas de los niños en Catalunya, la ETA "más viva que nunca", los MENA y perrosanche.

Por fin llega la hora del descanso y hay una nueva peli en Netflix. No mires arriba, se llama, y cuenta cómo unos científicos descubren un cometa que se dirige a la Tierra y que, si no se toman medidas, impactará y acabará con todo bicho viviente, incluyendo a los humanos. Pero cada uno va a su bola aquí, y este film sin duda viene al pelo. No solo por la pandemia, sino por el individualismo, la sociedad del espectáculo y el desconcierto generalizado. Algo que la película explica de una manera divertida y brillante, y que se resume, como matizó en su magnífica crónica Gonzalo Cordero en Esquire, con una flatulenta anécdota que me ahorraré para no hacer ningún spoiler. Eso sí, de hoy no pasa: es el momento de escuchar el discurso del Rey.