Dominio público

Una izquierda que ría

Elizabeth Duval

¿Por qué reímos? Henri Bergson, filósofo francés, dedicó uno de sus ensayos a esa cuestión; no fue el primer pensador en aproximarse a ello con cierto extrañamiento. La risa, dice Bergson, viene provocada por algo de lo que nos damos cuenta súbitamente, una distracción que se aleja de lo cotidiano y lo banal, lo común; la risa, dice Bergson, es la expresión de una imperfección individual o colectiva que exige ser corregida.

No hay risa sin relación social, igual que no hay sátira si no se quiere enmendar los vicios corrigiéndolos; no hay risa si todo va bien, si todo sigue en su sitio. La risa ha sido mucho tiempo patrimonio de los pobres, porque los pobres en sí mismos eran el objeto de la risa, o quienes reían con las farsas; son los burgueses, no los reyes ni los aristócratas, quienes hacen que luego todo se vuelva serio, muy serio. Y al no reírnos, al perder la inocencia, nos sometemos un poquito al hábito burgués por excelencia.

Los Santos Inocentes son unos niños muertos, todos los niños de un pueblo y su comarca, treinta corazones que se paran; conocemos el horror, porque en lo curioso que es el horror de su origen se insiste año tras año. No sería apropiado decir que la broma cumple una función meramente diversiva, que sólo consigue que nos olvidemos de lo que pudo pasar por obra de Herodes. Nuestra incredulidad surge también porque ya no entendemos aquel tiempo tan posmoderno que fue la Edad Media: imaginamos oscuridad, muerte, pestilencia, caballeros que guerrean sin amor o princesas localizadas en fantasías que nunca forman parte de la historia.

La Edad Media tenía sus cositas (apunten: el desajuste producido por escribir cositas cuando todo el mundo es capaz de imaginarse sucesos graves tiene su intríngulis cómico, desactivado por completo cuando se explica en voz alta), pero los plebeyos no estaban todo el día con mueca mustia, ceño fruncido y sufrimiento. Aucassin et Nicolette, chantefable francesa en prosa y en verso, invertía completamente los roles del amante y la amada para construir una heroína guerrera frente a un hombre blandengue del siglo XII. Lo mismo con breves poemas narrativos o cuentos cortos, llenos de curas lujuriosos que se hacen pasar por ángeles para acostarse con pueblerinas o animales que parodian los vicios de una sociedad injusta.

En medio de la miseria siempre ha surgido la risa, y la Edad Media, con sus milagros y sus grandes representaciones teatrales, capaces de transformar pueblos enteros en enormes escenarios, era particularmente capaz de dejar atrás lo real, disfrazarlo todo, transformar el mundo y convertirse en otra cosa. Toda la diferencia se vive y el universo entero ríe a la vez. La Fiesta de los Locos, con sus orígenes en la tradición pagana, está íntimamente ligada a ese teatro medieval. Así la define La Enciclopedia de Diderot y d’Alembert: "Regocijo pleno de desórdenes, groserías e impiedades que los subdiáconos, los diáconos e incluso los sacerdotes hacían en la mayoría de las iglesias durante el oficio divino, principalmente a partir de la Navidad y hasta la Epifanía".

Este 2021, anno Domini, hemos visto a Gobiernos de todos los signos proponer la imposición de medidas sanitarias inútiles, minando la necesaria confianza y legitimidad que la lucha contra la pandemia a través de la vacunación había ganado; hemos asistido a infames gestiones de la pandemia, o incluso a pandemias autogestionadas, como en el caso de Madrid, con autotest, autoconfinamiento y autoenfermedad; hemos visto a reyes querer regresar de sus fugas, vimos muertos y, sobre todo, vidas salvadas; el tono del Congreso se volvió más vergonzoso, la política más tosca y la infamia más infame; hemos visto a especuladores queriendo edificar en Madrid pirámides aztecas.

Temo que, por perder la inocencia, por tantas cosas que hemos visto y que podrían ser inocentadas, la izquierda haya perdido el humor, perdido la risa, y ya sólo le salgan muecas de seriedad. Uno de mis deseos para 2022 es tener una izquierda que ría, que haga suyo ese patrimonio de los pobres, que se exalte en desórdenes, groserías e impiedades, que desvele aquello que dentro de lo cotidiano es absurdo, sin gravedad, con gesto divertido. La risa, dice Bergson, es la expresión de una imperfección que exige ser corregida. Riamos más y sollocemos menos. Nos vemos en 2022.